La fantástica cosecha fílmica de 1999

Algo pasó el año 1999 en el mundo del celuloide. Fue como si el maldito siglo de todas las bombas quisiera despedirse diciendo que también había sido el siglo del nacimiento de un nuevo arte, de algo tan maravilloso como el cine. Y pobló la cartelera de films enormes, en diversos aspectos. La cosecha fílmica del 99 fue, tal vez, la más rica de toda la historia: dejó un puñado de obras maestras, otro puñado de películas rompedoras de diversos convencionalismos, desde lo narrativo a lo comercial, y un enorme listado de películas de altísima calidad, filmadas en todas las latitudes, cubriendo todos los géneros, que regalaron un año en el que cada fin de semana se estrenaba en las pantallas alguna historia para recordar.

Por empezar por lo sencillo, pero también lo polémico, 1999 fue el año de varias obras maestras. El título es siempre cuestionable, cuestión de gustos, al margen de méritos objetivos. Pero aún haciendo un ejercicio de máxima rigurosidad a la hora de otorgar el galardón de masterpiece podemos citar, por ejemplo: Una historia verdadera, de David Lynch; Hoy empieza todo, de Bertrand Tavernier; Magnolia, de Paul Thomas Anderson; Ni uno menos, de Zhang Yimou; El club de la lucha, de David Fincher; o Toy Story 2, pieza clave de Pixar. Son solo seis títulos dispares, en tema, género, estilo y procedencia. Cada cual incluirá en los honores de la maestría otros y sacará alguno de los nombrados, pero eso mismo pone de manifiesto la excepcional calidad de la cosecha. 

Magnolia-Magnolia (1999) / Imagen: New Line Cinema.

El cine estadounidense tuvo un papel especial en el fin de siglo, no en vano tiene la industria que tiene. Habrá quien considere que El club de la lucha, de Fincher, no es ni de lejos una obra maestra, pero lo cierto es que nadie puede cuestionarle la categoría de film de culto, y una más allá, la aún más glamourosa, de film maldito. Independientemente de la consideración que se haga del film protagonizado por Pitt y Norton, lo que está claro es que es el máximo referente de un conjunto de films de Hollywood que transgredieron las reglas y se expusieron como críticas del American Way of Life. Entre esta colección, American Beauty es la mejor expresión, siendo en su momento el reverso luminoso del Fight Club, triunfando en los Oscar y ponderando el cinismo sobre la rabia, como genuino rasgo de estilo norteamericano. Magnolia, la gran historia coral de otro de los niños mimados de Hollywood, Paul Thomas Anderson, se integra también en este grupo, entre la crítica melancólica y el realismo mágico, con atmósferas similares a las que habita el antihéroe Tyler Durden. Con un afán crítico, pero moviéndose en el terreno del género negro, Michael Mann dejó en 1999 otro de los mejores títulos estadounidenses de la década, y uno de los mejores thriller conspirativos de siempre, El dilema, con unas interpretaciones antológicas de Russel Crowe, Christopher Plummer y, lo que parecía imposible después de una larga travesía por el desierto, hasta de Al Pacino. Para muchos, seguro, otra de las obras maestras de 1999.

Hoy empieza todo_Hoy empieza todo (1999) / Imagen: Les Films Alain Sarde/Little Bear/TF1 Films Production.

Fue un año maravilloso en lo cinematográfico porque fue emocionante, plagado de polémicas. Al margen del seísmo Fight Club, hubo, al menos, otros dos fenómenos sociales que dividieron al espectador: Matrix y El proyecto de la Bruja de Blair. Si con el tiempo Matrix ha ido perdiendo su primer halo de rara avis, también ha ganado objetivamente puntos como iniciadora de una serie de recursos formales de planificación completamente novedosos. Si bien no es una obra maestra, por lo irregular de un guión ensimismado y preso de sus ‘revelaciones’, Matrix es una película siempre refrescante, que en su momento consiguió, con todas las de la ley, sugestionar al público hasta subyugarlo en la fantasía de su universo. No se puede decir lo mismo, al menos en lo de ‘con todas las de la ley’ de El Proyecto de la Bruja de Blair, y sin embargo, no hay nada que criticar. La Bruja de Blair fue un verdadero fenómeno en su época, nunca antes un experimento mercadotécnico que tomase como base la confusión entre la ficción y la realidad había llegado tan lejos. Al menos la mitad de los espectadores fueron al cine pensando que lo que verían eran las grabaciones reales de una historia real. Vista con el tiempo, la Bruja de Blair gana enteros, porque el mismo talento que tuvieron sus creadores para generar expectación alrededor de su film, lo tuvieron para montar una película de terror brutalmente psicológica. No se veía nada, apenas había información, y de ahí nacía el miedo. Claro que si de miedos y terrores psicológicos hablamos, no hubo fenómeno de taquilla aquel año como el que supuso El sexto sentido, obra injustamente denostada por gran parte de la crítica.

kevin-spacey-american-beautyAmerican Beauty (1999) / Imagen: Dreamworks Pictures.

El 99 contó con la cita ineludible de varios grandes nombres, que además llegaron con algunas de las que a la postre entrarían entre las grandes cintas de sus carreras. Woody Allen firmó Acordes y desacuerdos, el precioso falso documental protagonizado por Sean Penn, interpretando a un guitarrista de jazz obsesionado con Django Reindhart. El irlandés Neil Jordan —director de Juego de Lágrimas, Entrevista con el vampiro o Michael Collins— dejó uno de esos tesoros que pasan inadvertidos, en forma de melodrama de época, titulado El fin del romance, con una fuerza visual, una banda sonora de Mychael Nyman y unas interpretaciones de Julianne Moore y Raph Fiennes desgarradoras. Otro de los melodramas magistrales del año lo filmó Lasse Hallström, Las normas de la casa de la sidra, que le valió un Oscar a Michael Caine y otro por el guión adaptado. Aunque si un melodrama triunfó en 1999, ese fue el drama carcelario con tintes fantásticos La milla verde, una de las pocas adaptaciones de Stephen King que no defraudan. Con todo, entre los grandes nombres, brilló por última vez uno de los más grandes de siempre, el de Stanley Kubrick. Aquel 1999 fue el del esperadísimo estreno de su última obra, la póstumamente estrenada Eyes Wide Shut, demostrando que hasta el último de sus días conservó una mirada única y arrebatadoramente misteriosa.

Más allá de los Estados Unidos también surgieron títulos imprescindibles. En Francia la mencionada Hoy empieza todo se dispuso como hermana mayor de una familia de films sobresalientes, revitalizando las mejores tradiciones del cine galo, como el cuento neorrealista de La chica del puente, de Patrice Leconte —director de El marido de la peluquera—; el realismo costumbrista con La fortuna de vivir; el extraordinario drama social de temática laboral Recursos Humanos; la valiente y elegante historia contada en Una relación privada, que en Francia se estrenó con el más llamativo título original Une liaison pornographique; o la pequeña joya llena de lirismo y sencillez que es Las confesiones del Doctor Sachs

WonderlandWonderland (1999) / Imagen: Universal Pictures International/BBC Films.

Pero no solo en Francia nacieron grandes films europeos. De Bélgica llegó la que sería Palma de Oro en Cannes, Rosetta, de los hermanos Dardenne, posiblemente otra obra maestra del cine en general, y no solo del realismo social. De las islas británicas, del mismo palpitar londinense, surgió una preciosa sinfonía urbana —con música de Nyman— filmada por el muy prolífico Michael Winterbottom, titulada Wonderland, una de esas películas que se conservan para siempre en la memoria si se han visto en una sala de cine, uno de esos tesoros minoritarios que conservan el emocionante sabor de una época. En España se estrenó un film que el mismísimo Woody Allen consideró entre los cinco mejores que había visto aquel año, La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda, adaptación de uno de los relatos de Manuel Rivas sobre la Guerra Civil española, tierno y dramático como pocos films en las últimas décadas, al mismo nivel de obras maestras de temática y tono similar, como Adios, muchachos, de Louis Malle

Del oriente medio llegaron joyas para enriquecer las pantallas de 1999, como El viento nos llevará, de Abbas Kiarostami, un poema visual que hipnotiza. Y del oriente lejano, un tierno cuento contado por el tipo más duro del cine nipón, Takeshi Kitano, El verano de Kikujiro. Desde China, por si no fuera bastante una obra maestra, dos del mismo director en el mismo año, El camino a casa y Ni uno menos, de Zhang Yimou; hasta el día de hoy, sus dos mejores películas, en una filmografía plagada de éxitos que le pone al mismo nivel de otro genios del cine oriental —y universal—, como Kurosawa o Mizoguchi.

ghost-dog-the-way-of-the-samuraiGhost Dog, el camino del samurai (1999) / Imagen: Plywood Productions.

Dentro del ámbito del llamado ‘cine independiente’, 1999 también dejó experiencias sublimes. Jim Jarmusch presentó una exquisita rareza, aventurada mezcla de todos los sabores con Forest Whitaker encarnando a un particular samurai, Ghost Dog. Spike Jonze realizó la mejor obra de su carrera, la originalísima y surrealista Cómo ser John Malkovich. Y en géneros y formatos al margen de la gran ficción, Wim Wenders se fue a Cuba para filmar uno de sus mejores documentales, Buenavista Social Club.

Aquel 1999 fue una verdadera aventura cinematográfica, la última vez que la cartelera brindó a los amantes del Séptimo Arte la posibilidad de dejarse embriagar de buen cine cada semana, y de polemizar, de esperar con ansia el estreno de un título remozado de maldito o de promesas de genialidad. Fue un año hermoso, y estuvo dominado por las intensas emociones de los momentos de despedida, de final de algo. Fue tan extraordinario y tan generoso el cine aquel año, que se permitió el lujo de que un genio como Martin Scorsese, cuando todos sus colegas se inspiraban para dejar sus mejores obras, nos torturara con lo peor que él haya filmado jamás, la inefable —protagonizada por el aún más inefable Nicolas CageAl límite. Qué se le va a hacer, ya se sabe que nada es perfecto.

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