Algo huele a podrido, apesta

En diciembre los candidatos a la presidencia no dejaron de hablar de Dinamarca, y no por parafrasear a Hamlet. En junio, Dinamarca no ha estado tan presente, pero los motivos para acordarse de la frase shakesperiana se han demostrado más latentes que nunca. La última semana de la campaña electoral del 26J ha estado cargada de ejemplos para decir que “algo huele a podrido”.

Han sido días prolijos en temas de la máxima relevancia, hechos presentes y noticias sobre hechos pasados. El referéndum en el Reino Unido para decidir su permanencia o salida de la Unión Europea, que dio un resultado a favor de la salida, el famoso Brexit, ha sacudido la opinión pública con la fuerza que lo hacen todos los temas servidos con una sobredosis de simplificación, de tergiversación, y con afán de generar confusión y miedo. La Unión Europea, proyecto político de los grandes monopolios empresariales del viejo continente se ha llevado un serio revés con la salida del Reino Unido, una situación no tan inesperada, por mucho que se diga desde Bruselas, donde saben mejor que en ningún lugar que el sistema no da marcha atrás en sus dinámicas de competencia y centralización de capital, y que opciones como el Brexit son perfectamente normales según la lógica capitalista. Lo llamativo en el caso del Brexit ha sido el tratamiento de indisimulado sesgo ideológico y político con el que los grandes medios españoles han tratado el caso, cerrando filas en favor de la permanencia y tratando de explicar el resultado en la patria de Shakespeare con un furibundo clasismo elitista. La grotesca simplificación del triunfo del Brexit mediante la demonización de la clase obrera ha sido infame, considerando que el motivo movilizador del no a la UE ha sido el racismo y la xenofobia, cuando no la falta de madurez intelectual de esas masas votantes. Simplificar que el Brexit es culpa de obreros y viejos incultos, rurales, brutos sin estudios, casi analfabetos funcionales que tienden al racismo, es de una infamia clasista brutal, y además, es mentira. Tal vez se debería considerar que la propia Unión Europea y sus políticas de reconversión y recortes sociales y laborales hayan tenido algo que ver. 

En España, mientras el Reino Unido le daba el bye bye a la UE y los telediarios conectaban en directo con sus atribulados corresponsales en ‘la City’, el diario Público desvelaba la grabación de una conversación de 2014 entre el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz y el director de la Oficina Antifraude de Cataluña, Daniel de Alfonso, en la que el ministro conspiraba para tratar de obtener datos que sirvieran como material de escándalo público contra dirigentes de ERC y Convergència. El verdadero escándalo, finalmente, ha sido éste. El ministro, que quizás en cualquier otro país habría ya dimitido o sido cesado, siguen en funciones. Por si fuera poco, tres días después de publicada la noticia, la Policía Judicial, sin orden de ningún juez, se presentó en la redacción de Público, con intención de requisar los audios de la primicia. El diario, consecuentemente, se negó a entregarlos. Un ministro conspirando contra adversarios políticos y la policía entrando en la sede de un periódico sin orden judicial deben ser comportamientos de eso que llaman el Estado de Derecho.

Las dos grandes noticias de la semana, una nacional y otra internacional, han sacudido los días últimos de la más irritante de las campañas electorales que se hayan visto jamás en España. Nunca antes la cosmética, el marketing, se constituyó como el factor fundamental en la contienda electoral. El debate político ha estado ausente, no apareció ni como farsa. Tal vez porque las diferencias entre los contendientes sean tan sutiles que la única manera de ganar votos sea por la facilidad en simular una sonrisa ‘honesta’. La falta de respeto a la inteligencia del votante potencial ha sido la tónica dominante.

Mientras tanto, en esta Dinamarca española, agitada por el Brexit, por las conspiraciones de un ministro con un ángel de la guarda, y por una campaña para dummies, ha habido otra noticia que ha pasado insensible por los medios, la de los cuatro mineros que se encerraron a 250 metros de profundidad, en el Pozo Aurelio, en León, el pasado 14 de junio, para exigir una solución que asegure, al menos hasta 2018, los puestos de trabajo y el futuro de toda una comarca. No se habla de ellos. Tal vez porque sean lo más parecido a alguien haciendo política realmente honesta. Tal vez porque sean obreros. Tal vez porque están luchando, y jugándose la vida. Tal vez porque ponen en evidencia que sí, que algo huele a podrido en este país, que apesta.

26 de junio, 2016.

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