Gijón y sus hijos pródigos

Todas las ciudades soñadas suelen ser ciudades desaparecidas o, al menos, lo bastante lejanas como para pertenecer a otro tiempo. Cuando se consigue volver a ellas resultan dolorosas. Les faltan partes que, de inmediato, parecen esenciales en nuestro recuerdo. Aquel bar, la vieja estación de tren, la fábrica de tal o cual cosa, el bloque de edificios donde una vez dormimos, el color rojizo de unas farolas que ya no están en la avenida por la que paseamos con alguien que también perdió su color de antaño. La belleza está en el recuerdo, es subjetiva, pero hay algunos casos de ciudades con un brillo que hace coincidir el juicio estético de nuestra memoria con una perenne, universal belleza al alcance de cualquier transeúnte de sus calles, sea nativo o foráneo, haciéndole sentir hijo pródigo. Gijón es una de ellas.

Yo viví dos años en Gijón, en un tiempo en el que aún podían verse, de vez en cuando, columnas de humo por poniente. Era el tiempo de los últimos neumáticos quemados en las inmediaciones de los astilleros de la Naval. Hoy las grúas ya no despuntan en el horizonte. Conocía la ciudad de muchos viajes anteriores —breves estancias de unos días—, desde los primeros años 90, pero la Gijón ideal que seguiré por siempre buscando en cada visita será aquella de finales de la primera década del siglo veintiuno. Una ciudad que encontraré indefectiblemente cada noche que pasee por la playa de San Lorenzo. Estará siempre allí. Una ciudad a la que se accede por el oscuro pasadizo que conecta la Avenida de la Constitución con Manuel Llaneza. Una ciudad con ‘zonas cero’ sentimentales, como la de la desaparecida estación de tren en El Humedal. Una ciudad de dimensiones emocionales, pero perfectamente localizable.

Xixón_SanLorenzo_ÁlvaroTrabancoPlaya de San Lorenzo, Gijón / Foto: Álvaro Trabanco.

Gijón tiene una extraña facultad, la de mantener intacta una misma atmósfera diversa, por mucho que pase el tiempo y que cambie el aspecto de sus calles. Sus barrios tienen una personalidad definida que ningún lifting arquitectónico puede ocultarles. No importa que se les caigan comercios emblemáticos, o que los últimos estertores de la reconversión abran cicatrices en su paisaje. La ciudad posee una atmósfera, digamos literaria, a prueba de cualquier cambio climático o accidente geográfico. Ningún día es un día cualquiera, aunque lo sea. La más anodina y soleada de las mañanas puede sorprender al transeúnte bajando por Avenida de la Constitución y ver el cielo nublarse, un cielo bajo, pegado al suelo, comprobar cómo una niebla densa lo cubre todo en cuestión de minutos, no entender el extraño fenómeno pero constatar que, en efecto, una calima a pie de calle avanza rauda devorando la ciudad. Un día cualquiera no es un día cualquiera en Gijón. Los de allí saben lo que ocurre, aunque se vea pocas veces, es una bruma que se forma sobre el mar y sube rápida por las calles. El fenómeno climático tiene una explicación científica, la vivencia personal una historia camino de convertirse en recuerdo, y el recuerdo, como todos, de volverse símbolo de algo, o de alguien, o de una época. 

Se dice de muchas ciudades que son ‘cercanas’. Es un lugar común, típico de guía turística. La cercanía es una cualidad confusa. ¿Cómo puede ser cercana una ciudad?  ¿Es algo que tiene que ver con la idiosincrasia de sus habitantes? ¿Es una cuestión meramente urbanística? Ha de haber un poco de todo. Pero lo cierto es que de tantas llamadas ciudades cercanas pocas lo son realmente. Por lo general las grandes ciudades son más corteses que cercanas. Algo que ocurre igual en las ciudades pequeñas, sobre todo en aquellas en las que el turismo tiene un fuerte impacto económico, como Gijón. Sin embargo, puede decirse que Gijón es cercana, sí, de una manera especial que le hace merecer el tan manido adjetivo. Es una ciudad cercana porque no pone barreras a quien quiere mantenerse lejano. Puede resultar paradójico, pero esa es la principal característica de las ciudades con una gran capacidad de acogimiento. Gijón acoge al paseante obstinado al ritmo de una sinfonía urbana poblada de sorpresas, de grandes avenidas escondidas en los mapas, como la Avenida Schulz, brillante en la noche con sus juegos de luces, como abalorio que demarca una facción bella y sutil de su rostro. Tomar Schultz en su nacimiento desde Avenida de la Constitución y navegarla río arriba, a contracorriente, hasta que desemboca en la Carretera de la Carbonera es como adentrarse en un secreto canal de escape, balizado de hipnóticas luces y en el que impera el complaciente sosiego de quien se sabe a salvo de aguas turbulentas. Es por cosas como esta que Gijón resulta cercana, porque te acuna y recibe en una partitura espontánea y sinfónica, en la que ningún solista puede perderse.

Xixón_Foto_Álvaro_TrabancoVista de Gijón, desde la senda del Cervigón, camino del Parque de la Providencia / Foto: Álvaro Trabanco.

En ciudades como Gijón, con una gran y hermosa playa que ejerce de emblema, todos los itinerarios parecen desembocar a pies de esa arena. Gijón, sin embargo, tiene una rareza de las que no salen en los mapas ni, siquiera, en las menos acostumbradas de las visitas turísticas. Se trata de un lugar tan singular a las afueras de la ciudad, tan en contraste con el resto de su entorno, que se reclama como un viaje en sí mismo. No es ninguno de los emblemas de identidad, no es Cimadevilla, ni el ‘Muro’, ni el puerto deportivo. Es uno de esos lugares que a quienes llegan a Gijón de fuera y se quedan a vivir, les supone uno de esos descubrimientos inesperados mucho tiempo después de haberse instalado en la ciudad: el poblado de Santa Bárbara. A finales de los años 50, cuando se construyó, fueron alrededor de doscientas casas para los obreros de la fábrica de Moreda. Hoy las doscientas casas, ya sin familias que necesariamente tengan que ver con aquel Gijón industrial, conservan una quietud de atmósfera mágica, de antaño. A sus callecitas en cuesta se llega, por lo general, en el camino de búsqueda de la vía verde de La Camocha —otra de las maravillas de una ciudad plagada de túneles del tiempo—. El poblado de Santa Bárbara —no podía ser otra la santa, por supuesto—, permite un viaje ya no solo sentimental, sino histórico, en el que la fantasía parece haber triunfado. Todas las ciudades soñadas suelen ser ciudades desaparecidas o, al menos, lo bastante lejanas como para pertenecer a otro tiempo. Las casas bajas de los antiguos obreros de Moreda, muy cerca de donde yo viví durante dos años en Gijón, son la realidad sublevada de ese otro tiempo, la frontera de una ciudad real a una mágica, llena de hijos pródigos.

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