Mark Twain (carta abierta a un amigo)

Mark Twain.

Te debo esta carta hace tiempo, querido Mark Twain (¿o quizá debería llamarte Samuel Langhorne Clemens, como pone en tu partida de nacimiento?). Lo he pasado tan bien contigo que te he considerado como un miembro de mi familia y seguramente por eso, por considerarte de la familia, te he hecho menos caso del que mereces. Así es la vida, y no me lo tomes en cuenta. Supongo que te ha pasado con mucha gente. Sin embargo, has sido grande. Hemingway y Faulkner (¡dos premios Nobel tan diferentes entre sí!) te reconocieron, cada uno por su lado, como el padre de la literatura moderna americana. Tú no has tenido el Nobel, pero no te faltaron honores y la Universidad de Oxford te nombró doctor honoris causa, lo que no está nada mal para un yanqui corrosivo y tan poco convencional como tú eras. He visto fotos tuyas con el gran bigote blanco, de pionero, bajo el birrete, y permíteme que sonría. Pero vamos a lo que importa, que es la relación que he tenido contigo a lo largo de una vida que es ya, en algún año, más larga que la tuya cuando nos dejaste.

Trabé conocimiento contigo de niño, a través de tu alter ego Tom Sawyer, aquel chico que nos daba tanta envidia a los pacatos alumnos de los escolapios. Las aventuras  de Tom y sus amigos eran vida y sus tiernos amores con la linda Becky nos deslumbraban en una época en que las chicas estaban lejos. Es posible que fuera entonces cuando incorporé a mi vocabulario la palabra libertad. La historia de Huckleberry Finn me pareció más seria y creo que la disfruté y entendí mejor al releerla (tantas veces) de adulto. Te lo habrán dicho repetidas veces, pero es una de las mejores novelas que se han escrito en tu idioma, tan pródigo en grandes novelas. Huck, el chico marginal y marginado, es uno de los caracteres más enteros que han salido de una prensa de impresión. Y su viaje a lo largo del Misisipi es un recorrido por comportamientos humanos universales. No sé con qué querría quedarme. Es posible que con el trágico episodio de Romeo y Julieta en aquella plantación sureña. O con las innobles figuras de los dos sublimes sinvergüenzas, el Rey y el Duque, que son algo más que dos granujas de río, ya que te permiten poner un granito de irónica pimienta respecto al simbolismo de las jerarquías. Y, desde luego, con el bondadoso y sensato negro fugitivo, Jim, por medio del cual haces el más eficaz alegato contra la esclavitud.



De joven leí también tu Juana de Arco, que recuerdo mal porque hace muchos años. Aunque es posible que los expertos en relatos históricos le pongan peros, a mí me impresionó mucho, eso sí lo recuerdo, la visión humana que dabas de la doncella de Orleáns, sus gentes y su tiempo. Luego volviste a la Edad Media (otra Edad Media) en Un yanqui en la corte del rey Arturo, que es una incursión en la ciencia ficción, o, más propiamente como diría un erudito, en la ucronía. Ahí vuelcas toda tu admiración por la tecnología, ya muy avanzada en tu tiempo, y te diviertes imaginando lo que podría haber sido su impacto en la sociedad artúrica. Todos nos divertimos con ello, pero enseguida nos damos cuenta de que hay algo más que diversión en el empeño. El americano de Connecticut al crear una infraestructura moderna bajo la sociedad caballeresca, lo que hace es dinamitar cuanto hay de opresión y superstición en ella. Sin conseguirlo, puesto que al final todo vuelve, dramáticamente, a sus cauces. Lo curioso es que la evolución del mito artúrico es respetada, incluso con la componente decisiva de los amores de Lancelot con la reina Ginebra, que el observador yanqui percibe, e intuye sus consecuencias, con tristeza desde el primer momento.

Seguiste con tu afición por los temas históricos en El príncipe y el mendigo, esta vez en la Inglaterra de Enrique VIII. Con esta fábula de los dos adolescentes que intercambian sus papeles, volviste a lo que había sido una constante en Juana de Arco y Un yanqui en la corte del rey Arturo, que es la miseria y opresión en que vivía el pueblo en aquellos tiempos de espectacular esplendor y nobles principios. Porque, mi querido y admirado amigo, tú fuiste sobre todo un progresista obsesionado por la injusticia, allá donde ésta se manifestara: la esclavitud de los negros en tu viejo Sur, la opresión eclesiástica y feudal en el Medievo, o la miseria de los pobres en la Inglaterra reformada del XVI. Y como tenías mucho talento lo hacías por medio de obras de arte, más efectivas que los panfletos.

He leído muchas más cosas tuyas, y quizá te agrade saber que siguen gustando. Por poner un ejemplo, tus deliciosos Diarios de Adán y Eva, han sido llevados al teatro, con gran éxito, en mi país, España, y la gente se reía mucho y, además, no dejaba de pensar en ese proceloso tema de los hombres y las mujeres. También puedo mencionarte un pequeño relato, que a lo mejor tú has olvidado, llamado El billete de un millón de libras. Sí, aquel del vagabundo al que se le da un billete por ese importe para comprobar que puede vivir sin cambiarlo durante un mes. Pura economía especulativa avant la lettre. Se hizo una película con un gran actor, Gregory Peck, y resultó estupenda. De tus libros no digo nada, porque siguen siendo un valor editorial seguro, aun en estos tiempos que, aunque te cueste creerlo a ti que creías en el progreso, se lee tan poco.

De tu vida no sé demasiado. Ganaste mucho dinero y lo invertiste en fallidas iniciativas empresariales, siempre vinculadas a los avances técnicos que te obsesionaban. Famoso y arruinado, tuviste que concertar ciclos de conferencias para pagar tus deudas. Cuando tu país entró en guerra con el mío, en 1898, lo aplaudiste, pensando que era una guerra contra el colonialismo. Algo más tarde, al ver a tu América convertirse en potencia colonial en Filipinas, renegaste de esa postura para defender a los rebeldes filipinos. Fuiste, en definitiva, coherente, algo tan difícil de encontrar. Un motivo más para quererte.

Podría hablarte de muchos más de tus escritos, pero no quiero cansarte. Sólo decirte que me he divertido mucho con ellos, los he disfrutado, y deseaba darte las gracias por habérnoslos proporcionado. Pero también, y en esto creo que hablo en nombre de bastante gente, porque en todos ellos, además de la diversión y la buena literatura, se respira un afán de justicia y de respeto por la dignidad de los seres humanos. Que no es poco.

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