La mariposa y la abeja, la Historia y la vida

El día después de proclamarse campeón mundial de los pesos pesados, por nockout técnico a Sonny Liston al término del sexto asalto, Cassius Clay anunció que ya no sería más Cassius Clay. Días más tarde daría a conocer su nuevo nombre al mundo, en adelante: Muhammad Ali. Tenía solo 22 años, pero ya era una leyenda. Algunos hombres, aunque vivan hasta viejos, parece que muriesen jóvenes, no por la consabida conservación jovial de algunos espíritus, sino por algo más enigmático, una suerte de sacrificio y embalsamamiento en la memoria de un tiempo. Muhammad Ali fue de esos. Su cuerpo cumplió los 74 años, pero su persona, convertida en símbolo, perdió las edades, quedó congelada en una juventud de icónica magnitud. Bello, desafiante, rebelde. Odiado, amado, irreductible. Ali concitó todas las emociones. Si un deportista podía convertirse en un mito de tal calibre, solo podía ser un boxeador. Tal vez por el hecho de que el boxeo trasciende el deporte, es otra cosa.

Muhammad Ali Thomas Hoepker 1966 USA. ChicagoMuhammad Ali en Chicago, 1966 / Foto: Thomas Hoepker/Magnum Photos.

Se han escrito miles de líneas impregnadas de romanticismo sobre una infinidad de veladas. Se ha hecho mucha literatura, pero hay tres libros sobre boxeo que destacan sobre la mayoría. Uno es El silencio del héroe, una selección de los mejores artículos de Gay Talese. Otro es El combate, la crónica de Norman Mailer sobre ‘el combate del siglo’ entre Ali y Foreman en Zaire. Y el tercero es el ensayo de Joyce Carol Oates titulado Sobre el boxeo, donde la escritora norteamericana expone: “Para entender el boxeo verazmente hay que evitar la tentación de exponerlo en términos literarios, o como metáfora de la vida. Es cierto que la vida es como el boxeo en muchos e incómodos sentidos que ni siquiera es necesario exponer, pero es más acertado decir que en realidad el boxeo solo se parece al boxeo”. Carol Oates tiene toda la razón. El boxeo no es como la vida, sino la vida, a veces, como el boxeo, y por eso Muhammad Ali tampoco es como los hombres, aunque sea uno de ellos. 

El primer gran combate de Ali, cuando aún era Cassius Clay, fue en 1962, contra Sonny Banks, para estrenarse en el Madison Square Garden de Nueva York. Cassius anticipó que Banks no le duraría más de cuatro asaltos. En el primero, Banks mandó al ‘bocazas’ Clay a la lona. En el cuarto, sin embargo, el árbitro paró el combate, Banks estaba out. La demostración de recuperación del joven Clay había sido electrizante. El chico peleaba raro, bailaba en exceso, no se cubría bien, no era el más fuerte, pero tenía algo único, una personalidad y una confianza ciegas en sí mismo. Su mejor golpe salía de su mente. Era la mariposa y era la abeja.

En la carrera de Ali hay tres nombres propios que se le oponen y seis peleas con ellos que le construyen y definen. Sonny Liston y sus dos combates. Joe Frazier en tres noches del primer lustro de los años setenta. Y Georges Foreman en una batalla en pleno corazón de África. Ali nació frente a  Liston, como campeón y como mito; después de quitarle el título le concedió la oportunidad de recuperarlo, pero Ali le mandó a la lona en el primer asalto. Fue el 25 de mayo de 1965, ante poco más de dos mil espectadores en un auditorio de Maine. Dos años después, cuando se encontraba en lo más alto de su carrera, Muhammad Ali fue sancionado con no poder competir y despojado de todos sus títulos, por negarse a ir a la guerra. “Ningún vietcong me ha llamado nunca nigger”, le dijo a un periodista del Philadelphia Inquirer cuando le preguntó por Vietnam. Con Frazier se enfrentó en tres ocasiones, la primera supuso la primera gran derrota de Ali. Frazier, más pequeño pero más rabioso y mejor entrenado, le dio una paliza. De aquella pelea, en marzo de 1971, ‘el más grande’ salió aprendiendo que solo el trabajo duro hace que el talento signifique algo. Tres años después, los dos titanes volvieron a verse las caras, pero esta vez Ali no se dejó sorprender. La última ocasión que ambos se retaron fue en octubre de 1975, en el enésimo ‘combate del siglo’, esta vez en Manila. Después de catorce asaltos brutales, el entrenador de Frazier arrojó la toalla, el boxeador con el mejor gancho de izquierda de la historia estaba ciego por los golpes de Ali. El combate había sido tan duro que los hombres que más se habían faltado al respeto en la historia del boxeo, reconocieron mutuamente la fuerza de su contrincante. Frazier no dejaría de asombrarse ante la resistencia de Ali, le había pegado “tan fuerte que habría derribado las murallas de una ciudad”, dijo, pero Ali fue más inexpugnable que cualquier fortaleza. Y Muhammad Ali, el boxeador más irreverente y provocador, el hombre con el mayor ego del mundo, el que había dicho de Frazier que era feo como un oso, no pudo sino reconocer que “Joe Frazier es el mejor boxeador del mundo”, eso sí: “…después de mí. Les digo, es un demonio de hombre, que Dios le bendiga”. Antes de aquel último combate con Frazier que parecía a muerte, Ali se citó con Foreman en Kinsasa, en el que sería el combate de boxeo más famoso de todos los tiempos, The Rumble in The Jungle. Contra Foreman, vigente campeón, más alto y más fuerte que él, Muhammad Ali elevó a la máxima potencia todos sus recursos. Foreman llegaba con 40 victorias, 37 por KO, y 0 derrotas; en sus últimos ocho combates no había necesitado más de dos asaltos para acabar con sus rivales. Ali lo hacía en calidad de retador, con 44 victorias, 31 por KO, y 2 derrotas. Foreman tenía 25 años, y Ali 32, pero al verles sobre el ring parecía que el joven fuera Muhammad y no George. Era el Ali mito el que enardecía a un público entregado a su causa. Ya no tenía la agilidad de diez años atrás, pero había desarrollado una inteligencia táctica que no tenía nadie de su peso sobre el ring. Desde el segundo asalto, Ali se echó a las cuerdas, Foreman comenzó a castigarle, regularmente, como a un yunque. Pero en el de Lousiville, balanceándose contra las cuerdas, no parecían hacer mella los golpes. Era el famoso, desde entonces, rope-a-dope, un estilo basado en la resistencia, en dejar que el oponente, más fuerte, se canse, contra las cuerdas los golpes no los recibía el cuerpo sin más, sino que se amortiguaban. Foreman pasó los asaltos imperturbable, pero cada vez más lento. Hasta el octavo, hasta los últimos quince segundos del octavo asalto, cuando Ali, que había estado emboscado en la selva, vio que había llegado el momento de salir y atacar. Foreman, arrebatado por el cansancio, como despistado, cayó por una invisible trampilla y se vio de repente contra las cuerdas, donde ya Ali no estaba. Las posiciones se habían dado la vuelta. Y Ali le dejó caer uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis golpes en apenas tres segundos, uno de ellos un gancho de izquierda que fue definitivo para el campeón, que dejaba de serlo, aquel enorme joven que parecía viejo ante un hombre mayor que él pero que parecía más joven que nadie. Ali había demostrado que el boxeo, en efecto, no era como la vida, sino más bien como la Historia. Así de grande era. Porque había ganado utilizando la misma táctica que los vietnamitas —esos que nunca le llamaron nigger— habían utilizado para vencer a los Estados Unidos, hacerse fuertes en sus debilidades, replegarse cuando no era segura la victoria y sorprender al enemigo con un ataque fulminante, cuando estaba perdido o agotado.

Hay pocos hombres que se conviertan en símbolos universales de su época. Suelen ser personas excepcionales en una sola cosa, a la que se consagran, pero gente igual de imperfecta que cualquiera en el resto de los ámbitos de la vida. Algunos destacan por una furibunda lealtad a sus principios, o bien por una declaración de la propia identidad cegadoramente transparente. Ali fue uno de esos. Ali, solo tres letras que al pronunciarse hacen que todo el mundo sepa de quién se está hablando, sin confusión posible. Tres letras como nombre para un nombre que no fue el de su nacimiento. Un nombre escogido, acaso otorgado. En el siglo XX solo ha existido una persona que haya logrado lo mismo, hacer resonar ecos de leyenda con la sola mención de un nombre dado, también de tres letras, solo suyas, el Che, un símbolo aún más grande. El mismo año que asesinaron a uno en Bolivia, el otro se negó a ir a Vietnam. Ali está definitivamente entre los mitos de su tiempo.

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