Creía que era mejor así

Después de 35 años de matrimonio el señor Ezequiel pensaba que su mujer era un saco. Un saco que gruñía y al que le faltaba pelo si se ponía al trasluz. 

Al principio de su relación, hacía ya tantos años que todo había prescrito, su esposa tenía un deje chulesco y desafiante que le hacia pensar que además de conquistar a una joven algo guapa había ganado una pelea. Eso le gustaba y le hacía desarrollar cierta vanidad discreta. 

Se enamoraron, o al menos eso creyeron, rápido y en lugar de irse de luna de miel se fueron a comprar un sofá, una cama y un mueble para el salón.

FRANCE. Paris. Couple in the Bois de Vincennes. 1972Fotografía de Richard Kalvar, Magnum Photos.

Ezequiel, que todavía no era el señor Ezequiel, tampoco era una hombre que destacara por su belleza. Ni mucho menos por su ingenio o por su buen humor. Era breve de miras y tenía un andar inseguro por la vida, como de pisar un embrague. Además no era un hombre que tuviera autoridad sobre casi nadie, incluido él mismo. 

Ezequiel había ido olvidando a su esposa, a su mujer y a su compañera de piso progresivamente. Y ella nunca supo si a él lo había ido olvidando a ratos o nunca había habido nada para recordar de su vida juntos. 

Ellos pasaban de largo los 60 pero seguían con el mismo plan de siempre: él trabajaba en el taller con la prensa hidráulica, ella iba al mercado y se encargaba de la casa. Espacios vitales diferentes en los que ninguno de los dos entraba.

Los hijos habían recogido sus cosas del hogar familiar hacía años y cada uno era un universo distinto y no confluente en la figura de los padres ni entre ellos. Los nietos eran varias fotos al mes a través del teléfono, nunca en papel. Los cumpleaños resbalaban en el calendario. 

Los últimos cientos de domingos los habían pasado alameda arriba, alameda abajo. Mirando escaparates cambiantes y esquivando mierdas de perro. El silencio del paseo tenía algo de maitines, de claustro y de meditación. Pero sobre todo era una pérdida de tiempo que la costumbre había permitido.

Nunca tuvieron grandes discusiones hasta que muchas pequeñas hicieron una más grande. Los dos querían separarse, divorciarse, alejarse. Eso estaba claro desde las primeras tardes juntos, pero dejaron pasar el tiempo y el tiempo desarrollo la metástasis propia de su especie cuando no se alimenta bien; la famosa e ínclita pereza. 

Pereza por dejar de comer lo deseado, dejar de dormir las mismas horas, pereza de explicar que la vida es otra cosa y las personas tienen sus momentos; esas cosas que durante años pasaban en la televisión que miraban juntos y que producía una nube catódica cargada de pena. 

Nunca se quisieron como la gente que pasa años junta tiene que quererse y dejar de vivir en común ahora tenía más drama logístico que de emoción. Si uno de los dos hubiera muerto tendrían el mismo problema. Quizás más porque no sabrían qué hacer con la supuesta pena. 

El señor Ezequiel sin levantar la voz acordó con su esposa que no estarían juntos nunca más un sábado al llegar del taller. Ella sonrió en falsete y sacó la maleta ya preparada al descansillo. También en el último momento decidieron hablar con los hijos ya el lunes, no fuesen a molestar con tonterías. Ella se marchó a casa de su hermana que estaba a mil pesetas de taxi. Él, ufano, se cambió de ropa para salir a la calle ligero y trotando. 

Libre, feliz, completo, hombre por fin. Así se sentía. Después de tantos años de errores ahora iba a vivir bien. Sin tener que dar cuentas a nadie. Entrar, salir, fumar en el salón, beber un poquito más, no barrer después de desayunar, darse la vuelta en la cama frenéticamente. 

Repitió el discurso del emancipado primero en el bar de siempre a los mismos de siempre que entre envidiosos y burlones, asentían corporativos. ¡Qué tío! A su edad y se pone el mundo por montera. 

Después entró en el taller donde los empleados más jóvenes y con deudas millonarias echaban horas más para no pensar en ellas que por hacerlas más pequeñas. Mismo discurso, mismo asentimiento pero menos camaradería, primero por seguridad laboral, segundo por indiferencia. 

Esa noche cenó de sobras y bebió una copa de vino más de lo habitual, que era más bien poco. 

Durmió sin pensar en ella ni en nada que no fuese levantarse un domingo tan feliz como él quisiera. 

La noche fugaz se apartó para que llegara la mañana templada. Desayunó fuera, faltaría más y por primera vez en años se miró en el espejo de la barra de la cafetería. Ahí estaba él. Todavía con algo de pelo entre gris y marrón. Bolsas en los ojos pero no tanto. Dientes sanos, eso sí. La cara quieta de no usarla aparentaba la edad que tenía. Aún así estaba confiado. Pensó la palabra y la repitió despacio. Primero en silencio y después a través de los labios semi nuevos. CONFIANZA. 

Pagó y salió a la vida. Paseó por el barrio, cruzó aceras, saludó a gente. Contó de nuevo cómo había llegado a la libertad a todas las caras receptivas, como si en lugar de llevar un historia llevara una ramita de romero. 

Comió fuera, faltaría más. Y de carta, faltaría más. Durmió la siesta a medio sol y por la tarde se cambió de ropa. Algo inédito en su vida eso de cambiarse de ropa dos veces en un día. 

Echo a andar por el barrio y sintiéndose un forajido dejó atrás las calles conocidas para entrar en las menos frecuentes. Al rato y ya un poco cansado, no sabía si por caminar tanto o por no saber por dónde andaba, regresó a zona conocida.

Por primera vez pensó que no había pensado en ella desde que se marchó cuando a lo lejos la vio caminar por la alameda, tranquila y sin prisa. Iba sola pero dejaba un poco de espacio al cruzarse con la gente, como si caminara al lado de alguien invisible. 

Ambos iban a encontrarse de frente, a chocar como dos trenes por la misma vía. Los años habían construido un surco por el que deslizarse como el tranvía patina en las ciudades. Ella había cogido el surco por la puerta sur de la alameda. Él por la norte. Pero era el mismo surco que sus pies habían arado desde que tenían memoria. 

Cuando ella le vio apenas controló un mohín más de certeza que de sorpresa. Él se detuvo, hasta que ella llego a su altura para dar media vuelta y ocupar, ahora de manera real, el hueco que ella durante el paseo custodiaba. 

Llegaron a casa, que ya iba refrescando y cenaron mirando la tele. 

Después se marcharon a la cama y ya sin poder darse la vuelta frenéticamente durmieron otra vez sin decirse buenas noches. ♦︎ 

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