La hermosa resistencia de Catherine Cawood

Sarah Lancashire, como Catherine Cawood, en Happy Valley. Imagen: BBC One/Red Production Company.

Incluso en el más triste de los valles del mundo hay motivos para sonreír, aunque sea muy de vez en cuando. Sonreír por algo hermoso que brota entre las grietas de una persona hecha roca. Sonreír en el llanto por un destello de humanidad. Más o menos de eso va Happy Valley. Y más o menos eso significa Happy Valley y su protagonista suprema, la sargento de policía local Catherine Cawood, en el panorama televisivo y en lo concreto —y amplio— del género negro. Estamos hablando, exactamente, de la mejor serie de género negro de los últimos años, y de uno de los mejores personajes jamás imaginados. Así de simple, así de contundente.

Los grandes personajes se miden, en última instancia, por el peso del universo que han de soportar. Dependen, como los grandes deportistas, del equipo. Un gran personaje en una serie mediocre brilla con más intensidad de la que emana de sí mismo, pero al final se ve minimizado por su entorno. Un gran personaje con una historia a su altura, sin embargo, debe soportar ese peso, no tiene ventajas en la comparación; si aún así destaca, estamos ante un icono, como Sam Spade, Marlowe, Wallander, o ‘Rust’ Cohle, por citar solo unos pocos detectives eternos, clásicos y modernos. A estos nombres, todos masculinos, hay que sumar uno nuevo, de mujer, incuestionable en el Olimpo noir, el de la antigua inspectora, actual sargento de policía local de Halifax (Inglaterra), Catherine Cawood.



Happy Valley es una de las mejores series en lo que va de siglo. Y, junto con The Wire, la mejor ficción audiovisual del género negro. Otras muchas series han alcanzado cotas altas de calidad: como la primera temporada de True Detective, por supuesto; o las muchas miniseries inglesas de la BBC, como What Remains, The Town o Southcliffe; otras que han bebido de la fuerza de sus personajes y una buena base literaria, como el Wallander protagonizado por Kenneth Branagh, o el Quirke encarnado por Gabriel Byrne. Sin embargo, más allá de la obra maestra de David Simon, ninguna serie había alcanzado ese punto de excelencia rayano en lo que podría considerarse, casi, la perfección; hasta que llegó Happy Valley, con su propuesta de intriga criminal pseudorural y sutil realismo social. La primera y la segunda temporadas de la serie, una misma historia principal dividida en dos casos criminales, ofrece una lección magistral de guión, cortesía de la creadora Sally Wainwright, y de interpretación, a cargo de Sarah Lancashire.

En Happy Valley no hay ni un cabo suelto, tampoco ningún nudo mal hecho —que es lo complicado—. Todo está pensado y medido. Los elementos son clásicos: la intriga criminal, un secuestro o una serie de asesinatos, psicópatas, tipos anodinos y cobardes arrollados por su propia torpeza criminal, y una mente perspicaz que ha de resolver los misterios. Con ingredientes tan normales, Wainwright hace algo nuevo. Primero, porque el detective no es ‘él’, sino ‘ella’, y porque ‘ella’ es una mujer de más de cincuenta, abuela y madre coraje, con un drama a hombros que asusta, y tan real que ata a la silla al más pintado. Segundo, porque alrededor de ‘ella’ hay un contexto, un lugar concreto con sus problemáticas concretas —ese ‘valle feliz’—. Y tercero, una tremenda historia familiar que supera con mucho el habitual pasado torturado del detective al uso, que va más allá, exigiendo un trato de melodrama adecuado para esa historia que ha de convivir con la trama criminal. Happy Valley obra el malabarismo repartiendo hábilmente la carga entre un conjunto de personajes milimétricamente ideados. Por todo eso, la serie de Sally Wainwright es un clásico inmediato; algo que se comprende nada más verla.

Pero hablemos de Catherine, alguien a quien solo se puede comparar con ella misma. Esa es la prueba para identificar a los grandes personajes —lo mismo si hablamos de personas—. El drama de Catherine Cawood es el de todas las fuerzas de la naturaleza, su resistencia excepcional no es un don, sino una condena. La muerte de su hija Becky, violada con 17 años, madre con 18 a consecuencia de esa violación, que se suicida seis semanas después de dar a luz, es el drama insuperable de esta mujer. La tristeza para siempre ha de convivir con los esfuerzos para educar, no como abuela, sino como madre, a una criatura a la que todo el mundo repudia. Catherine ha de tirar del carro de una familia desolada, de un hijo acomplejado y celoso hasta el trauma, de una hermana alcohólica y exdrogadicta, de un marido que se divorcia de ella porque no puede soportar ver a un nieto al que no quiere reconocer. Catherine ha de tirar, también, de una comisaría y una sociedad alienada, de un enorme valle tan verde como deprimido, abandonado de sí mismo, complaciente con sus miserias, por terribles que sean: drogadicción, trata de seres humanos, machismo, violencia sistémica. Ella, la sargento Cawood, sufre más que nadie porque es la única que no sucumbe al sufrimiento. Los demás se apartan a un lado del camino y se dejan vencer, lloran y se quedan esperando que alguien les ayude, caen en el ‘no puedo más y aquí me quedo’. Pero Catherine no, ella recibe los mismos golpes que el resto, pero resiste, y levanta a los que se derrumban a su alrededor, y sigue en pie recibiendo los golpes de todos. Es una roca, pero una roca extraordinariamente sensible, una piedra preciosa.

La perspicacia de la sargento Cawood nace de su conexión con la realidad, no de unos dotes magníficos, aunque los posea. Tiene una memoria fenomenal, pero no sería nada sin su aún más fenomenal atención a todos los detalles de una escena. No acierta por un don clarividente, sino por la fuerza de la experiencia. Tiene instinto e inteligencia, pero sobre todo sabe dónde mirar, por quién o qué preguntar. Y luego, como elemento indispensable que otorga ese salto de calidad que hace de lo bueno lo mejor, es valiente y tiene principios. Un detective que se precie a entrar en el Olimpo de los grandes sabuesos no puede carecer de un sentido del honor fuertemente arraigado. Si viene un vendaval o un psicópata indestructible, puede quedar el cuerpo del detective hecho trizas en el suelo, puede morir, incluso, pero sus principios quedarán en pie. Catherine Cawood es, ante todo, sus principios, su honestidad, su manera de ser ella misma en todo momento, agria, sensible, educada e irreverente, insobornable, ruda, tierna, descreída y abnegada. Pase lo que pase su bandera permanece ondeada al viento. Da ejemplo. 

La sargento Cawood tiene todo aquello que hace de un personaje un emblema humano. Y Happy Valley todo aquello que hace de una historia, de cualquier género, una obra maestra.

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