Melodías, guitarrazos y actitud

Tom Petty. Foto: Noah Silvestry.

Con el paso de los años Tom Petty y sus Heartbreakers se han convertido poco menos que en una institución del rock americano. Una reputación forjada a base de talento y trabajo, de buen gusto y actitud, y cimentada en un cancionero asombroso, un puñado de discos absolutamente imprescindibles y un directo acojonante. Como grupo de rock & roll, Tom Petty y los Heartbreakers lo han tenido todo, lo siguen teniendo a pesar de las arrugas a día de hoy. Pero si me piden que me quede con uno de sus elepés…

Corría el año 1978. El grupo había publicado ya dos excelentes trabajos que curiosamente habían tenido más repercusión en Gran Bretaña que en los States. ¿El motivo? A mediados de los setenta los grupos ingleses habían liderado la reacción contra el desmelene progresivo y la indigestión hard-rock; el Punk y la New Wave habían puesto las cosas en su sitio, y la canción de tres minutos estrofa, estribillo, puente y vuelta a empezar— volvía a reinar en las listas pop/rock isleñas. Si algo tenían Petty y los Heartbreakers era precisamente eso, frescura y grandes canciones, aunque bien es cierto que su música —con los Byrds y Dylan, los Beatles y los Stones como grandes referentes— poco tenía que ver con la irreverencia nuevaolera, pues la banda asimilaba sin complejos la tradición americana y su manera de incorporar dicha herencia no era en absoluto irónica o iconoclasta, sino que revelaba un compromiso total y furioso con las señas de identidad del Rock & Roll. No obstante esta diferencia de enfoque, las melodías irresistibles de canciones como American girl o Breakdown y la rabia con que la banda las escupía llamaron la atención de la prensa británica, que supo encontrarle un sitio —y las correspondientes portadas— al rubio Petty y los Rompecorazones entre las estrellonas nuevaoleras. Como suele suceder, fue este prestigio ganado a base guitarrazos durante un par de giras por Inglaterra y Europa lo que impulsó definitivamente la carrera de la banda en su país, que, apoyándose de nuevo en la onda expansiva de un directo demoledor y en el brillo de una imagen impecable, no desaprovechó la oportunidad y comenzó a generar una gran expectación a su alrededor.



Después de un grandísimo primer disco, una vez salvada la dificultad que siempre supone el segundo elepé con calidad, solvencia y el par de temazos de rigor, Tom Petty y los Heartbreakers se enfrentaban a la prueba de fuego; su tercer álbum de estudio era esperado con avidez por la crítica y el público americanos, y los músicos eran perfectamente conscientes de que este estado de cosas los situaba en el filo: o bien su siguiente disco cumplía con las expectativas y los encumbraba definitivamente, o bien las defraudaba y se daban una de esas hostias de las que no siempre llega uno a levantarse.

Como era de esperar tratándose del talentoso Petty, éste dio lo mejor de sí mismo a nivel compositivo, pero fueron otros factores que escapaban por completo a su control los que acabaron de marcar la suerte del álbum. En el 78 MCA compró ABC Records, la compañía a la que pertenecían los Heartbreakers, y el carismático compositor se negó en redondo a publicar en el nuevo sello si no se renegociaba su contrato, que le había despojado de los derechos de autor. Petty se vio inmerso en una batalla legal que duró meses, y cuya primera baja fue Denny Cordell, el productor de los dos primeros elepés de la banda. Durante el enfrentamiento con la compañía, Cordell adoptó una posición ambigua, la propia de un agente doble, comportamiento que defraudó en lo personal a Petty, quien tomó la decisión de prescindir de sus servicios para contratar a un nuevo productor. El elegido fue Jimmy Iovine, profesional instalado en Nueva York cuyos trabajos para Patti Smith y Springsteen habían llamado la atención del rubiales nacido en Gainsville, Florida. El encuentro entre Petty y Iovine no pudo ser más feliz, pues la visión musical de ambos se complementaba a la perfección: Petty es uno de esos compositores que, con una irrenunciable actitud rock, siempre ha tenido en el punto de mira la canción radiable, la melodía perfecta, algo que Iovine supo comprender y alentar a la perfección. Con el potencial comercial de las composiciones de Petty asumido, y con una banda con la clase y la personalidad de los Heartbreakers a su disposición, Iovine se marcó como objetivo grabar un disco que estuviese atravesado de arriba abajo por la tensión que generaban elementos en principio contrarios: personalidad y comercialidad, energía y melodía, novedad y atemporalidad, pop y rock… La batalla en los tribunales proseguía, pero Petty y los Heartbreakers, animados por un Iovine entusiasmado tras haber escuchado en acústico los primeros temas, se sobrepusieron y entraron a grabar el álbum sin tan siquiera saber si finalmente podrían llegar a publicarlo. El resultado de aquellas sesiones —que por fin vio la luz en 1979, cuando la compañía se plegó a las peticiones de Petty— es un disco deslumbrante, por sus canciones, por su ejecución, por su posterior influencia… El sonido acerado de Damn the torpedoes esculpió la madurez en el jeto musical de Tom Petty y los Heartbreakers y consiguió ventas millonarias, sirviendo de autoritario y restaurador colofón a una década, la de los 70, en cuyo tramo final el rock había olvidado algunos de sus valores fundacionales. Treinta años después, Damn the torpedoes es por derecho propio un puto clásico, una de las fuentes a las que se debe acudir para saber de qué va esto del Rock & Roll, y si no que se lo pregunten al mismo Petty, cuyos mayores aciertos discográficos durante las tres décadas siguientes han pasado por no olvidar del todo el Norte al que apuntó su arte en el elepé de marras. Tal vez Petty siga sacando de la estantería el Damn the torpedoes de vez en cuando para tomar contacto consigo mismo, volviéndose a mirar en la imagen del rockero casi adulto, de sonrisa resabiada y actitud incorruptible que tan bien supo captar la cámara del fotógrafo Glen Christensen en la que es una de las grandes portadas del Rock de finales de los 70.

En lo estrictamente musical, el disco no tiene desperdicio, y gran parte del mérito hay que adjudicárselo al avispado Iovine, que supo darle a la música de la banda mayor amplitud de miras, creativas, por supuesto, pero también comerciales; el productor neoyorkino hizo evolucionar el sonido del grupo puliéndolo, cromándolo, colocando cada pieza en su justo sitio. La posición destacada y nuclear la ocupa la inconfundible voz nasal del cantante, no podía ser de otro modo; desde la inicial Refugee hasta Louisiana rain, el medio tiempo de lirismo arrebatador que cierra el elepé, Petty canta como un ángel y aúlla como un bello demonio, destilando rabia, inconformismo, chulería, insatisfacción, entusiasmo, dulzura, confusión, actitud rockera a raudales… En cuanto a los músicos, poco se puede decir que no se haya dicho ya: Damn the torpedoes muestra a una banda sólida y brillante, con una pegada rítmica y melódica descomunal: la poderosa aleación Lynch-Blair sostiene el conjunto con rotundidad y eficacia; los teclados del gran Benmont Tench funcionan como telón de fondo y sutil argamasa que cuaja y esmalta el vivo fresco sónico; Mike Campbell, un instrumentista de clase excepcional, se convierte en gran protagonista del sonido heartbreaker a guitarrazo limpio, sembrando el elepé de riffs destellantes y solos exquisitos, unas veces dañinos e infecciosos, otras económicos y certeros, siempre vibrantes… Todo ello puesto al servicio de una colección de canciones epatante que Petty no ha superado en treinta años de carrera: Refugee, Here comes my girl, Don’t do me like that, Lousiana rain o la excepcional Even the losers se han convertido con el tiempo en clásicos indiscutibles del cancionero del hoy ya sesentón rockero.

Damn the torpedoes suena hoy tan clásico como actual, las canciones y los textos conservan su vigencia, la tensión que transmite sigue inyectando en las venas del oyente una vitalidad enrabietada y rejuvenecedora cien por cien rocanrolera. Prueba vivísima de que la calidad y la comercialidad no están necesariamente reñidas, el álbum es mucho más que un hito de la música popular yankee de finales de los setenta, pues, en pleno siglo XXI, sigue movilizando las poderosas energías y transmitiendo las electrizantes cualidades del mejor Rock & Roll, ese que siempre estará hecho a partes iguales de personalidad, honestidad, talento y actitud. Una receta tan nutritiva como rara de escuchar en estos tiempos de chichinabo y photochopped digital.

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