Trabajadores

Es 1º de mayo. Los telediarios abren diciendo que es el Día Internacional del Trabajo. Mienten, para variar. Confunden, en este caso, sutilmente; conscientemente, como en todos los casos. Mienten porque no es el Día Internacional del Trabajo, sino el Día Internacional de los Trabajadores. La diferencia puede parecer baladí, pero no lo es. Porque el ‘trabajo’, un hecho, una parte y fenómeno social, se entiende como una abstracción, algo que ocupa a la gran mayoría de los ciudadanos del mundo, incluidos a los que no trabajan, es decir, a esos cuyo trabajo es explotar el trabajo de otros. Pero la palabra ‘trabajadores’ hace una referencia a aquel viejo concepto de la lucha de clases, un viejo que no envejece, que no puede hacerlo, por más que se trate de esconderlo en residencias mediáticas, por más que se le abandone en una gasolinera en la que no para nadie porque se derribaron todas las indicaciones que conducen a ella. Hablar de trabajadores suscita hablar de clases sociales, y hacerlo, para mayor preocupación de capitales, en términos de relaciones de producción, y no de difusos niveles adquisitivos.

En España, como en el mundo entero, son pocos los días festivos que se mantienen inamovibles. Está el Día de Navidad, Año Nuevo, y poco más. En ese poco más, el 1º de Mayo. Si el bloque de poder pudiera abrir los telediarios diciendo “es 1 de mayo, Día Internacional de la Clase Media”, estarían contentos. Pero no pueden. Las cosas, sin estar bien, ciertamente, podrían estar peor. El movimiento obrero cuenta con una historia, en el último siglo y medio, tan poderosa, que ni siquiera todo el empeño de revisión histórica y subyugación mediática del actual capitalismo puede con ella. 

El 1 de mayo de 1886, miles de trabajadores industriales de Chicago comenzaron una huelga indefinida por la jornada laboral de 8 horas. Para entonces había ya una fábrica de la zona que llevaba en huelga indefinida desde febrero, se trataba de la McCormick, que producía maquinaria agrícola; sus trabajadores habían parado para evitar que una parte de sus salarios se destinara a la construcción de una iglesia. La fábrica fue la única que se mantuvo activa el 1 de mayo, a base de esquiroles. El día 3, en una concentración a sus puertas, la policía abrió fuego y mató a seis obreros. El periodista Adolf Fischer cubrió los sucesos y respondió editando una octavilla difundida por el Chicago Arbeiter-Zeitung —donde trabajaba—. En ella se leía: “Trabajadores: la guerra de clases ha comenzado. Ayer, frente a la fábrica McCormik, se fusiló a los obreros. ¡Su sangre pide venganza!”. Terminaba convocando a una manifestación en la plaza Haymarket el día siguiente. Lo que vino es historia imborrable: los disparos de la policía, los muertos, la revuelta, los mártires de Haymarket. Más de un siglo después, el 1º de mayo se conmemora en recuerdo de una de las infinitas batallas de la lucha de clases en la Historia, una de las primeras del incipiente proletariado. Lo que se recuerda no es el trabajo, sin más, sino la lucha por un trabajo digno, la lucha de las fuerzas del trabajo contra las fuerzas del capital.

Más de un siglo después la jornada laboral de ocho horas continua siendo papel mojado. El derecho a huelga se pretende conculcar por la vía de la demonización de los huelguistas, primero, para pasar luego a la taxativa prohibición legal. En los telediarios que dan los buenos días el 1º de mayo, el trabajo es cosa que generan los empresarios, no que hacen los trabajadores, no la acción diaria de la clase obrera y el pueblo en su conjunto, no la fuerza de una clase. Mienten. Confunden. Háganse una pregunta: ¿si el trabajo lo generan las empresas, cómo es que si los trabajadores paran se para todo? Las empresas no generan el trabajo, lo explotan. El trabajo está ahí por sí mismo, es la fuerza que exige una sociedad para mantenerse en movimiento. Su efectividad, y justicia, depende de qué clase la dirija.

 

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