El ‘after’ de la democracia

¡Ay, la fiesta de la democracia! Cada uno resiste la resaca como puede, o si me permiten, como le dejan. 

Los encuestólogos la pasan de vacaciones, y los politólogos de guardia ofertan biopsias electorales en dos por uno. Como las compañías aéreas, que de oler la carnaza podre habrían de aprovechar para hacer negocio de los exiliados prematuros, aquellos que ayer tuvieron la desenfrenada pulsión de abandonar la patria “ipso puto facto” (en palabras de Doña Carmen, la de latín). 

Pero tan efímera es la rabia como el furor, y hoy se citan en el centro y en la plaza para confrontar con los seleccionadores de barra. Porque ayer los mercados no invertían, pero esta tarde, esa Villa la metía. Haciendo así, analgésico de la polémica.

El arrebato latino, que algunos todavía llaman pasión, es tan precoz como estéril. Y lo político también se enfrenta en hinchadas. Algunos hooligans se embriagan en tu Facebook, con chanzas a aquellos que osaron conjugar el verbo poder y hoy tan siquiera pueden sonreír. Son los que braman y chillan cuando tú les intentas explicar que te han dado garrafón, cuando se suponía que en esta velada de urnas, todo iba a ser primeras marcas.

Otros se quejan de que ellos no querían salir, pero podía ser el último día que lo hicieran. Y regresaron al garito donde les timaron con las vueltas, y el portero los largó a patadas. Porque España es parroquiana para rezar, para beber y para votar. 

Incluso en esta tierra nuestra, los habrá que se arrepientan de donde la han metido —la papeleta—, y ellas se dirán que cómo pudieron volver con ese. Pero al final la complacencia se impone, y las había peores y menos guapos. 

¡Quién no se ha acordado de ese amigo que nos llevó a la fiesta equivocada! A Susana Díaz la dejaron sola en su casa, al parecer porque podría acudir un indeseable de dadivosas melenas. Tampoco la habían promocionado como debían, y ahora se la tiene jurada a Pedro, que se despertó en medio de la noche porque le habían apagado el despertador en su propia casa. 

Aléjense de aquel que hace de las urnas una venganza a los que votaron con ilusión, y no con miedo. Háganlo también del que quiere borrar del mapa al que votó en pasado, y no en presente. No se acerquen a los que dan el pésame, ni al que da las gracias. Porque todos han ganado y todos han perdido, y en los after uno sabe cuándo entra, pero nunca cuando sale. Al fin y al cabo, las resacas no duran cuatro años.

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