Elogio (fotográfico) de los museos

Hay gente a la que no le gustan los museos, fundamentalmente porque no les interesa nada que tenga que ver con la historia, el arte, la ciencia, o la cultura en general. Nunca les escucharán, sin embargo, decir nada en contra de los museos, ni siquiera demostrar su indiferencia o el profundo aburrimiento que les provocaría tener que visitar alguno de ellos. De hecho, todo el mundo ha visitado, en alguna ocasión, por propia voluntad, un museo, como si fuera un peaje existencial o turístico de obligatorio cumplimiento en el viaje de la vida o en el viaje de novios, respectivamente. Aparte de este enorme grupo de gente a la que los museos les dan igual, hay un grupo, infinitamente menor, casi insignificante, de gente a la que no les gustan los museos, a pesar de interesarles sobre manera todo lo que tenga que ver con el arte y la cultura. Son fanáticos del arte, y consideran que un museo es como un zoológico, una suerte de prisión de cuadros y esculturas, de todo tipo de obras. Odian la reglamentación y la rigidez de los museos, maldicen el circuito comercial del arte. Y propugnan que el arte debería “estar libre”, poblar las calles y plazas, habitar los bosques, que todo el mundo pueda toparse con él sin necesidad de pagar una entrada, guardar silencio, tomar un folleto explicativo, seguir un itinerario marcado con flechas por el suelo y dejar de disfrutar de su vista antes de que entre el siguiente grupo. No les falta razón en algunas cosas, pero sus propuestas, más que utópicas, son fantasiosas. Quizás resulte absurdo decirlo, pero en los tiempos que vivimos lo evidente parece velado por una suerte de relativismo totalitario, así que lo diré: no se puede prescindir de los museos, porque las cosas —incluidas las obras de arte o las piezas prehistóricas— se estropearían a la intemperie. 

Establecidas estas diferencias antagónicas en el seno de los opositores a los museos, hablemos del otro bando, el de los amantes de los museos. Lo conozco bien, porque presumo de pertenecer a él. Las divisiones internas también son enconadas, especialmente al tratar sobre el reglamento interno de los museos. Hay una cuestión muy particular que ejemplifica —y define a cada cual— las diferentes formas de amar y disfrutar de un museo, bien como un espacio más del mundo, bien como un recinto de culto —que no de cultura—. Esa cuestión es: el flash. El flash de las cámaras de fotos ha sido desde hace años el elemento que separa a quienes conciben que hay que disfrutar de un museo como de cualquier otro lugar, con respeto por el entorno, de quienes conciben que hay que pisar el suelo de los museos con temerosa veneración, y con precaución de no dañar por descuido la memoria cultural de una nación, de una época, o de una civilización. Los expertos dicen que las luces de xenon hacen que algunos de los materiales fotosensibles de los cuadros se desgasten. Otros consideran que el impacto de estos fogonazos sobre una pintura se ha exagerado, al llevarlo a términos de riesgo para la conservación de una obra en un ambiente como el de un museo. Tal vez más de un restaurador me trate de ignorante, y tal vez, tengan razón, pero a mí —que pertenezco al grupo de los amantes de museos como lugares más llenos de vida que de abstracta espiritualidad—, lo de prohibir fotografiar con flash por motivos de salud de la obra, seguirá pareciéndome una de esas solemnes estupideces —y el adjetivo ‘solemne’ es precisamente el que quiero utilizar— con las que el hombre institucionalizado, filósofo grandilocuente y risueño solo entre académicos, se significa de vez en cuando. Y ojo, que yo prohibiría las fotos con flash —y hasta las fotos en general— en los museos y en otras muchas partes, aún más en esta época de las redes sociales y su vacuo exhibicionismo. Me suele molestar, de hecho, la gente que no para de hacer fotos a mi alrededor. Y creo que el principal inconveniente de la fotografía en un museo es ese, y no que se desgaste la pintura. Sin embargo, tal vez por el efecto de llamada a la sublevación que casi toda prohibición ejerce en mi interior, cuando estoy en un museo que prohibe las fotos, me crece una simpatía por aquellas personas que pasean por sus pasillos armados con una cámara, como desafiantes de la autoridad. Yo apenas he pasado con una cámara a un museo, y cuando lo he hecho no he tenido ninguna intención de utilizarla. Sin embargo, al visitar algunas de las salas y pasillos de mis museos preferidos, al ver su vida, la que está sucediendo enfrente de todos esos símbolos de la historia hechos de lienzo y óleo, pienso que el motivo digno de inmortalizar si tuviera que fotografiar algo allí está ahí, en la gente que mira, no en la obra mirada, en los niños que imaginan ante una figura incomprensible, en los ancianos que experimentan la experiencia por primera vez, en las personas que se sientan y pasean, que se pierden, que se dejan llevar, que miran por las ventanas o los secretos miradores y ventanales que muchos museos esconden. 

A lo largo del tiempo he ido guardando algunas fotos tomadas en museos por conocidos fotógrafos. Dan muestra de todo lo que puede ocurrir en un sitio tan especial como un museo, sobre todo si es de arte. Otros tipos de museos, como los históricos, los tecnológicos o los temáticos tienen más complicado generar esa atmósfera de trascendencia. No es lo mismo visitar la sala de los Nenúfares de Monet en el Museo de l’Orangerie, que el Museo del Coche de Reno; aunque quizás me equivoque, porque, la verdad, nunca he estado en el Museo del Coche de Reno; aunque presiento que deben ser experiencias diferentes. A mí me gustan los museos de arte por eso, por esa compleja relación del ser humano con las expresiones artísticas, algo connatural a nuestra especie, y tan desarrollado, que, a pesar de llevar haciéndolo desde las cavernas, no sabemos aún definir con exactitud a qué nos referimos cuando hablamos de arte. Yo supongo que es algo que tiene que ver bastante con la vida, con la imaginación y las relaciones humanas, pero vayan ustedes a saber. En cualquier caso, algunas de esas fotografías en museos que he ido encontrando a lo largo de los años me han ido convenciendo de mi militancia en el frente de los amantes de los museos de arte como lugares especiales para disfrutar de vivir. 

Me convenció Elliot Erwitt, con su enorme colección de fotos en museos de todo el mundo, con su mirada pícara y divertida. Es, sin duda, el fotógrafo que más atención le ha dedicado al tema. La foto del sacerdote griego en el Museo de la Acrópolis, escrutando el desnudo frontal de uno de sus antepasados hecho piedra, es incontestable, como su famosa instantánea en el Museo del Prado sobre hombres y mujeres frente a las majas de Goya. Pero sobre todo me convenció con la foto del niño a solas frente al Guernica.

Me convenció Raymond Depardon, cuando cazó el beso de dos amantes —no sabemos si de los museos o no, aunque apostaría a que sí—, en la espiral del Museo Guggenheim de Nueva York, en 1981. Me convenció Martine Franck al fotografiar a una mujer acercándose a un cuadro de Paul Delvaux, en París en 1972, y ver cómo el cuadro parecía acercarse a ella, como si la pintura deseara saltar del marco. Me convenció recientemente David Hurn, al fotografiar en el Museo de Arte Moderno de Suecia a una mujer asomada a un ventanal, contemplando el canal, absorta en la realidad, tan hermosa a veces que parece una obra de arte. Me convenció sobre todo, hace mucho tiempo, Henri Cartier-Bresson, cuando nos mostró cuál era la cara de una campesina, en Moscú en los años 50, al ver por primera vez una exposición de arte.

Pero sobre todo me convencieron los niños, la mirada más pura frente al arte. Esos niños instigadores que pueden llegar a atemorizar a la propia obra, como dejó registrado la cámara de Micha Bar Am en 1989 en el Museo de Arte de Tel Aviv. O como los que fotografió Koudelka en Nueva York, apoyándose unos a otros tomando apuntes, formando sin darse cuenta una obra de arte efímera, pero real. O los que cayeron rendidos por el sueño, en el Museo Hishorn de Washington, frente a la cámara de Leonard Freed, que pasaba por allí. Pero sobre todo, me convenció ese niño que fotografió Martine Franck, en la galería táctil del Louvre, tocando una escultura con la mano. Un niño que, quizás, sea ciego, y que puede ‘ver’ en esa galería. Un niño mirando así de cerca el rostro aterrorizado de la estatua. Un niño sintiendo así de cerca, y sin ningún miedo, sin solemnidad alguna, lo que es el arte.

GREECE. Athens. 1963. The Acropolis Museum.Museo de la Acrópolis, Atenas, 1963 / Foto Elliott Erwitt.

New York City. Guggenheim Museum.Guggenheim Museum, Nueva York, 1981 / Foto: Raymond Depardon.

Martine Franck FRANCE. Paris. Grand Palais. Museum 1972Grand Palais, París, 1972 / Foto: Martine Franck.

07 Tretyakovsky Art Gallery, Moscow, USSR, 1954. cartier bressonMuseo Tretyakovsky, Moscú, 1954 / Foto: Henri Cartier-Bresson.

A sculpture in the Tel Aviv Museum.Museo de Tel Aviv, 1989 / Foto: Micha Bar Am.

USA. New York City. 1993. Children visiting a museum.Nueva York, 1993 / Foto: Josef Koudelka.

USA. Washington D.C. 1996. Hirshorn Art Museum. People napping.Museo Hirshorn, Washington, 1996 / Foto: Leonard Freed.

FRANCE. Paris. 1st arrondissement. Louvre Museum. Tactile gallery. 2007.Museo del Louvre, galería táctil, 2007 / Foto: Martine Franck.

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