Francia: la clase obrera en pie

El Sena no es lo único que se ha desbordado en Francia últimamente. Nunca una inclemencia meteorológica, a punto del desastre, le había venido tan bien a un gobierno galo como la de estos días. El problema es que el río baja, las aguas vuelven a su cauce, y todo indica que el impasse ha sido eso, un mal que ha venido bien para aplacar las protestas que verdaderamente están poniendo con el agua al cuello a Hollande y Valls.

La aprobación por decretazo, el 10 de mayo, de una nueva Ley del Trabajo —conocida como Ley El Khomry, por el nombre de la Ministra de Trabajo francesa—, ha puesto a François Hollande y a su primer ministro Manuel Valls en una situación de difícil equilibrio político. La reforma laboral viene a abaratar el despido, recortar derechos y acabar con la negociación colectiva —en su polémico artículo 2—, dando preponderancia a la negociación directa con cada empresa, obviando los convenios sectoriales. En marzo tuvieron lugar las primeras movilizaciones contra la ley, el gobierno aplicó unas ligeras reformas, y con eso Valls y Hollande decidieron ir “hasta el final”. 

Con un 10’5% de paro, con un 70% de oposición —según los sondeos— a la nueva ley, con el gobierno en sus cotas más bajas de popularidad, a un año de elecciones presidenciales, y con el Frente Nacional recogiendo la cosecha de la vieja socialdemocracia, no parecía que el momento fuera el más oportuno para aplicar unas medidas tales. O tal vez sí. Porque Francia, tras los atentados de noviembre, sigue manteniendo el estado de excepción, o porque la Eurocopa de fútbol, que se celebra en suelo francés, está a unas semanas de comenzar. El estado de excepción ha permitido al gobierno prohibir manifestaciones y conculcar derechos civiles sin intervención judicial, pudiendo también expulsar a extranjeros del país sin mayores complicaciones. Tras las dos primeras semanas de huelgas son más de mil las detenciones efectuadas y alrededor de cien las condenas judiciales express. Según se acercan las fechas de la Eurocopa, la presión mediática se multiplica, demonizando las protestas sindicales mediante el viejo recurso chovinista del perjuicio al país ante una oportunidad clave de ingreso económico; el presidente de la patronal francesa, Pierre Gattaz, declaró en Le Monde: “Hacer respetar el Estado de derecho es asegurarse de que las minorías que se comportan un poco como maleantes, como terroristas, no bloqueen todo el país”. La comparación de los huelguistas con terroristas le valido la denuncia de la CGT —el principal sindicato francés—, y la tímida reprobación de Valls, que consideró que tachar a los huelguistas de terroristas es tan poco “aceptable” como “los bloqueos” sindicales. Buena dosis de socialdemocracia bien curada.

La situación en Francia resulta interesante por muchos aspectos. Al enésimo ejemplo de cómo la socialdemocracia sirve de gestora disciplinada de los grandes capitales, aplicando medidas que gobiernos de derechas no han tenido capacidad de llevar a cabo, se le suman fenómenos de igual o mayor relevancia, por su novedad en el contexto actual de debate político, como lo son las formas de contestación social. 

El 31 de marzo, después de una jornada de huelga general, convocada contra la propuesta de reforma laboral, unos centenares de jóvenes decidieron continuar la protesta acampando en la Plaza de la República. El hecho recordaba mucho al 15M en España. Como Nuit Debout, la Noche en pie, fue bautizado un movimiento que tenía por protagonistas a sectores juveniles de la población urbana. La intelligentsia ligada al movimiento, como ocurrió en España, se apresuró a identificar al sujeto social protagonista de la ‘revuelta’: ‘el precariado’, una suerte no de clase sino de sector social, desarraigado del movimiento obrero y condicionado por una condiciones laborales y de vida recortadas y depauperadas por la crisis —por decirlo a muy grandes rasgos—. Tras semanas de movilización, la Nuit fue amaneciéndose.

El 19 de mayo, una semana después de la aprobación del decreto de ley y de que Valls salvase una moción de censura, los sindicatos franceses, con una CGT —sin la fuerza ni el prestigio de antaño, pero revitalizada— iniciaron las primeras huelgas en sectores estratégicos de la industria gala. Primero fueron las refinerías las que pararon, las ocho que tiene el país. Luego, las diecinueve centrales nucleares. Dos semanas después una decena de sectores están en huelga, tan estratégicos como el transporte —de todo tipo— o la electricidad. Cuando todos los periódicos franceses, salvo L’Humanité, se negaron a publicar una carta del nuevo Secretario General de la CGT, Philippe Martínez, los sindicatos hicieron una auténtica demostración de fuerza dejando sin prensa, salvo L’Humanité, todos los quioscos del país el día siguiente. Los trabajadores de la electricidad, en otra demostración de fuerza, y además de audacia, restablecieron el suministro a familias en situación de precariedad, y lo cortaron a empresas y en actos del gobierno, y la CGT avisó: “No vamos a cortar las líneas de 400.000 voltios para hundir a Francia en la oscuridad, pero podemos cortar a los clientes industriales aquí y allá”. 

En febrero, la revista Fakir, convocó una asamblea para debatir alrededor de una pregunta: “¿Cómo darles miedo?”. De aquella iniciativa surgió la plataforma Convergencia de Luchas, que terminó por convocar la Nuit Debout. Sin embargo, la respuesta parece que Francia la está descubriendo esta semana, porque está siendo con el país paralizado —y no por la crecida del río Sena—, cuando a los gallardos socialdemócratas Hollande y Valls se están poniendo nerviosos. No le tienen miedo a la noche en pie, sino a la clase obrera en pie. Parece que a la vieja socialdemocracia y al capital lo que le sigue provocando pavor, y haciendo daño de verdad, son algunas formas de lucha y determinados sujetos sociales, no tan viejos como les gustaría.

5 de mayo, 2016.

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