Valparaíso

Manuel era de esos hombres de mirada pétrea y pensamientos difusos, como la bruma que desdibuja los márgenes de un río en la mañana. Acostumbraba a perderse en la línea imposible del horizonte, casi esperando un instante que nunca llegaba: ése en que el cielo se resquebraja y él observa los pedazos disolverse en la amorfa negrura del mar. Me relató ese sueño la primera vez que nos vimos. Dijo que lo asaltaba desde hacía meses, cada pocas noches. Cuando parecía que por fin el recuerdo del cielo agrietado se diluía en los recodos de su memoria, la oscuridad volvía a evocarlo en un enorme lienzo en algún punto de su mente. Alguna vez creí atisbar una furtiva burla. Una brevísima contracción de los músculos de su rostro que se esfumaba de la misma manera imperceptible en que llegaba. Aquellas conversaciones siempre comenzaban con una sentencia declamada con ademanes histriónicos, tras la que aguardaba unos segundos en silencio, dándonos tiempo a asimilar sus palabras antes de continuar. Entonces se erguía en su asiento y, a una señal, las cervezas fluían como una corriente imparable e interminable fustigando lengua e ingenio a la par.

CHILE. Valparaiso. Harbour. 1963.Valparaíso, fotografía de Sergio Larrain/Magnum Photos.

Recuerdo ahora sus gélidos ojos azules, de una claridad tan extrema que pareciese que el cielo de enero se duplicara ante mí. Inmóviles, clavándose en la pupila. Escudriñando memoria y alma. Aquella primera noche aún no llevaba el diminuto aro metálico colgando, con vana intención decorativa, de su lóbulo izquierdo. En cambio, sí había comenzado a perfilarse aquellas vastas patillas más semejantes a las de domador de circo que a las de pretendida estrella del rock. Me atrevería a jurar que sus arrugas eran marcas de nacimiento, como si desde niño le hubiesen conferido una extraña madurez. Ni siquiera hoy, cuando compruebo, alarmado por la velocidad con que caen las hojas de los árboles y del calendario, que ya han pasado ocho meses desde que nos viéramos por última vez, me creo seguro de haber conocido a quien consideré mi mejor amigo. Sería arrogante hallar la certeza de que hubo contrapartida, que para él también yo fui, ya no el mejor, sino un amigo. Manuel nunca lo habría consentido. “Los amigos son amarres a puertos felices”, repetía mientras hacía girar el océano contenido de su vaso, “y ya sabes lo que canta Sabina: al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. 

Siempre supe que un profundo dolor lo atenazaba, pero no ha sido hasta hoy que lo he comprendido. Todas esas palabras que se deshacían en el oxígeno tabacoso de los antros que solíamos frecuentar, las noches interminables impregnadas del granulado y gastado asfalto de Madrid, donde se reflejan en hileras soles de madrugada que no alumbran los anhelos de aquellos que buscan esperanza en su fulgor; todo aquello tiene hoy nombre de mujer. Leí en alguna parte que cuando es invierno en el Mar del Norte es verano en Valparaíso. Quizá fue la misma ansiedad que yo reprimí entonces la que empujó a Manuel a embarcarse en aquella travesía hacia el otro lado del mundo. Aquella aventura en que se dejó el corazón y los sueños en busca del lugar que le tendría reservado el destino. La ciudad chilena se convirtió así en su obsesión. Y fue allí, caminando desorientado por Playa Ancha, donde conoció a la muchacha cuyo nombre figura en el remite del sobre abierto aquí al lado.

A menudo trato de recomponer su expresión justo antes de partir: la nostalgia futura, el decidido olvido. Cualquier otro se mostraría inquieto, añorante ya de la tierra que pisa aun antes de dejarla. Malgasté las semanas previas a su marcha cavilando sinsentidos que explicaran los motivos para abandonar todo aquello cuanto conocía. A la gente que lo quería y a la que, supongo, él también. Se enroló en un carguero en Oporto que lo llevaría hasta Panamá, y después en otro que, tras cruzar el canal, bordearía las costas del Pacífico Sur hasta Valparaíso, antes de continuar en dirección a la Tierra de Fuego. Muy pocos estuvimos presentes el día, uno de los primeros del invierno, en que zarpó, y ninguno, ni él ni nosotros, volvió la vista cuando la mole de óxido puso en marcha sus motores. El camino de regreso a Madrid fue silencioso, una omertá autoimpuesta bajo cuyo imperio cada uno nos atormentábamos reproduciendo las únicas palabras que Manuel había pronunciado durante la cena de la noche anterior. “No voy a deciros adiós mañana”, casi había musitado moviendo en círculos, como acostumbraba, una cerveza que desprendía irregulares anillos de espuma en las paredes de la jarra, “pero estad seguros de que no escribiré ni llamaré, y mucho menos os visitaré”. En lo que asumimos era lo más cercano a una despedida no había enfado o reproche alguno, tan sólo la convicción de que así habría de ser. Circunspectos, asentimos despacio.

Madrid agonizaba bajo densos nubarrones que hacían presagiar el fin del mundo cuando nuestro coche se internó en el paisaje de calles, bocinazos y luces deformadas por la lluvia que el limpiaparabrisas se afanaba sin éxito en aclarar. Cuán distintas, pensé, serían de esta masa oscura adherida como un tumor al cauce deshecho de un río las laderas coloridas de ave tropical por las que Valparaíso parecía resbalarse hacia el mar. Mi piso me esperaba solo, deshabitado como por siglos. Sin encender la luz contemplé las líneas que perfilaban vagamente los contornos de mi hogar, y por primera vez me sentí extraño. Los meses se sucedieron desde entonces, como esas secuencias de transición en las películas: mañana, tarde, noche y vuelta al inicio. Todos perdimos la noción del tiempo y, con nuestro nexo en las antípodas, poco a poco nos fuimos distanciando.

No me atrevo a precisar cuántos años habían ido marcando mi rostro con incipientes arrugas cuando una mañana de sábado me descubrí solo ante una taza de café y un periódico que se me antojó eterno. Lo dejé sobre la mesa y cerré los ojos para relajarme con el apacible calor del sol primaveral. Llevaba algún tiempo pensando en dejar Madrid y por fin me había decidido a hacerlo después del verano. Todavía no tenía destino pero restaban varios meses para pensarlo. El chirrido de una silla arrastrada trajo consigo lo que sin saberlo sería la prolongación de mi estancia en la ciudad. Ahora los árboles tiritan afuera y las noches comen peones a los días. Entonces el tablero parecía sólo blanco. Aquella mañana Manuel se sentó frente a mí y me dijo que estaba muerto. Por alguna razón la añoranza que había sentido al desconocer su destino y suerte se había esfumado de repente. Con hermética expresión me acompañó en el café y caminamos por las calles viejas. Algo entre nosotros confirmaba lo inevitable. Nos despedimos en el momento en que el sol, como tantos otros antes, se suicidaba en el viaducto.

Era sábado, también, cuando recibí esta carta. Había algo desconocido enmarcado entre los bordes listados que definen el correo aéreo, escrito a bolígrafo con letras grandes y excesivas, de trazo torpe, como de niño. Cósima. Jamás había leído aquello que supuse era un nombre; griego, me enteré más tarde. Lo abrí con delicadeza, sin rasgarlo. Allí estaba, narrada con el mismo trazo infantil, la historia de Manuel y Cósima; una historia que no reproduciré aquí.  

La piel que vestía la joven que había enamorado a Miguel era etérea y pálida para su origen sureño, capaz casi de desaparecer bajo la luz. Ignoro qué pensó cuando me vio por primera vez en el aeropuerto, sosteniendo del revés un cartel con su nombre. La fragilidad de su figura se acentuaba con la mirada perdida con que me buscaba entre rostros pasajeros. Y un hálito de nostalgia me acarició cuando al fin detuvo sus ojos en los míos. Los días que pasamos juntos emanaban apacibilidad. A las primeras conversaciones sobre viajes, largas distancias y husos horarios pronto sucedieron los años que vivió junto a Manuel. Recuerdo con ternura cómo perdía la mirada en algún punto tras de mí, como si pudiera admirar algo que yo no. Con esos rasgados ojos verdes empañados por los ocres del final del verano que hacían de la playa una alfombra de oro. Durante horas se quedaban allí, tumbados, uno junto al otro, recorriendo de memoria sus rasgos, como si fueran los caminos que los habían llevado a encontrarse, un día cualquiera, en Valparaíso.

“Debe de ser una tortura vivir en una ciudad tan fea bajo un cielo tan hermoso”, comentó una vez en el coche camino de su hotel. Tenía razón, Madrid no le hace justicia a su cielo. Como si hubiera leído mi pensamiento, ella prosiguió: “Manuel me contaba que el cielo fue lo que le hizo marcharse. La necesidad de saber que había algo más allá de los muros grises de esta ciudad”. A pesar de su introversión, nunca se me ocurrió imaginar que Manuel pudiera haberse sentido así en algún momento. Asfixiado. Atrapado entre los bordes del plano de Madrid que decoraba, en un marco barato, una de las paredes de su piso. Ese lugar estaba ahora vacío. No me resulta sencillo referirme a su muerte. Baste decir que después de ello algunos de los de entonces nos hicimos cargo, en secreto y a toda prisa, de los enseres más personales y que, creímos, le habría gustado que alguien conservara. Del resto se ocuparon unos parientes de cuya existencia tan sólo conocíamos series infinitas de adjetivos de escasa amabilidad.

He meditado detenidamente acerca de incluir este episodio en la historia. Al final me he decidido. Qué más da. Nadie leerá esto nunca. No es más que un ejercicio por ordenar lo que golpea mi mente y mi alma. Eso me digo. Pero si este escrito cae en manos de algún lector y ha llegado hasta aquí, merece saber cómo concluyeron esos días. La última vez que vi a Cósima fue poco antes de su regreso a Chile. Me llamó y me pidió que nos citáramos en un lugar a las afueras de la ciudad. Su voz al otro lado del aparato sonó carente de toda emoción. La misma carencia que hallé en su mirada y en sus gestos cuando me hizo seguirla a través de las calles de ese barrio desconocido para mí. Las ruinas y las zonas de obras se confundían allí, donde era complicado saber qué delimitaban vallas metálicas colocadas en apariencia aleatoria. Me condujo hasta el portal de una casa de poca altura, abandonada, sin duda. “¿Adónde me has traído?”, le pregunté. No contestó al instante, sino que permaneció unos segundos contemplando el edificio. “Aquí es donde se crió Manuel, según me contó”, dijo sin mirarme. Jamás supe de dónde venía, dónde transcurrió su infancia. “No me lo esperaba así”. Juntos nos internamos en la estructura gris y la recorrimos sin saber bien qué esperábamos encontrar. Puertas tiradas, ventanas rotas y buzones oxidados sin nombre. Nada. Nunca una palabra definió con tal exactitud un lugar. Nada había allí dentro. Nada que permitiera identificar el piso en que Manuel vivió de niño. Nada que narrase extractos de la historia de los inquilinos. Nada, al fin y al cabo, que diferenciase una vivienda de otra. Un espacio vacío, inquietante y sobrecogedor, al tiempo que calmo. Las motas de polvo flotaban con delicadeza, ascendiendo y descendiendo en una extraña danza que recorría toda la casa. En algún momento uno de los dos necesitó salir y el otro lo siguió. En silencio, con una inusual sensación entre sosiego e intranquilidad, caminamos hacia la puerta. El sonido de nuestros pasos sobre el suelo hueco resonaba en los rincones y nos incomodaba, como si temiéramos despertar recuerdos que dormían. El aire, un tanto viciado, se hacía más soportable en el zaguán, donde nos detuvimos. Y lo vimos. Bajo el polvo y los años y los restos de carteles desechos por la lluvia de una de las paredes había un mural. Trazos de colores que en su día fueron brillantes y vivos definían una línea de costa, coronada por hileras de pequeñas motas rojas, amarillas, verdes. Tras ella se extendía un mar de olas exageradas, y del cielo, presidido por un sol dorado, caían algo parecido a pedazos de cristal que se hundían en las aguas. “Es su sueño. El sueño de Manuel”, musitó Cósima. Alargó un brazo para tocar con dedos temblorosos la pintura, de la que se desprendieron diminutas láminas al suelo. “¿Valparaíso?”, quise saber. Ella asintió y con un giro rápido se alejó caminando. La descubrí esperándome junto al taxi en que había llegado. Se acercó y puso una pequeña fotografía en mis manos. “No he tenido valor para enseñársela. El que tampoco tuvo él cuando decidió regresar aquí”. Silencio, roto sólo por el ruido del tráfico a lo lejos. “Hazlo tú, por favor. Es la única manera de que no lo odie. Déjame recordarlo como lo conocí”. Me besó en la mejilla y a continuación desapareció a bordo del auto blanco.

Estoy sentado sobre la morada de mármol de mi viejo amigo. Escribiendo estas últimas líneas mientras su hija, cuyo nombre no sé, me sonríe desde una fotografía. Tiene el pelo claro y los ojos azules. Irradia alegría. No soy consciente del tiempo que llevo aquí, ni de por qué hago esto realmente. Ni si lo hago por mí, o por Manuel. Por Cósima, o por la pequeña a la que no conozco. Dejaré de pensar. Sólo lo necesitaba. Además, no me queda tiempo, en unas horas despega mi avión. Es invierno en Madrid, y en el Mar del Norte, pero es verano en Valparaíso. ♦︎

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