Breve galería del crimen en la música antigua

El escritor británico Thomas de Quincey planteó en 1827 el llegar a considerar el asesinato como una de las bellas artes. Lo cierto es que no pocas figuras que han destacado en la historia por su creatividad y sensibilidad artística se han visto implicadas en casos de asesinato. Y no hablamos de la actividad guerrera del mundo que en toda época ha implicado en batallas por igual a todo tipo de artistas, convirtiéndolos en asesinos institucionales por una determinada causa o patria. El tema es centrar la atención en aquellos crímenes individuales llevados a cabo por intereses o pasiones.

La historia de la música también ha conocido numerosos crímenes, algunos sin resolver y otros en cambio muy claros en sus motivos y responsables. En el texto siguiente presentaremos a algunos criminales que fueron relevantes compositores dentro de la música renacentista y barroca y hasta a uno medieval. Son los asesinos de la música antigua.

Empezaremos con el más antiguo, Bernart de Ventadorn, que para ser justos no mató a nadie. “Bien empezamos —pensará el lector— si ya desde el principio hace trampa vendiendo crímenes donde no los hay”. Cierto, no obstante, a veces las consecuencias de la conducta de alguien pueden ser nefastas para otra persona, causando infinito dolor o una muerte en vida, como es este caso.

Bernard de Ventadour códiceBernart de Ventadorn.

Ventadorn, junto con Beltran de Born, marca la cumbre de la canción provenzal trovadoresca en la Francia del siglo XII. De origen humilde, todo indica que nació en el castillo de Ventadorn (Limousin) entre 1130 y 1140 y que fue el hijo de uno de los servidores de menor categoría: el criado encargado de encender el horno en el que se cocía el pan. La gracia natural del joven Bernart atrajo la atención y el favor del señor del castillo, el vizconde Ebles de Ventadorn, que le honró con su amistad y le proporcionó unos estudios. Pero el señor, que había enviudado contrajo segundas nupcias con Inés de Montluzó, una bella joven de dieciocho años a la que el propio Ventadorn describe en sus versos como “más bella que rosa en capullo y más blanca que nieve de noche de Navidad”. Y no se le ocurrió otra cosa al infeliz vizconde que destinar a Bernart al servicio personal de su nueva esposa en un acto de irresponsabilidad supina, dado que a pesar de los esfuerzos por evitarlo, el uno por la lealtad que impone el vasallaje y la otra por la fidelidad conyugal debida, no tardaron en enamorarse perdidamente. Al descubrirse el adulterio, Inés fue encerrada primero en sus habitaciones y posteriormente hasta el fin de sus días en una torre del castillo habilitada como prisión, que tenía el sobrecogedor nombre de “Torre maldita”. Ventadorn se libró del castigo y huyó, pero queda en su conciencia la muerte en vida de su amada.

Para el que se haya sentido estafado por el ejemplo anterior, aviso que ahora trataremos de un grupo de músicos que en su día fueron sospechosos de asesinato, aunque no se pudo concluir su culpabilidad. Curiosamente todos ellos estuvieron relacionados con las muertes de rivales en el campo de la música.

Empecemos el capítulo de sospechosos con Massimo Troiano del que poco se sabe de su vida, aunque presumiblemente nació en Nápoles. Estuvo trabajando en la corte de Baviera bajo la dirección musical del gran Orlando di Lasso para la casa Wittelsbach y su pista se interrumpe bruscamente en 1570 cuando es acusado de asesinar a otro compositor, el genovés Johann Baptista Romano, y desaparece de Munich. Aunque se ordenó su busca y captura, jamás se volvió a saber de él, aunque aparece en los anales en Roma un año más tarde otro músico apellidado Troiano, pero que responde al nombre de Giovanni. No sabemos si sería el mismo.

Seguimos la cuenta de posibles asesinos con Alfonso Ferrabosco, al que la historia llama “el mayor” para diferenciarle de la estirpe de músicos que él mismo inició. Se trata de un boloñés que llevó el madrigal y la influencia musical italiana hasta la corte de Isabel I de Inglaterra y que recibió el favor real hasta que en 1567 es acusado de asesinar a un músico extranjero. Recuperó su buen nombre ante la corona y las prebendas que recibía de ella dos años más tarde y permaneció en las islas británicas hasta 1578, año en que parte para Italia abandonando a sus hijos en manos de otro músico de la corte. La versión más novelesca de su vida nos cuenta que fue espía de la reina Isabel entre 1562 y 1567, en una época de abierta tensión entre la iglesia de Inglaterra y el papado, lo que justificaría los numerosos viajes que realizó al continente y, en concreto, a su nativa Italia.

Alfonso FerraboscoAlfonso Ferrabosco.

Y llegamos al tercer sospechoso, también de origen italiano aunque la historia le recuerda como una de las cumbres del barroco francés, Jean-Baptiste Lully. Junto con el dramaturgo Molière, su amigo personal, trabajó para Luis XIV, el Rey Sol, gran apasionado de la música, de la escena y de la danza. Contaba con tal favor real que hasta se podía permitir impertinencias con el monarca, como la que cuentan que hizo en el estreno de Armide en Versalles. El comienzo de la obra llevaba cierto retraso y el oficial de la guardia fue a advertir a Lully de que el rey estaba esperando. El músico, con no poca sorna, respondió “el rey es aquí el señor y nadie tiene derecho a impedirle esperar lo que él quiera esperar”. El caso es que Lully, gracias a su buen ascendente en la corte, fue elegido para dirigir la Académie Royale de Musique, fundada en 1669 por Pierre Perrin que había contado para llevar a cabo el proyecto con el compositor Robert Cambert. Cambert fue el rival directo de Lully como gran figura de la ópera francesa y partió furioso para Londres cuando conoció la decisión real, considerándose insultado, y en dicha ciudad murió en 1677, oficialmente por suicidio, pero otra tesis señala que fue envenenado por sus sirvientes y hay quien acusa a Lully de estar detrás del crimen.

Grabado de Jean-Louis Roullet, LULLYJean-Baptiste Lully.

Entramos de lleno ahora en el epígrafe de los culpables de asesinato sin duda alguna, los que mataron a sangre fría, y curiosamente, los tres ejemplos que presentamos comparten el mismo móvil: el adulterio.

En primer lugar nos trasladamos hasta la Italia de finales del siglo XV para conocer a Bartolomeo Tromboncino, un popular compositor de frottole, género musical emparentado con el madrigal, pero con textos frecuentemente más ordinarios, plagados de escenas humorísticas basadas en la exageración y la vulgaridad, y con no pocas alusiones al sexo. Tromboncino trabajaba para poderosos mecenas como Isabella d’Este y la archiconocida Lucrecia Borgia. En 1499 pilló a su mujer en pleno acto de adulterio y la asesinó, dejando escapar vivo al amante (como veremos más adelante otros no tuvieron tanta suerte). Parece ser que su influyente amiga Isabella d’Este intercedió ante las autoridades de Mantua para librarle del merecido castigo.

Nuestro siguiente criminal es Alfonso Fontanelli, un nombre que suena en la etapa de transición de la música italiana del Renacimiento al Barroco, pero que también destacó en su momento dentro de la diplomacia al servicio de la Casa de Este. Como músico trabajó al servicio de Alfonso II d´Este y sus numerosos viajes por distintas ciudades de Italia le permitieron conocer a lo más granado del panorama musical de la época. Enviudó en 1591 y contrajo segundas nupcias con María Biancoli. En 1601 al volver de un viaje descubre que María le es infiel y mata a su amante, perdonándole a ella la vida. Como castigo, que no parece excesivamente duro, es expulsado de Modena y desposeído de sus tierras, refugiándose en Roma, en la casa del cardenal Alessandro d’Este, hermano de Alfonso.

Acabamos este escrito con el verdadero genio del mal de la música antigua: Carlo Gesualdo. Hay que decir que Gesualdo, príncipe de Venosa, ha pasado a la historia principalmente por su perfil de asesino y por su psique atormentada, que siempre ha despertado el interés de numerosos psicólogos y psiquiatras, y solamente cuando su obra es reivindicada por el mismísimo Stravinsky en el siglo XX empieza a juzgársele como un notable compositor.

Carlo GesualdoCarlo Gesualdo.

Como carnicero Gesualdo tiene en su haber el haber masacrado en 1590 a su primera mujer, María de Ávalos, al amante de ésta, Fabrizio Carafa, y a su hijo, cuya paternidad ponía en duda. Parece ser que, consciente del adulterio, planificó el asesinato en detalle procurando sorprender in fraganti a los amantes, y tras matarlos descuartizó los cadáveres. No fue un acto llevado a cabo con la ofuscación del momento. La legislación de la época tolerante con los delitos cometidos en nombre del honor, su posición social y el hecho de que el cardenal Carlos Borromeo era su tío abuelo, le hicieron salir indemne del sangriento episodio, aunque recibió una leve reprimenda pública por parte del papa a través de un edicto.

Carlo Gesualdo componía sus madrigales en torno a textos hiperbreves, casi sentencias o aforismos. Son letras de marcado espíritu masoquista que enfrentan el amor, el dolor y la muerte, y que incurren en un tenebrismo reflejo de la mente del noble músico. De todos los asesinos que hemos traído aquí, es sin duda el que presenta un mayor perfil criminal, un verdadero psicópata de libro.

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