‘Flores ausentes’, luces y sombras de la familia

A menudo se dice que las grandes ciudades son interesantes, en parte, por la cantidad y calidad de espacios culturales que te aguardan en lugares insospechados. Flores ausentes —pieza de Cuerpo-Teatro con tres actrices y música en directo— es ejemplo de arte escondido, aguardando ser descubierto por el público. Un público que, entumecido por mil estímulos estridentes, se arriesga a pasar de largo sin descubrir este inspirador ejercicio teatral.

Flores_ausentes

No veréis carteles en la Gran Vía, los pequeños tesoros se encuentran buscando, o, como en mi caso, gracias al boca a boca. Nada más entrar en la sala (El Umbral de primavera, en el madrileño barrio de Lavapiés) la naturaleza del espacio escénico nos da pistas sobre lo que vamos a experimentar: público, actores y músicos conviven sin separaciones, sin fronteras. Sentiréis la tentación de buscar las filas del fondo, no lo hagáis, procurad la primera línea de fuego. Aquí se viene a sentir.

Luz tenue, música en directo (compuesta ex profeso para esta obra) y tres actrices a corazón abierto. Involucrando al espectador, a través de sus rostros, su expresión corporal, la danza y un texto minimalista, en una intimidad hipnótica e incómoda (por lo impúdico del rol de voyeur). Apenas un par de metros te separan de la historia. Una intensa y apasionada reflexión sobre la maternidad, los desencuentros familiares, las expectativas de los padres sobre los hijos, lo frustrante de la incomprensión y la angustiosa necesidad de compartir lo más íntimo y auténtico de tu ser con quienes te han dado la vida.

No es una obra fácil, exige que el espectador abra su mente y prepare sus sentidos. Pero la recompensa es grande: nada más terminar su reflexión comienza la tuya.

¿He sugerido ya que la primera fila es la mejor? Insisto. Reconocer en rostro ajeno sentimientos propios, a poco más de un metro de distancia, es un impacto emocional de 7 puntos en la escala Richter. 

Al salir de la obra, si esperas el tiempo suficiente, te encontrarás con su equipo técnico y artístico. Los rostros de las actrices lo dicen todo: Virginia de la Cruz (que, además, dirige el proyecto), María Jáimez y María Bigeriego han acabado exhaustas. Los pedantes dirán que lo suyo ha sido un tour de force, pero el público, en general, no necesita expresiones grandilocuentes, anda dando vueltas a la cabeza a lo que acaba de ver: las luces y sombras de la relación entre una hija y su madre. Las de al menos dos de las actrices se encontraban en la sala durante la representación que yo he podido ver. Las dos guardan silencio mientras los demás damos la enhorabuena a sus hijas, en su rostro se adivina lo que va a suceder en cuanto nos hayamos marchado todos. “Hija, tenemos que hablar…”

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