Cine migrante (I): frontera La Tierra

¿Quién no nos dice que, en un futuro, cuando la humanidad esté preparada para vivir fuera de la Tierra, sólo podrán hacerlo quienes se lo puedan permitir? ¿Cómo será la vida de los otros allí? Somos conscientes del establecimiento automático de personas con distinto rasero: la vara de medir nunca fue equilibrada. Sirvió para eso, para medir, nada más. Para establecer diferencias entre iguales.

ElyseumElysium (2013) / Imagen: Columbia Pictures/Media Rights Capital/QED International/Sony Pictures Entertainment (SPE).

Y cuando los otros se lleven consigo todas sus riquezas, comodidades, estilo de vida, nosotros querremos ser como ellos. La gente que vive mal o vive con poco suele intentar pensar en vivir como quien lo tiene todo en la vida: la tranquilidad de saber que no va a pasar calamidades a causa de unas limitaciones que no existen. Por eso mucha gente gusta de ver en la tele vidas que no representan la suya. Escapan de la realidad que creen irremplazable o imposible de cambiar. Cruzan la frontera de la pantalla y se sientan (verbo sentir) como estrellas durante un periodo corto de tiempo.

En Elysium las estrellas no son los famosos. La estrella es, en sí misma, la que se puede ver desde el cielo. Esa plataforma espacial a la que millones de personas miran a miles de kilómetros de distancia. A la que quieren llegar con la esperanza de comenzar una nueva vida o solamente conseguir curar enfermedades terrenales que en Elysium tardan minutos en curarse.

El destino que siempre ha movido a una persona a migrar ha sido mejorar su vida. Nadie comienza un periplo hacia lo desconocido sin conocer que puede ir a mejor. En 2159 la Tierra se muere: los niveles de contaminación han llegado a tal punto que suponen una de las principales razones por las que la salud mundial está tan perjudicada; sumado a ello, el hacinamiento en las grandes urbes es tal que las enfermedades crónicas pueden, de una manera muy sencilla, convertirse en epidemias; el sistema sanitario está colapsado y guardan cama los pacientes que no están mal sino peor. Los cánceres, que en Elysium no existen, en la Tierra se multiplican.

Se estima que para 2040 superarán los doscientos millones las personas forzadas a migrar sólo por causas ambientales. En un Los Ángeles al borde del colapso y repleto de una profética población hispana, las columnas de humo negro se alzan entre las viviendas.

En los suburbios de éstas, escondido a los ojos de tanta miseria, se encuentra Spider, quien vive de traficar con personas que quieren hacer el viaje de la muerte a Elysium. Vivir fuera de la Tierra no conlleva un aislamiento absoluto: mientras haya personas que estén dispuestas a ir, habrá alguien dispuesto a llevarlas y enriquecerse. El personaje de Spider crea una contradicción en sí misma: de un lado, hace negocio a costa de las personas, y del otro, su gran anhelo es que todo cambie.

Miras a ese objeto que se sostiene en el cielo día y noche. Te cuentan historias sobre él: que si allí la gente respira aire limpio, vive bien, hay un clima agradable todo el año y las niñas y los niños tienen parques donde jugar. Te lo cuentan y tú miras allí. ¿Cuándo podremos ir? Alzas la mano y parece que puedes cogerlo, pero Elysium se escapa y parece recordarte que tú estás aquí y ellos allí.

Las decisiones sobre seguridad (seguridad y migración, un matrimonio pactado) dependen de una política francesa de apellido Delacourt al más puro estilo Marine Le Pen. Convencida de su causa, utiliza el argot del miedo al extraño para endurecer sus medidas.

Hablamos de un lugar como tantos otros dentro de la Tierra: que es de todos pero que disfruta sólo una clase privilegiada. Ser ciudadano de Elysium te da todos los derechos imaginables y una calidad de vida nunca conocida en el planeta con el que se despiertan y se duermen. Los ciudadanos de Elysium no trabajan en Elysium: tienen sus negocios en la Tierra donde, cómo no, trabajamos otros en condiciones precarias, lo que no nos hace libres pero sí liberalizados. Sólo somos cifras que no representan nada más que rentabilidad o pérdida de dinero. Y así la cadena de mando lleva a subordinados impertinentes a mandar a trabajadores que algún día podríamos sustituirles. Es la lucha entre los últimos y los penúltimos, me dijeron una vez.

Ninguna persona es ilegal en Elysium. Todas somos ilegales si provenimos de la Tierra.

El niño que miraba esa estrella engañosa creció y se dio cuenta de que la vida se pierde en cualquier momento. Como hizo él, llegó a un callejón sin salida del que supo que había una única manera de salir: intentando llegar hasta allí. Otros lo intentaron; muchos llegaron, muchísimos murieron en el camino. Y quienes llegaron incluso no pudieron quedarse. Les deportaron. Las clases ya están establecidas y nadie que venga de abajo va a llegar para cambiar nada de lo de arriba. Una vez nos dijeron que teníamos derecho a vivir y luego le añadieron que a vivir una vida digna. Después empezamos a preguntarnos si la manera de vivir a la que podíamos aspirar era digna. Por último, nos fuimos a buscar la dignidad a otra parte.

Si la dignidad ya la tienen quienes tienen todo, ¿qué nos queda a nosotros? Luchar y morir. Luchar todos los días para creer que llegaremos a alcanzar algo que nos presentan como posible y nunca conseguimos acariciar.

Elysium existe, solo que no hace falta mirar al cielo para buscarla. Nunca la ciencia ficción tuvo un mensaje tan real.

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