‘Crosseyed Heart’: ¿por qué eres tan bueno, Keith Richards?

Cuando Keith Richards comenzó su carrera en solitario, Sus Satánicas Majestades, tras los fiascos que supusieron Emotional Rescue o Undercover the Night —amén de una década en la que tuvieron que hacer un ejercicio más que interesante de Realpolitik, para no hundirse en ese embravecido y revuelto mar que fue el mercado musical en los ochenta—, se encontraban de vuelta: Steel Wheels significó la vuelta a la primera línea de combate de una banda, cuyas obras maestras, se quedaron en 1978, fecha en la que editaron Some GirlsMick Jagger manejó la banda en los setenta, ante la impasibilidad de un Richards, el cual, debido a sus problemas con la heroína, su tormentosa relación con Anita Pallenberg o, sin ir más lejos, sus problemas con las fuerzas de seguridad y la justicia de muchos países, y de conducta —¿cómo olvidar ese escarceo sexual que tuvo con la mujer del Primer Ministro de Canadá, y que a punto estuvo de desmbocar en un incidente diplomático entre Canadá y Reino Unido?—, se dedicaba, simplemente, a dejarse llevar por las circunstancias.

Keith_Richards_pht_Hedi_SlimaneKeith Richards / Foto: Hedi Slimane.

Los años ochenta, sin embargo, siguieron una tónica distinta: Mick fue el que quiso aventurarse en solitario, y Richards quien quiso involucrarse más en el grupo, del cual estuvo, por los motivos anteriormente referidos, ausente. Sin embargo, una vez superados los ya consuetudinarios conflictos entre vocalista y guitarrista, y los embates que supusieron el citado Steel Wheels y Voodoo Lounge, donde demostraron a toda una generación de nuevos rockeros que veían a los ingleses como fósiles o reliquias de algún museo olvidado, que las reglas del juego las inventaron ellos, pudieron, cada uno, encarar sus carreras en solitario con la solvencia necesaria que proporciona el cómodo colchón de la creatividad. Si bien la carrera en solitario de Jagger siempre fue el apéndice del propio vocalista: viajero, soñador, cosmopolita, con ese complejo de Peter Pan que parece aureolar su figura, la del ceñudo seis cuerdas, era la del conservadurismo y el clasicismo. Y eso, una vez más, lo demuestra en el más que interesante Crosseyed Heart, de 2015.

A la espera de que los Stones decidan meterse a grabar —no duden de que lo harán, como ha confirmado Richards—, el último álbum del londinense será una excelente piedra de toque, al menos, para calibrar el ingenio y la creatividad de éste. Sin duda, tal y como el que ha suscrito el artículo ha podido colegir, tras varias escuchas, este trabajo es el códice musical de un compositor continuista, brillante en sus planteamientos, demoledor en la ejecución y con un feeling que pocos pueden igualar. Siempre fiel a sus viejos discos de Muddy Waters, Buddy Guy y, cómo no, del Rhythm and blues, su tercer álbum recoge a la perfección la propia estructura de pensamiento del guitarrista, tanto en el ámbito personal como en el musical. La referencia a la cicatriz del corazón y a las heridas de éste, ejemplifican la fortaleza y el aplomo que se necesitan para sobrevivir en un mundo de chalanes como el de la música. Todo ello salpimentado con la propia procacidad, visceralidad y elegancia —que la tiene— del guitarrista. Trouble —cuyo vídeo sirvió para aplacar los nervios de la espera del álbum—, arranca y se descubre como un tema que podría entrar en cualquier disco de Sus Satánicas. Con la sencillez como estandarte, Keith pergeña unas guitarras de consabida raigambre blues: bien acopladas y con el poso de la influencia del citado Waters que desembocan en un estribillo sin más aderezos que los necesarios.

Porque, en este álbum, el Stone deja de lado su inabarcable ego, para que sea la música y sus compañeros de grabación quienes compartan, también con él, la miel del éxito. En composiciones como, por ejemplo, Something for Nothing —con esa aleación perfecta entre Blues y Rock and Roll de los cincuenta—, son las voces tenues y sensuales coristas del músico británico y el piano, quienes llevan la batuta. Los guiños, las remembranzas de Leadbelly, el bluesman americano maldito cuyo espíritu, con grandeza, invocó Kurt Cobain, en aquel celestial y magnético ‘desenchufado’ en la ciudad de Nueva York, se deja sentir en Goodnight Irene, predicándose lo mismo de Just A Gift, o Lover’s Plea. Pese a que hayamos nombrado a Keith como un adalid de la máxima ‘menos por menos, es más’, el mérito de Crosseyed Heart no sólo estriba en la enésima demostración de talento y personalidad en el ámbito compositivo, sino en su ojo clínico, también, para escoger las colaboraciones. Con la grácil y elegante Norah Jones crea un retablo musical acogedor como Illusion.

En el tema, una leyenda de la música y una joven promesa hecha realidad, firman una canción perfectamente aterida, sin más pertrecho que el equilibrio resultante entre la desgarrada, profunda y cavernosa voz del británico, y el académico, sensual y púdico, por momentos, de la americana. No sólo hay Blues, Rock o Soul en el álbum. Love Overdue podría ser, perfectamente, la versión mejorada y desvergonzada de So Rude de aquel lejano Dirty Work de 1986, con ese reggae despreocupado, mientras que Heartstopper o Amnesia sí podrían encajar en el Rock moderno sin limitaciones de ningún tipo. La escucha que nos deja este tercer asalto guitarrista de uno de los grandes ‘popes’ del Rock, a grandes rasgos, es el siguiente: sólo envejece quien está dispuesto a no incentivarse día tras día; sólo caduca el músico que olvida que los artistas siempre están en continuo aprendizaje. Y, pese a que su altanería pueda dar a entender lo contrario, antes de impartir lecciones, como hace en este álbum, también fue un alumno despierto y con sed de aprendizaje. Fabuloso disco; como diría un buen amigo mío: “Ojalá lo que graben los Stones, sea igual de bueno que el último de Keef”.

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