El trompetista

Allí estaba, en el pequeño escenario del local donde, con un pianista y un contrabajo, tocaba cada viernes cuando se encontraba en la ciudad.

Llevaba más de tres décadas dando tumbos en locales de segunda por media Europa. Trompeta, alcohol, soledad, tabaco, nostalgia y pocas palabras más eran suficientes para repasar su historia. Y angustia. La que siempre iba con él a todas partes, justo ahí en la boca del estómago. No había dejado de preguntarse de dónde vendría ese desasosiego, ese no sentirse nunca en su lugar. Cuando se encontraba de viaje, en otra ciudad, necesitaba volver pero al día siguiente de su regreso se hallaba fuera de sitio de nuevo. Incluso en los momentos en que la vida le había sonreído, que no habían estado nada mal, cierta sensación de ausencia, de melancolía, le acompañaba.

Dizzy GILLESPIE's trumpet (trumpet, vocals) - USA.Fotografía de Guy Le Querrec, Magnum Photos.

Tras la actuación, tenía el hábito de sentarse en una mesa pequeña a terminar su whisky. Disfrutaba de ese momento, en un rincón, con el bullicio de fondo, como si estuviera ante una gran pantalla de cine donde se proyectaran las peculiares formas de relación humana a la manera de un documental sobre el cortejo del somormujo. Más de una noche se le acercaba alguien y, en ocasiones, en esos encuentros casuales entre dos desconocidos ya de madrugada, envueltos por la música, el alcohol y el tabaco, se traspasaba un umbral invisible en el que la sinceridad se abría paso a bocajarro.

Recordaba conversaciones de todo tipo. Un ilustrador, entusiasmado con su manera de tocar, le propuso crear una historia. Tú compones la música y yo la dibujo. Si lo trabajamos bien y hacemos algo realmente bueno alguien nos lo comprará. Sería algo novedoso, un cómic con banda sonora incorporada. Éxito asegurado. O aquella chica, recién salida de una relación tormentosa, que le explicó intimidades que, según le dijo a la mañana siguiente frente a una taza de café, jamás le había contado a nadie. Eso le había pasado a él una vez. Hacía tiempo ya, pero recordaba perfectamente la cara de la mujer que tenía enfrente, joven, hermosa, enseguida se creó una complicidad palpable, o eso le pareció a él. Hablaron y se miraron en silencio, y aquellos ojos, oscuros, profundos, le animaban a sincerarse. No era una chica más. No sabía hasta qué hora estuvieron allí sentados pero fue a la primera y única persona en su vida que se lo contó. Se sintió extraño escuchando su propia voz, como si no fuera él quien hablaba, desgranando paso a paso, con los ojos humedecidos, la boca seca y la respiración agitada, todo lo sucedido. Le embargó una sensación de liviandad que no reconocía como propia. Caminaron en silencio abrazados hasta su casa. Al despertar con la luz del mediodía estaba solo. Ni siquiera sabía su nombre. Nunca más supo de ella.

En otra ocasión, ante no sé qué pregunta de una pareja aficionada al jazz, que se sentía halagada por estar con el músico de la noche, respondió que la música era su antídoto ante la vida, lo que le permitía soportar con cierta dignidad el amargo desconcierto de estar vivo. Ante la insistencia de ambos, les habló con nostalgia de aquella mítica noche del 18 de febrero de 1983 en Estocolmo. Él había estado allí, en directo, viendo en carne y hueso al mismísimo Chet Baker junto al cuarteto de otro de los grandes, Stan Getz. Acompañados por Jim McNeely al piano, George Mraz al bajo y Victor Lewis a la batería fue un concierto memorable. La mirada perdida y la manera meticulosa en que narraba, buscando cada palabra como si estuviera pronunciando una conferencia ante un gran auditorio, fue creando una suerte de burbuja a la que se iba incorporando gente para revivir con su relato las sensaciones de aquella mágica noche. La frialdad entre los dos músicos en el escenario era evidente, continuó. Nunca se llevaron bien. Jim McNelly, con un peculiar sentido del humor, lo atribuía a una manifiesta incompatibilidad entre adicciones. El trompetista arruinó su vida y su carrera de la mano de la heroína. Mientras que Getz, cuya vida privada se desmoronó a causa del alcohol, mantuvo una reconocida trayectoria artística. A pesar de todo, el público caía rendido ante las intervenciones de Baker, que finalizaban con prolongados y calurosos aplausos, hecho que Getz, probablemente celoso y tocado en su ego, no conseguía entender ya que le consideraba un músico de dudosa calidad.

Desde luego no era Miles Davis pero siempre había conseguido salir adelante gracias a su trompeta. Había tenido algún momento de cierto reconocimiento en el que había ganado cantidades de dinero nada despreciables. Rememoraba, con una sonrisa contenida, la temporada que pasó en Nueva York. Fueron seis meses inolvidables alternando locales en Brooklyn, el Soho y Greenwich Village. Todo un sueño. Incluso llegó a tocar un fin de semana entero en un club de jazz de Harlem. Él, blanco y demacrado, con aspecto de haberse comido la vida y alguna otra sustancia de vez en cuando, allí estaba, en un ambiente de película, lleno de humo y rodeado de mujeres y hombres negros por todas partes; ellos corpulentos y con trajes elegantes, ellas con el pelo liso y embutidas en vestidos de colores. Ésa era la única vez que recordaba no haber tenido prisa por volver.

También había pasado por épocas, en alguna ocasión demasiado prolongadas, en las que no conseguía el número de bolos necesario para llegar a fin de mes. Las amenazas constantes de su casero, así como la necesidad de pasar una mínima pensión a su ex mujer para la manutención de su hijo, le habían abocado a conseguir dinero a través de gente poco recomendable que no entendía de prórrogas ni de mañana te lo doy sin falta.

Salió del local de turno como muchas otras noches. Bien entrada la madrugada y embotado por el alcohol, arrimado a los edificios para protegerse de la llovizna casi no se dio cuenta de nada. Notó un golpe por la espalda y se dio la vuelta. Recostado contra la pared vio a dos hombres vestidos de negro. Escuchó algo así como al jefe no le gustan los retrasos, ya lo sabes. Tras el primer golpe intentó protegerse la cara.

No sabía lo que estaba pasando. Todo iba a doscientos por hora, a mil revoluciones por segundo. Quería moverse, abrir los ojos. Se precipitaba en una espiral angustiosa de la que no conseguía salir. Estaba inmovilizado, como aprisionado por una camisa de fuerza. Le faltaba la respiración, se ahogaba. Al fin, una tos espasmódica acompañada de un dolor punzante le devolvió al mundo.

Hola. ¿Cómo se encuentra, cómo se llama? Está en el hospital, ¿quiere que avisemos a alguien? Tres dientes rotos y la mandíbula y un hombro dislocados. Dos costillas fisuradas y el cuerpo dolorido hasta el último pliegue. Sentía un dolor agudo en la cabeza y los ojos le quemaban hasta el fondo. Una ceja abierta había necesitado seis puntos de sutura y la hinchazón del ojo era tan pronunciada que le impedía la visión.

Tres días, unas cuantas cervezas, una botella de vodka y tres cajetillas de tabaco rubio más tarde, derrumbado, con la mirada fija en el techo de su habitación, decidió que había llegado el momento de quitarse de la circulación una temporada. Tenía un amigo, de los de verdad, hacía mucho que no hablaban pero sabía que eso no importaba. Le llamó, le explicó el qué y al día siguiente tomaba un bus en dirección al pequeño pueblo del interior donde vivía desde hacía unos años. No habían vuelto a verse después de todo aquello.

Le fue a recoger a la parada del autobús. Vaya carita te han dejado, le dijo mientras se saludaban con un fuerte abrazo. Durante la comida se pusieron al día. Hace ya bastante tiempo que estoy instalado aquí, le comentó mientras servía el vino con destreza. Es un lugar agradable y tranquilo y lo suficientemente apartado como para que nadie se interese demasiado por el tipo que llegó a reabrir el bar. A los vecinos parece que les gustó la idea y de hecho ha ayudado a que vuelva a reactivarse un poco el ambiente en el pueblo. No le pido mucho más a la vida, ya me conoces. Durante los tres años, dos meses y trece días que estuve dentro fuiste el único que vino a visitarme. Y eso no se olvida, amigo. Alzó su copa de vino. Por los viejos tiempos, para que no vuelvan nunca. Aquí tienes tu casa. Te puedes quedar todo el tiempo que quieras. Sin problemas. Si necesitas dinero o cualquier cosa dímelo.

Cuando cerraban, ayudaba a la camarera a recoger el bar mientras su amigo, tras la barra, hacía la caja. Un asiduo del local, aficionado al vino, a la escritura y al ron, se quedaba más de una noche con ellos y acababan los cuatro, alrededor de una mesa, disfrutando de un rato de sosiego con un cigarro y una cerveza mientras charlaban pausadamente de lo humano y lo divino. A él le gustaba rememorar con su amigo, el dueño del bar, sus andanzas de juventud. Se habían conocido en Galicia, haciendo la mili, y algunas circunstancias allí vividas habían contribuido a forjar la amistad sólida de camaradas que nunca habían perdido. La muchacha les escuchaba divertida mientras se ponía crema en las manos y el escritor, mirándola directamente, apuraba su enésimo vaso de ron. A veces hablaban de literatura o de poesía o de música. ¿Has tocado alguna vez en Londres?, le preguntó la chica. Nunca he estado en Inglaterra, respondió. Yo espero acabar allí, dijo ella. Delicada y poderosa a la vez, tenía esa manera de mirar orgullosa, casi con desprecio, de tú a tú. La diferencia de edad (cualquiera de los tres podía ser su padre o casi su abuelo) no suponía una barrera en ningún sentido para ella. Al contrario, parecía encantada de ser el centro de atención y de, a pesar de su juventud, manejar la situación a su antojo. En muchas ocasiones se convertía en la protagonista de la conversación al pronunciar, con suma elegancia y sin ningún atisbo de altanería, una poesía, o un párrafo literal de una novela, o una frase de una película hasta hacerlos enmudecer. Llegados a ese punto, se levantaba y con una sonrisa divertida les deseaba las buenas noches. Es todo un personaje esta chica. Sí que lo es. Llegará lejos.

Recordaba en especial una noche muy calurosa, mientras daba largos y refrescantes tragos a una Beck’s, su cerveza favorita. No sabría decir cómo habían llegado a tal punto pero llevaba un buen rato enfrascado en una conversación con el escritor y, como quien explica una confidencia, le estaba diciendo que siempre había vivido convencido, apropiándose de la poesía de Ángel González, de que en contra de lo que se cree comúnmente había que ser muy valiente para vivir con miedo. Que no es siempre el miedo asunto de cobardes. Que para vivir muerto de miedo hace falta, en efecto, muchísimo valor.

Con esa naturalidad propia de la juventud para decir las cosas más profundas, irrumpió la voz de la chica. No es difícil vivir con miedo, afirmó. En realidad, aunque a primera vista parezca una paradoja, es muy cómodo. Nos proporciona la coartada perfecta para seguir ahí instalados, bien calentitos, sin hacer nada. Lo verdaderamente difícil es ser capaces de sobreponernos, de vencer, y saber vivir sin miedo. Saber vivir a favor de y no en contra de. Porque entonces sí que todo depende de uno y eso, tomar las riendas, es lo que asusta. Lo que nos da miedo de verdad, aunque sea de manera inconsciente, es imaginar que llegue el momento que no tendremos a nadie ni a nada a quien echarle la culpa…

Se terminó el verano. Recuperado, al menos físicamente, volvió a la ciudad a intentar empezar una vez más. Pero ya no tenía fuerzas. Ya no podía. Sabía que no era como otras veces. Se trataba de algo distinto, espeso, que impregnaba cada recoveco de su existencia. No había salida a tanto desasosiego y tanta angustia acumulados. Nunca, excepto aquella noche, había sido capaz de hablarlo con nadie, tan hondo llegaba el dolor. Todavía hoy, a sus sesenta y tres primaveras, el sólo hecho de volver la vista atrás cincuenta años y revivir aquellas manos blandas recreándose era suficiente para sentir de nuevo ese nudo que cada vez apretaba más, como un punzón, como un rayo que te parte en dos. Recordaba cómo se hacía el dormido como única alternativa ante lo que sabía inevitable. No había escapatoria posible. Esto, pensaba entonces, debe ser lo más parecido al infierno. Sentía aquellos dedos calientes. Una presión insoportable y dolorosa en el pecho lo mantenía paralizado. La garganta, rígida casi al instante, se le secaba hasta el punto de impedir la respiración. En su ensoñación escuchaba, como de fondo, casi a lo lejos, el deslizar de los botones de la sotana al irse abriendo uno a uno.

Cuántas veces, vencido por la desesperación y el sufrimiento, le parecía que vivir debía ser peor que morir. Aquella noche se perdió en la ciudad, sin rumbo. Le asaltaban fogonazos con imágenes de su vida. La regla de madera en manos del cura que se paseaba entre los pupitres. El éxtasis del atardecer en la playa mientras la observaba con su diminuto bikini blanco. La muerte de un amigo durante el servicio militar a causa de una bala perdida. Al día siguiente en la prensa dijeron que se había suicidado. ¡Mentira! (Todavía guardaba el recorte de El Faro de Vigo con la noticia.) El llanto de su hijo aquel día que llegó tarde a recogerlo a la salida del colegio. El bullicio de la ciudad. Locales llenos de humo. La trompeta. Fotos en la playa. La noche…

La detonación sobresaltó a la portera del edificio. Inmóvil esperó escuchar algún otro sonido que le ayudara a identificar qué había sido ese ruido.

Extrañada, fue ella quien se percató de que hacía ya tres días que no le veía entrar ni salir. ♦︎

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies