Antonio Aparicio, el necesario rescate de un poeta desterrado

Si el siglo XX llevara el nombre de algunos lugares como símbolo o penitencia, España sería uno de ellos. Pocos países han tenido una historia tan intensa en el siglo de todos los horrores. Tal vez por eso, por esa intensidad con que la vida y la muerte se han disputado en España su dominio sobre todas las cosas del mundo, el amor, la amistad, el arte, la libertad, fue que en España creció la poesía sin contención. Mucho se habla de viejas épocas doradas de las letras españolas, pero ninguna como la del siglo XX. Las generaciones pobladas de talento que forman la cronología de la literatura española de los últimos cien años son un fenómeno incomparable, único en todo el mundo y en todos los tiempos. Entre tantos nombres, padres de tantos versos magníficos, puede resultar normal que algunos, muchos, demasiados, caigan en el olvido. Los motivos no son siempre —no suelen ser— meros descuidos, consecuencias de eclipses y saturaciones, sino fruto de más oscuras pretensiones, generalmente por causas políticas. De entre tantos nombres olvidados, uno de los que más injustamente lo ha sido es el de Antonio Aparicio, poeta sevillano, amigo y hermano espiritual y político de Miguel Hérnandez, exiliado, desterrado.

Arroyo_Hernández_Aparicio_CVCJuan Arroyo, Miguel Hernández y Antonio Aparicio, 1937 / Foto: Centro Virtual Cervantes.

Antonio Aparicio, nacido en Sevilla el 30 de junio de 1916, perteneció a la Generación del 36, “por fechas, amistades y vínculos literarios […] aunque su nombre figure en olvido en dos de las más populares antologías de dicho grupo” —tal y como dice José María Barrera en el prólogo al excelente, por urgentemente necesario, Corazón sin descanso (Poesía reunida), edición dirigida por él mismo y por la hija del poeta, Sol Aparicio, publicado en 2004—. El libro reune los poemas de los títulos publicados en vida de Antonio, como anticipo de la igual de necesaria y urgente edición de sus Obras Completas, que reúna la inmensa cantidad de poesías publicadas a lo largo de las décadas en revistas y periódicos de todo el mundo.

Poco más que adolescente, Aparicio frecuentó la Universidad Popular de Sevilla, donde se ubica la primera noticia en fecha de su actividad poética, el 11 de agosto de 1934, con 18 años recién cumplidos, participa en un recital de poesía, junto a su amigo Joaquín Vázquez, en el que leen algunos de sus poemas. El primero que leerá Antonio será Romance de Fermín Galán. De aquella época data también su inicio como periodista, en El Liberal, de Sevilla, donde firma una veintena de artículos a lo largo de casi dos años, abordando diversas temáticas, desde la vida cotidiana y las costumbres a la crítica cultural. En esos años universitarios, últimos en la capital andaluza, publica en numerosas revistas de poesía, y ofrece conferencias sobre literatura. 

Viaja a Madrid el 19 de marzo de 1936, la última primavera antes de la guerra. Cuando ésta estalla, no duda: se alista, con su amigo Miguel Hernández, en el Quinto Regimiento. Ambos dos serán los comisarios de Cultura de la Brigada de El Campesino. Se encarga de las Guerrillas del Teatro, funciones de urgencia en el mismo frente. Junto a obras de Chejov, Calderón o Alberti, una pieza suya, Los miedosos valientes, se convierte en éxito de representación popular. Ejemplo de poeta-soldado, el 12 de febrero de 1937, en los primeros momentos de la Batalla del Jarama, Aparicio es herido de un balazo en el cuello. No será suficiente para apartarle de la vida, ni de la guerra. Se recuperará y sus poemas llenarán las páginas de las revistas y periódicos republicanos, las de El Sol, Mundo Obrero, Al Ataque, El Mono Azul u Hora de España. Su primer libro de poesía fue publicado en 1938, editado, según sus propias palabras: “por obra y gracia de Rafael Alberti, que arrancándome los poemas los puso en manos del editor. . Bajo el título de Elegía a la muerte de Federico García Lorca”. 

Al finalizar la guerra se refugió en la Embajada de Chile, donde pasó año y medio de asilo, hasta que pudo salir del país. En un Madrid ya vencido, junto a los poetas Santiago Ontañón, Antonio de Lezama, Edmundo Barbero, José Campos y Pablo de la Fuente, en aquel parapeto diplomático en el número 26 de la calle del Prado de Madrid, fundan la primera revista del exilio republicano, aún sin haber salido geográficamente del país, pero ya lejos. Al pequeño grupo que forman lo llaman Noctambulandia, y a su revista la llamarán Luna. Después de Chile vendrán en su diáspora del resto de una vida larga, Argentina, Uruguay, Brasil, Londres, y finalmente Caracas.

En 1964, acosado por la nostalgia, regresó a su ciudad natal, Sevilla. No podrá estar demasiado, acosado por la policía franquista, habrá de volver a la ciudad que le verá morir —treinta y cinco años después, en 2000—, Caracas. Tras el fin del franquismo, el poeta visitaba Sevilla una vez al año, por primavera. No dejó nunca de buscar su ciudad perdida: “¿Yo te perdí y me perdí al perderte, / ¿o me perdiste tú, al olvidarme? / Nunca pude aprender a no tenerte”. 

Los temas de Aparicio son el amor y la muerte, y el destierro, la nostalgia. Posee la fuerza poética de los grandes, la de sus amigos y compañeros del alma, Hernández o Luís Cernuda. Es una suerte de mezcla de ambos. Un poeta que reunió en su experiencia y trasladó en su poesía elementos que hicieron célebres al alicantino y a su ‘hermano mayor’ sevillano. La fuerza en la elegía de Aparicio hace llorar la tinta pesada cuando escribe los lamentos rabiosos por Pablo de la Torriente Brau: “Contemplando tu muerte, te he visto ensimismado / y fundido con ella en un abrazo fuerte / te vas, pero te quedas y sigues a mi lado”; o por Miguel Hérnandez: “No cesará tu rayo que no cesa / no callarán tu voz, tu melodía / de temblorosa flauta ensangrentada. / No podrá destruirte la pavesa, / no podrá enmudecerte la agonía, / no podrán contra ti nadie ni nada. / Espéranos, espera, / yaciente prisionero, camarada, / muerto tu corazón aún tiene cera / para cantar la nueva primavera”; o por Federico García Lorca: “El llanto ha de nacer hasta en la roca / para dejar la tierra humedecida / y llegar a la hierba que te toca”.

Aparicio reunió, a lo largo de treinta y cinco años, después de la publicación de Elegía, en 1938, cinco libros, el breve Domador de la Aurora (1963, nueve poemas en homenaje a Pablo Picasso), y los volúmenes Fábula del pez y la estrella (1946), La Niña de Plata (1955), Ardiendo en Ira (poemas de 1964 en adelante, no publicados hasta 1977, por motivos políticos) y Gloria y memoria del arte de torear (1981). La obra en prosa de Antonio Aparicio no desmerece, ni mucho menos, su hacer en verso. A los textos de sus muchas conferencias y artículos sobre temas culturales —especialmente sobre pintura— y políticos —durante los años 50 y 60 mantuvo ritmos de columna diaria—, se suma el ensayo Cuando Europa moría o doce años de terror nazi (1946), así como El rayo que no cesa (1953, sobre Miguel Hernández), y La imagen de España en la literatura rusa (1947).

Antonio Aparicio no fue solo uno de los imprescindibles —de acuerdo a la famosa definición que dejó en verso Bertolt Brecht—, sino uno de los imprescindibles que fue garante de que otros iguales a él fueran reconocidos como tales. Su figura debería ser doblemente reconocida. Pero no es así. Es triste que no se le recuerde a él como a algunos de sus compañeros, de guerra y de letras, del alma. Sin duda, sería lo justo, ya pasó muchos años en el exilio.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies