Uku Pacha

Penetramos en la selva siguiendo el curso del río. El último rastro de sendero se había desvanecido bajo nuestros pasos, y desde hacía un buen rato eran los guías los encargados de abrir, a machetazos, la ruta trazada a lápiz en el mapa. A aquella profundidad, la espesura de la selva recluía sus entrañas de cualquier ruido exterior; sólo el quebrar de nuestro avance y la sinfonía animal oculta en la maleza atestiguaban la existencia de vida en aquella inhóspita realidad del mundo. 

Los dos guías que precedían la marcha eran expertos recolectores de caucho de la tribu de los aguarunas, hombrecillos pequeños y barrigones que desde el primer momento se habían mostrado reacios a acompañarnos. Como todo indígena aguaruna, vivían de la selva y temían a la selva. 

PERU. 1962. Rainforest in the Andes.Perú, fotografía de Thomas Hoepker, Magnum Photos.

     —La jungla se chinga a quién entra en ella por la fuerza —clamaban en un empozado castellano.

Pero Edgar Barineza había logrado convencerlos a cambio de un puñado de nuevos soles y los machetes que empuñaban. Edgar Barineza no había dejado de insistir en su contratación porque tiempo atrás había sido Coordinador del Ministerio de Educación en la selva, y sus más de ocho años de intermitente convivencia con los indígenas le habían enseñado a distinguir a los mejores hombres para orientarse sobre el terreno. Para los portadores del féretro, en cambio, se había regido por el simple criterio de la robustez a la hora de elegir a cuatro de los muchos jóvenes que languidecían en un concurrido poblado huambisa, una tribu históricamente más analfabeta que la aguaruna y, por tanto, más fácil y asequible de emplear. 

Una vez abandonada la linde del camino transitable, los cuatros porteadores se echaron el féretro vacío al hombro (aunque grande y tosco como un baúl, el féretro había sido improvisado con madera de balsa por su ligereza), y marchaban con una facilidad asombrosa detrás de Edgar Barineza y de mí. Cerraba la expedición un fraile jesuita de la vieja Misión de la que habíamos partido, el padre Javier Virginia de Saldaña. 

El origen de aquel cortejo fúnebre tuvo lugar meses atrás, en el transcurso de la búsqueda de lo que algunos arqueólogos mercenarios han dado el valor de llamar el Patrimonio Perdido, un tesoro de piezas de oro y plata oculto en las proximidades de un cenote hendido en mitad de la selva. Según una vieja leyenda colonial, todas las piezas, en su mayor parte alhajas y objetos de orfebrería, pertenecieron a la corte del virrey de la antigua Nueva Granada, Pedro Messía de la Cerda, quién en 1772 se vio obligado a renunciar al virreinato por la presión de las revueltas populares en Quito y Santafé. Soldados fieles y hombres de confianza fueron los encargados de esconder los más valiosos bienes de palacio en el único lugar donde, creían, jamás llegarían las revueltas: el fiero Amazonas. Así, el depuesto virrey marchó a España, con la firme intención de regresar algún día para recuperar en nombre del Rey —y en suyo propio, llegado el momento— el sustancioso botín. Sin embargo, la muerte fue más rápida que cualquier oportunidad de retorno, y en ausencia de quien fuera su soberano, ninguno de los soldados fieles y de los hombres de confianza que compartían el secreto (esparcidos  por el devenir a lo largo y ancho del imperio español) vio aconsejable reclamar su participación en el destino del patrimonio de Nueva Granada, por el temor a ser enviados a la insurgencia de un virreinato despedazado a bocados por las nuevas provincias independientes.   

El tesoro, pues, cayó en el olvido. Y en ese olvido apareció, doscientos años después —hace ahora nueve meses—, Servando Flores con su ánimo inflamado y su mapa cartografiado a lápiz, bajo el son de los tambores de un largo atardecer de luces, el último —ya lejano— Corpus Christi. Se presentó, sin mediar aviso, en mi humilde despacho de profesor en la Universidad de San Antonio Abad en Cuzco, y lo hizo acompañado de mi antiguo colega y compañero de correrías escolásticas Edgar Barineza, recientemente retirado de sus funciones en el ministerio. 

Hijo de Colombia y antropólogo de férrea voluntad, Servando Flores se despachó a sus anchas con una rocambolesca historia acerca de la procedencia del mapa, del lugar al que conducía y del tesoro al que se vinculaba,  y nos instó a Barineza y a mí a formar parte de una partida de rescate (nuestro proponedor había utilizado esa palabra, rescate, después de descifrar en diversos documentos de la época que el Patrimonio Perdido no se hallaba escondido en las inmediaciones del señalado cenote, sino sumergido en el propio cenote), una partida de rescate que él mismo se encargaría de organizar y que sólo precisaba de cuatro lecciones muy básicas de buceo y ese tesón tan típicamente americano por la aventura. 

Edgar Barineza, que como personalidad notoria en el conocimiento de la selva había oído la historia unas horas antes que yo, señaló el riesgo que conllevaba la propuesta y la rechazó desde el primer momento, pero se prestó a acompañar a Servando Flores hasta Cuzco, hasta mi despacho en el sector viejo de la universidad, para que pudiera oír de primera mano los inconvenientes “técnicos” que plantearía un respetable profesor de Historia del Perú. No era mi juicio “técnico” muy diferente al de mi viejo camarada, y con tal criterio traté de persuadir a Servando Flores de que olvidara su absurda aventura, alegando que, además del peligro implícito, sus argumentos eran demasiado forzados, que el Patrimonio Perdido era sólo una leyenda y que la selva no era el lugar idóneo para fantasías infundadas. Por supuesto, la obstinación de Servando Flores no le permitió rendirse a la primera, y nos pidió que reconsideráramos la propuesta, insistiendo en la trascendencia del asunto y justificando con más ahínco sus investigaciones. Pero ante una nueva negativa desistió y se marchó en silencio, sin delirios de gloria ni reproches, rehusando cortésmente la compañía de regreso de Edgar Barineza.

Creo que mentiría si dijera que pensé en Servando Flores y en su proyecto más de una vez. Sólo aquella misma noche tuve la impresión del recuerdo, pero fue la tentativa fugaz de quien está en la cama a la espera del sueño y repasa lo acontecido durante el día. Luego, a partir de lo que supongo fue un sueño profundo, ni recordé ni supe más de Servando Flores hasta bien entrado el mes de febrero. 

Era temprano, jueves, el 8 de febrero para ser exactos. Tengo presente la fecha porque aquel día los estudiantes habían convocado una huelga en protesta por la ley de Interpretación Auténtica que pretendía promulgar el presidente Alberto Fujimori, y yo me quedé trabajando en casa, a solas, sumido en un silencio que el teléfono vulneró con la grave resonancia de las noticias urgentes. Al otro lado de la línea, la inquieta voz de Edgar Barineza corroboraba esa urgencia: tenía algo importante que decirme y quería hacerlo en persona. Esta vez fui yo quien se desplazó, tan pronto como subí al coche, hasta el pequeño poblado de Urubamba, a pocos kilómetros de Cuzco, donde mi viejo camarada poseía una acogedora casita de adobe y madera envuelta en un pañito de prietos jardines. Su mujer, una joven mestiza descendiente de una familia de cangaceiros brasileños, me recibió con la sonrisa perpetua de los sumisos y me acompañó al salón, al chaflán de la ventana, a la mesa escritorio donde Edgar Barineza examinaba un viejo y mustio documento que me resultó incómodamente familiar. Al verme se levantó, me saludó efusivamente, me dio las gracias por mi rápida respuesta y me pidió que me sentara. Después me ofreció el documento. 

     —¿Lo recuerdas? —me dijo. 

Cómo no. Era el mapa cartografiado a lápiz que Servando Flores, con tanta confianza, había exhibido en mi despacho aquella noche marginada del Corpus Christi. En cuanto lo sostuve en mis manos observé que la primera impresión que tuve al verlo me había engañado. No era viejo, ni tenía nada de mustio. Sólo estaba envilecido por la erosión orgánica de la selva. 

     —Acabo de recibirlo —me dijo Barineza— un jesuita español al que hace años conocí en Bagua me lo ha enviado por correo. 

Me señaló un sobre de cartón abierto encima de la mesa escritorio. La carta que acompañaba al mapa estaba fechada el 29 de enero. En ella, el jesuita contaba que días atrás, un pequeño grupo de orejones había entregado una mochila, con el mapa y otras pertenencias, a los frailes de la vieja Misión de Imacita. Los orejones afirmaron que la mochila se les apareció colgada de un árbol, a pocos metros del cuerpo de un hombre blanco bien muertito en lo profundo de la selva, junto a la puerta del Uku Pacha. Entre las pertenencias había tres cuadernillos llenos de anotaciones y el jesuita español aseguraba que el nombre de Barineza aparecía escrito en uno de ellos.

     —Nuestro viejo amigo de Colombia —supuse.       

Edgar Barineza asintió. 

     —Ese insensato se internó en la selva sólo —dijo, y señaló dos palabras en la carta—. Aún así, logró llegar al cenote. 

Era cierto. La carta no especificaba el lugar donde se hallaba el cuerpo, pero se mencionaba la puerta del Uku Pacha. En la cultura inca, el Uku Pacha es el mundo de abajo, el mundo de los muertos y el de los que no han nacido. La tribu maijuna, comúnmente conocida como orejones, son descendientes de los payaguas, y de ellos heredaron muchas de las creencias incaicas que han perdurado en algunos clanes hasta hoy. Una de esas creencias establecía que cualquier abertura en la corteza terrestre (cuevas, fuentes y, sobre todo, cenotes) era una vía de comunicación directa con el Uku Pacha. La razón por la que los indígenas cogieron la mochila de Servando Flores y se la llevaron a los jesuitas de la vieja Misión de Imacita estaba relacionada con ese mito y con el ancestral culto a la muerte, según el cual, el cuerpo de un difunto no debía consumirse a la intemperie, pues su alma jamás abandonaría el mundo de los vivos y permanecería deambulando entre los árboles como una canoa a la deriva, turbando la paz de la selva y ahuyentando la caza. Más de una vez, los propios nativos se habían ocupado de dar sepultura, con un leve rito funerario, al cuerpo de algún desdichado que había ido a buscar la muerte a los dominios del Amazonas, pero en el caso de Servando Flores, los orejones, con un temor que sin el don del orgullo no necesitaban disimular, se negaron a tocar un cuerpo que había sido expulsado sin vida del vientre umbrío del Uku Pacha. Así, haciéndoles entrega de la mochila a los jesuitas, los indígenas les estaban exigiendo, sin necesidad de explicaciones, que el hombre blanco debía hacerse cargo de las perturbaciones que el propio hombre blanco, con su ignara osadía, había provocado.

Al final de la carta, el jesuita español reclamaba la inestimable ayuda de Edgar Barineza. Esa petición de ayuda consistía, básicamente, en ir a buscar el cuerpo de  Servando Flores y darle cristiano descanso. 

Lo que siguió a la lectura de la carta fue un largo debate. Yo ponía en duda nuestra responsabilidad en los hechos; era más, consideraba que habíamos actuado con toda sensatez al no secundar la expedición, pero Barineza no lo veía así. Él entendía que nuestra actitud había sido indolente, que habíamos permanecido ajenos a la perspectiva obvia de un hombre que se abocaba a su fin y que no habíamos hecho lo suficiente por remediarlo. 

Si he de ser sincero, no creo que Edgar Barineza tuviera realmente ese cargo de culpabilidad. Tal vez, de tener algún cargo, sería de compromiso humano, pero tampoco creo que ese fuera el motivo real de su aprensión. Conociéndole, más bien diría que la verdadera razón estaba determinada por los ocho años de vida que había consagrado a la selva y, sobre todo, a sus habitantes. No en vano, junto a ellos había dormido, había comido, había explorado, había aprendido. Y si bien no llegó a aceptar la mayoría de las prácticas que componían la mitología aborigen, sí aprendió a respetarlas y a honrarlas como un dogma aislado y eventual. Antes de telefonearme aquella mañana, mucho antes de que yo cogiera mi coche y condujera hasta su casa, mi viejo camarada ya había decidido acudir a la llamada de auxilio del jesuita español. 

     —¿Y por qué no damos parte al gobierno? —pregunté. 

     —Ya lo hicieron los frailes —dijo Edgar Barineza —y el mismísimo Ministro del Interior les envío un telegrama informándoles que no se opondría a la búsqueda del cuerpo, pero que el gobierno no formaría parte de ella. Como justificación, les fue con la excusa de que no tenían ninguna denuncia oficial de un hombre desaparecido en la selva.  

Así eran las cosas. Mi presencia en Urubamba se había convertido, pues, en una cuestión meramente informativa. Edgar Barineza, consciente de mis dudas, dejó claro que esperaba contar con mi compañía, pero que conocía mis obligaciones profesionales y que no tenía ningún derecho a involucrarme en la causa. Por otro lado, su absoluta y encomiable resolución y el recuerdo precario de Servando Flores me arrastraron irremisiblemente al conflicto moral. 

Me despedí y regresé a Cuzco sin dar una respuesta concreta. El conflicto moral, realmente, no tuvo tiempo de enardecerse, pues apenas duró la media hora de trayecto en coche. La descomposición de un cuerpo al aire libre, en medio del trópico y al alcance de los animales dejaba muy poco margen para la demora. Y a decir verdad, mi indecisión era producto de una reacción instintiva, la simple excusa de conseguirle un poco de tiempo al desorden de mis ideas. Ya no era cuestión de solidaridad. Me conocía a mí mismo, conocía la desazón y el remordimiento que me provocaban las cosas que debí hacer y no hice y, por tanto, no tenía dudas de que al final acabaría cumpliendo con mi insospechada obligación.  

Al día siguiente, por primera vez en mi carrera de profesor universitario, pedí una excedencia voluntaria a efecto inmediato. Me fue concedida, y enseguida llamé a Edgar Barineza para confirmar mi colaboración. Se mostró entusiasmado, y me habló con todo detalle del itinerario previsto, de los preparativos del viaje y de la partida, dos días después, en una avioneta monomotor propiedad de un antiguo trabajador del ministerio.     

Nuestro primer destino era Chachapoyas, capital del departamento de Amazonas, al norte del país. Desde allí recorrimos en un coche alquilado 140 kilómetros hasta Bagua, donde nos reunimos con el autor de la carta, el padre Ignacio, un anciano afable de intensa mirada añil que nos acogió, complacido, en su pequeña parroquia del barrio de San Luis. Su amistad con Edgar Barineza era lo suficientemente estrecha como para procurarnos dos austeras camas en un rincón de la rectoría.    

Durante la cena, cambiaron nuestros planes. Después de una distendida conversación, tanto el padre Ignacio como Edgar Barineza estuvieron de acuerdo en que darle sepultura al cuerpo de Servando Flores en algún lugar remoto de la selva no era lo más prudente. Si bien las pruebas con las que contábamos eran lo bastante obvias, primero teníamos que verificar que el cuerpo realmente pertenecía al antropólogo colombiano, y una vez confirmado, localizar a la familia para informarles de lo sucedido. Lógicamente, la familia exigiría saber de qué modo había muerto su ser querido, y asumiendo de antemano que las condiciones en las que encontraríamos el cuerpo serían, como poco, deplorables, sólo la autopsia realizada por un médico forense podría dilucidar la causa de la muerte. Finalmente se resolvió, con mi intrascendente voto a favor, recoger los restos del antropólogo y trasladarlos al hospital de Imacita, donde quedarían a disposición de las autoridades del distrito.  

También durante la cena se solventaron los pormenores de la travesía final de nuestro viaje. Existía una carretera que llevaba directamente a Imacita, pero se tardaba más de cinco horas en recorrerla y su estado tras la última temporada de lluvias no sería el más óptimo. Lo más fácil y rápido era un hidroavión del Ministerio de Salud que realizaba dos veces al mes el trayecto aéreo de 116 kilómetros que separaba Bagua de Imacita. Su finalidad era la de suministrar medicamentos y enseres sanitarios al hospital del pueblo. Era lo más fácil porque, por un módico precio, el piloto tenía la privada costumbre de llevar pasajeros consigo, y era lo más rápido porque el hidroavión realizaba el primero de sus trayectos mensuales al día siguiente. 

El padre Ignacio no sólo actuó como buen anfitrión en su parroquia, sino que extendió su compromiso a la labor de cicerone en el acuerdo con el piloto e incluso pagó el vuelo de su propio bolsillo. Sus deberes clericales no le permitieron acompañarnos hasta Imacita, pero dejó organizado el encuentro con uno de sus hermanos de la Compañía, el padre Javier Virginia de Saldaña, un fraile que llegó a la Misión siendo niño y que contaba a sus espaldas con más de cincuenta años de selva. Ni siquiera hizo falta buscarlo; a nuestra llegada al puerto fluvial, en el muelle de viejos maderos levantado sobre la embarrizada ribera del río Marañón, nos estaba esperando.   

El poblado de Imacita (sería exagerado llamarlo municipio) lo componían un centenar de viviendas maltrechas asentadas sobre tierra húmeda. Sus amplias calles albergaban un mercado, una caseta de policía, tres bares, un colegio habilitado dentro de una capilla, una cancha de fútbol, un taller mecánico con un surtidor de gasolina y lo que los habitantes de Imacita llamaban el “hospital”: un almacén de bloques de hormigón remendado con chapas de hojalata donde un médico temporal administraba lenitivos, aspirinas y laxantes a una población condenada a no enfermar. No obstante, la población, todos ellos, eran gente alegre y afable que defendía su pobreza con una vitalidad incalculable. 

Apenas consumimos media jornada en Imacita, el tiempo justo para comer en una barraca del mercado (jamás podré olvidar el sabor húmedo y delicioso del bagre asado directamente al fuego) y conseguir material, víveres y dos escopetas de cartuchos alquiladas. Al atardecer, guiados por el padre Javier Virginia de Saldaña, nos dirigimos hacia la Misión, la cual se hallaba a medio kilómetro del poblado, en el límite natural donde la selva comenzaba a espesarse.

Allí hicimos noche. Después de cenar, tuvimos la oportunidad de inspeccionar la mochila de Servando Flores. Además de los cuadernillos escritos y algunos útiles de emergencia, toda la mochila estaba llena con la ropa de su dueño, lo que nos llevó a pensar que, llegara a sumergirse en el cenote o no, lo encontraríamos vestido con el traje de buceo. Aparte de eso, ni los cuadernillos (no eran diarios de viaje, sólo notas incoherentes y el inventario de los preparativos) ni las prendas nos proporcionaron pista alguna sobre lo que pudo provocar el infausto desenlace. 

Con las primeras luces del alba, descansados y pertrechados con todo el equipo necesario, nos adentramos en la selva. Ya en la foresta salvaje, me vi avocado a un estado de sometimiento total, pues Edgar Barineza y el padre Javier Virginia de Saldaña se disputaban todo el conocimiento de nuestros pasos.  

Los dos primeros días los dedicamos a buscar por los caseríos aguarunas y huambisas más cercanos hasta encontrar a dos guías para abrir brecha y a cuatro porteadores para cargar el féretro (no nos significó un gran esfuerzo, dada la simpatía y la expectación que la presencia de Barineza levantaba entre los indígenas). Cualquier aventurero con un mínimo de preparación sabe que no es aconsejable mezclar dos tribus diferentes en una misma expedición, pero los aguarunas y los huambisas compartían raíces jíbaras y eso los unía en un lejano vínculo de sangre. No eran pueblos hermanados, pero habían aprendido a respetar el territorio y a tolerarse mutuamente. 

La noche antes de la partida dormimos en una choza del caserío huambisa donde habíamos encontrado a los porteadores, un lugar del que Edgar Barineza conservaba el buen recuerdo de su hospitalidad. Los mismos porteadores fabricaron el féretro con la madera de balsa que usaban para las canoas de carga. A la hora de partir, se pintaron el cuerpo con achiote y rupiña, y se premunieron de unas provisiones tan escasas que cabían en pequeños morrales de lona. Luego, como hacían siempre que se alejaban del hogar, se despidieron de su gente con una fría y solemne ceremonia.  

Lejos, en la espesura de la selva, aguardaban pacientemente los guías. A diferencia de los huambisas, los aguarunas cuidaban mucho de su intimidad. Les atemorizaba todo lo que no dominaban, pero eran astutos e inteligentes, y en muchos de sus poblados ostentaban un rudo conocimiento del castellano que habían aprendido de los patrones del caucho.

Unido el grupo, iniciamos la marcha por un paso de transito abierto entre la maleza que nos condujo hasta la orilla occidental del río Cenepa. En ese preciso lugar, en un largo pedregal resquebrajado a modo de escalones, empezaba el trazo de lápiz en el mapa de Servando Flores, siguiendo siempre el cauce del río. 

Nos llevó toda la jornada recorrer el perfil de carboncillo que serpeaba junto a la línea azul del río. 

Para cuando llegamos al punto donde el trazo de lápiz se apartaba del río y se adentraba bruscamente en la selva, la noche nos forzó a detenernos.

Sujetos a las tradiciones de los indígenas, acampamos bajo un frondoso grupo de moriches, pues en la selva no hay mejor señal de alarma que el revoloteo asustado de los pájaros huyendo en dirección contraria al peligro. Planteamos un orden de guardia en parejas, con relevos cada dos horas, pero no fue necesario. Por esa desconfianza ingénita, los dos guías aguarunas se hicieron cargo de la guardia. 

Amaneció sin sobresaltos y reanudamos la marcha. Debo decir que me sorprendió el formidable brío de los guías, que sin haber dormido en toda la noche, descargaban los machetes sobre el follaje con un ímpetu salvaje, y habían impuesto un ritmo de avance que, por momentos, nos resultaba difícil seguir. Más tarde supe, de boca de Edgar Barineza, que los aguarunas sí dormían durante las guardias, pero confiaban ciegamente en su sueño, pues éste era tan ligero y excitable que el mínimo temblor de hojas los despertaba. Con todo, era encomiable la energía y agilidad que mostraban, al igual que las de los porteadores, que no perdían soltura a pesar de la incómoda carga del féretro. Por nuestra parte, sólo el padre Javier Virginia de Saldaña, acostumbrado a caminar por la selva descalzo y pisando con todo el pie, exhibía la misma facilidad de movimientos que los nativos. A Edgar Barineza parecía haberle abandonado la práctica, y yo nunca la había conocido. 

Sin apenas descanso, al finalizar la jornada habíamos avanzado más de lo esperado. De noche, bajo un techo de tupidas palmeras y a la luz de una linterna, Edgar Barineza midió los centímetros recorridos en el mapa y se puso a hacer cálculos a escala real. Llegó a la conclusión de que, si continuábamos con el mismo ritmo y no hallábamos grandes obstáculos en el camino, al atardecer del día siguiente alcanzaríamos el cenote. 

Con esa idea en mente, nos pusimos en camino poco antes del amanecer, aprovechando el albor de un día reluciente que empezaba a filtrarse a través de la bóveda selvática. 

Al despuntar la mañana, llegamos a una extensa zona desbrozada que los indígenas se negaron a cruzar sin revelarnos el motivo. En el rodeo que nos vimos obligados a dar, subimos un pequeño altozano cubierto de maraña desde el que tuvimos una buena vista del terreno que flanqueábamos. Allí, derrumbado entre la maleza, cegado e inerte, como si siempre hubiese formado parte del entorno, se hallaba el fuselaje oxidado de una avioneta comercial, aplastado por el impacto aunque perfectamente reconocible. Edgar Barineza recordaba aquel accidente ocurrido años atrás, pero no atinaba a comprender la aprensión de los indígenas. El gobierno, en cuestión de días, había recuperado los cadáveres de los nueve tripulantes del aparato y toda la carga que llevaba. Aparentemente, no había nada que temer. Fue el fraile quien despejó nuestras dudas: los indígenas, contrarios sin saberlo a las leyes físicas de la probabilidad, tenían miedo de cruzar la zona y que otro de aquellos monstruos mecánicos se les cayera encima. 

A pesar del pequeño rodeo, los cálculos de Edgar Barineza resultaron puntualmente ciertos, y al atardecer descendimos una cañada desde la que pudimos divisar un perfecto claro, como recortado a mano, abierto en la frondosidad del valle. 

     —Ni una equis en rojo lo habría señalado mejor —dijo Edgar Barineza. 

Apresuramos la marcha a través del valle y en media hora habíamos alcanzado el claro de selva. En aquella desnudez, el cenote se nos reveló imponente, sobrecogedor. La luz del sol lo iluminaba directamente, proyectando las ondulaciones del agua en sus paredes agrietadas y cubiertas de hiedra que se precipitaban una veintena de metros hasta el foso de agua verde. Era imposible asomarse a su abertura sin sentir el arañazo del vértigo. 

Fascinados en la contemplación de aquel pozo natural, recorrimos su borde varias veces antes de encomendarnos al propósito que nos había conducido hasta allí. Los indígenas, que se habían mantenido a cierta distancia, siempre al amparo de los árboles, recibieron una señal de Edgar Barineza y empezaron a buscar el cuerpo. Cada uno de nosotros se unió a la búsqueda acometiendo un área del perímetro alrededor del cenote, pero el rastreo no duró más que un par de  minutos. Como era de prever, los aguarunas lo encontraron enseguida. Al grito de “muerto blanco, muerto blanco”, todos corrimos hasta allí. 

El cuerpo de Servando Flores yacía bocabajo a unos treinta metros del cenote. Las hormigas, implacables en su labor de limpieza, habían dejado un esqueleto arruinado y parcialmente cubierto por los despojos del traje de neopreno. Los huesos mondos, de un color amarillo pálido, no permitían reconocer a su dueño, pero no tuvimos ninguna duda. Al lado del cadáver, sujeta aún por una fina hebra de correa, una botella de oxígeno estrujada permitía ver el nombre de Servando Flores en su etiqueta de regulación. 

Permanecimos largo rato mirando el cadáver, en silencio. El padre Javier Virginia de Saldaña requirió entonces que nos uniéramos a él en una oración por el fallecido, y así lo hicimos. 

Los indígenas se mantuvieron al margen. Sin embargo, mientras el fraile iniciaba la plegaria, uno de los huambisas se acercó al cadáver como atraído por una curiosidad fortuita y, de pronto, profirió un grito de terror. Retrocedió espantado, balbuceando una atropellada jerigonza que ni el propio Barineza fue capaz de descifrar. Los demás indígenas, aguarunas y huambisas, se contagiaron del mismo miedo, y siguiendo las señales de alarma de su compañero, miraron en dirección al cadáver. Lo que vieron, fuera lo que fuese, los enloqueció. Ante nuestra atónita mirada, los seis indígenas echaron a correr en un tropel de gritos ininteligibles, moviendo los brazos y empujándose unos a otros, hasta desaparecer en la profundidad de la selva.  

     —¿Qué les habrá asustado tanto? —preguntó el fraile, sin salir de su desconcierto. 

Edgar Barineza no supo qué contestar. Yo me limité a observar los restos del antropólogo con más detenimiento. Casi sin quererlo, deduje una respuesta. 

     —Los huesos —dije. 

Mis dos compañeros me miraron extrañados. 

     —Ningún nativo en todo el Amazonas puede tener miedo de unos huesos —dijo el fraile-. Se han criado rodeados de muertos. Forman parte de su cultura. 

     —No lo digo por los huesos en sí, sino por su estado. Fíjese, todos están rotos: los de las piernas, los de los brazos… Tiene el cráneo hundido, la columna vertebral está hecha añicos. Y mire, mire ese amasijo de aluminio constreñido, ni siquiera parece una botella de oxígeno. Es como si hubiese sufrido un impacto descomunal.

     —¿Te refieres a una caída?

     —Eso es lo que parece. Pero ninguno de estos árboles tiene la altura suficiente como para producir tales daños. Y aunque así fuera, no iba a subirse a una palmera con una botella de oxígeno y el traje de neopreno. Tal vez algún animal pesado, o un grupo de nativos salvajes…

     —No hay animales tan pesados en toda la selva —dijo Edgar Barineza—, y ningún nativo, salvaje o no, quebranta los huesos de un muerto si no es para llevárselos. Tiene que haber otra explicación.       

     —Dejemos que sea el forense quien lo resuelva —sentenció el fraile— se hace tarde, y la reacción de nuestros amigos no invita precisamente a pasar la noche en este lugar. 

Reanudamos el réquiem y después nos entregamos a la delicada tarea de recoger los restos de Servando Flores. 

Con la huída de los porteadores, nos vimos obligados a desechar la idea del féretro. Por muy ligera que fuera la madera de balsa, nos sería imposible caminar por la selva cargando con él. Decidimos confeccionar un saco cociendo los extremos de una manta de fibra térmica. No tenía la dignidad cristiana de un ataúd, pero la selva, en situaciones bravías, no era dada a protocolos religiosos. 

Con sumo cuidado, con el máximo respeto, fuimos recogiendo los huesos y depositándolos dentro del saco. No fue una tarea tan fácil como cabría esperar, algunos huesos se desgranaban con sólo tocarlos. Un pie, por ejemplo, aún conservaba entero el calcetín negro del traje. Al levantarlo, el pie se desprendió de la pierna a la altura del tobillo. Lo que quedó dentro del calcetín no era más que guijarros, una bolsa llena de canicas.  

Cuando terminamos de recoger los huesos, vaciamos una de las mochilas y empezamos a guardar las pertenencias que habían quedado diseminadas alrededor del cuerpo: pedazos deshilachados del traje, hebillas de metal, tramos enredados de cuerda, una aleta, la máscara destrozada.  

A pocos centímetros del lugar donde había yacido la cabeza del antropólogo descubrimos una especie de figura plateada del tamaño de un puño que parecía brotar de la hierba húmeda. No tenía una forma específica, era como el busto grotesco de una mujer, pero sin rasgos definidos. Al sostenerla en las manos podía apreciarse su peso de plomo y su áspero tacto. Era tan diferente a cualquier cosa que Servando Flores pudiese llevar encima que enseguida llamó poderosamente nuestra atención. 

     —¿Qué es? ¿Plata? —preguntó Edgar Barineza, con un súbito esplendor en la mirada—. ¿Sabes reconocerla?

En ese momento era yo, profesor de Historia del Perú, quien sostenía la figura. 

     —Bueno —dije—, sea lo que sea, se nota que ha perdido brillo, parece que ha pasado años sumergido en agua. Pero yo diría que sí, que es plata. 

     —¿Y crees que es algún tipo de adorno o reliquia? 

     —Puede ser. Pesa mucho para ser una alhaja, tal vez se trate de la aldaba de un armario, o una pieza de algún juego decorativo.

     —Es increíble. ¿Piensas lo mismo que yo?

Sonreí, confieso que con cierta emoción. 

     —Ahora mismo no puedo pensar en otra cosa. 

     —Ni yo. ¿Es posible? —Edgar Barineza cogió la figura de mis manos y la examinó sin pestañear—.  ¿Es posible que lo haya encontrado?

    —¿Qué es lo que ha encontrado? —preguntó el fraile, que asistía a nuestro creciente entusiasmo en completa confusión.  

     —¿No ha oído hablar del Patrimonio Perdido, padre? —preguntó Edgar Barineza. 

El fraile negó con la cabeza. Entonces Barineza relató, con la mayor premura posible, la leyenda del tesoro de Pedro Messía de la Cerda, virrey, gobernador y capitán general del antiguo virreinato de Nueva Granada, y de cómo Servando Flores se había hecho acreedor de su legado. 

     —¿Y creen que ese objeto pertenece al tesoro? —preguntó el fraile—. ¿Y que este pobre infeliz lo sacó del pozo?

     —Es lo que nos gustaría creer, padre. ¿A usted no?

El fraile no respondió, sólo encogió los labios en un gesto de prevención. Era evidente que algo le escamaba. 

     —Terminemos de recogerlo todo —dije. 

Encontramos la otra aleta, partida por la mitad, y más nudos entrelazados de cuerda, pero por más empeño que pusimos, no encontramos ninguna otra pieza semejante a la figura plateada.  

Cuando ya la tarde tropical bañaba el cielo de sangre, dimos por finalizada la tarea y emprendimos el regreso. El padre Javier Virginia de Saldaña ocupó el puesto de guía, y yo el de porteador, con el saco de fibra térmica atado a la espalda a modo de carcaj. No obstante, era Edgar Barineza, encargado de interpretar las revueltas del mapa, quien fue señalando el camino.         

No fue nuestro retorno, en ningún caso, un viaje fácil. Todo lo contrario, fue una sucesión de malos augurios. Al hecho de desorientarnos varias veces, de dejarnos olvidada una mochila llena de víveres en algún lugar en el que habíamos pernoctado y de sufrir el acoso de una pareja de jabalíes especialmente celosos con su territorio, se unió una tormenta desatada que arrancó a llover la misma noche que abandonamos el cenote y no paró hasta cinco días después, cuando, en un acto de heroica vehemencia, rotos de cansancio y empapados hasta los huesos, arribamos a la vieja Misión de Imacita.   

     —Sólo faltó que un avión se nos hubiera caído encima —bromearía días más tarde Edgar Barineza.  

Después de un reparador descanso de dos días, de informar a las autoridades del suceso, de hacer entrega de los restos de Servando Flores a la inexistente morgue del hospital de Imacita; después de volver a comer bagre asado al fuego, de devolver las escopetas intactas y de las despedidas con sabor a deuda, regresamos a Bagua, a la bullida Chachapoyas, al plácido hogar evocado mil veces bajo la lluvia. 

Añadiré, como conclusión, que en un primer momento el hallazgo de la figura plateada se mantuvo en el más estricto secreto. Confiábamos en la discreción del padre Javier Virginia de Saldaña y, por obligación, en un arqueólogo experto en arte colonial a quien cedimos la figura para su estudio y autentificación. Mientras tanto, y aún sir recibir los resultados del examen, Edgar Barineza me predispuso para una vorágine de llamadas telefónicas y reuniones a fin de organizar los preparativos de una nueva expedición. Había que buscar a gente de confianza, contratar a buceadores experimentados, arrendar apoyo aéreo… y todo sin levantar la voz más de lo necesario. 

Así nuestros planes prosperaban, en pos de una rápida ejecución (si mostrábamos demasiado entusiasmo, lo achacábamos a la deuda que habíamos contraído con el difunto Servando Flores por haberlo dejado solo en tan poderosa aventura), cuando dos informes echaron por tierra todas nuestras aspiraciones. 

El primer informe fue el del forense, que se hizo público en la prensa nacional, y que atribuía la causa de la muerte de Servando Flores a “un colapso por aplastamiento masivo del cuerpo”, al parecer producido, si acaso eso fuera posible, por quedar expuesto a la misma presión atmosférica que puede encontrarse en el punto más profundo del océano. 

El segundo informe fue el del arqueólogo, mucho más privado y demoledor, del que me dio cuenta Edgar Barineza con la voz y la moral desoladas.

     —El material de la figura no es plata —me dijo—. Ni nada que se le parezca. 

Su profunda desolación halló reflejo en mí. 

     —¿Qué es, entonces? —pregunté. 

Edgar Barineza se encogió de hombros. Necesitó de un largo silencio para responder: 

     —No se sabe. En el laboratorio no consiguen identificarlo. ¿Te lo puedes creer? Casi no parece de este mundo. ♦︎

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