Recuerdo de Silvio en Vallecas, una noche sin lluvia

La primavera de 2016 será recordada por sus muchos días lluviosos. Quedarán como uno solo en la memoria del momento concreto de la historia de cada cual, la lluvia de abril y primeros de mayo será el primer beso, la última vez que vimos a alguien, el nacimiento del hijo, diferentes comprensiones en “un día lluvioso de primavera”. Es curioso que, algo excepcional de la primavera de 2016 transcurriese salvando todos estos días de lluvia. Silvio Rodríguez regresaba a España, después de diez años. Recorrió diez ciudades durante un mes, desde el 3 de abril. Una de ellas tuvo una suerte especial, Madrid, que pudo verle por partida doble, en dos conciertos diferentes. Algunos recordarán estos días como aquellos en que vieron a Silvio, extraña y mayormente en un día sin lluvia de una primavera lluviosa. Será un recuerdo especial para todos, pero más intenso para quienes estuvieron presentes en su último concierto por tierras españolas, un concierto al margen de la gira, un concierto secreto que solo fue anunciado unos días antes de su fecha. El 4 de mayo, miércoles sin lluvia, Silvio tocó en Vallecas, al aire libre y de manera gratuita. Fue la promesa de una noche mágica.

Silvio Vallecas Javier Lizón EFESilvio en Vallecas, 4 de mayo de 2016 / Foto: Javier Lizón/EFE.

Silvio arribó España con un disco nuevo bajo el brazo, un puñado de canciones hermosas, hermosamente interpretadas por su voz joven e insólita y por un grupo de músicos excelsos. En los conciertos de la gira estos nuevos temas tuvieron un papel protagonista, junto a ellos, claro, los clásicos, los himnos sentimentales y combativos de una vida entera. El gran concierto de la gira, por volumen de asistencia, tuvo lugar en Madrid, en el mítico espacio del Palacio de los Deportes —de cuyo nombre actual no quiero acordarme—. La frialdad del espacio fue contrarrestada en cuanto las luces se apagaron y toda la atención se concentró en el escenario. Comenzaron a ocurrir cosas, cosas tan sencillas como palabras pronunciadas, evocaciones. La noche era una de esas para contar cuentos. Tras el paso de Silvio por nuestras ciudades, supimos de algunas historias como la de un viaje en avión, de noche, y con lluvia —cómo no—, la de un vuelo de Cuba a México con solo dos pasajeros, el propio Silvio, y Gabriel García Márquez. Y supimos de otra historia dentro de la historia de ese avión, la de una novia imaginada por el escritor colombiano, una pobre chica abandonada en el altar, que tira de un carreta, con su traje blanco, por las calles de su pueblo para devolver todos los regalos de su frustrada boda. Fue la historia que le contó Gabo a Silvio sobre el océano, temerosos de estrellarse en sus aguas. La historia que años después inspiraría al cantautor para escribir una canción llamada San Petersburgo, tan preciosa como el recuerdo —ahora socializado— del encuentro de los dos amigos artistas y revolucionarios.

La noche del Palacio de los Deportes fue tan mágica que apareció, incluso, un unicornio azul, de verdad, un unicornio tan real como la joven que decidió confeccionarse una sudadera con su cuerno y su carita de animal mitológico por capucha en color azul celeste. Mi unicornio azul fue la canción con la que Silvio se despidió del público madrileño aquel 27 de abril, miércoles. La chica disfrazada de unicornio se fue contenta, cabe suponer, posiblemente más que eso, extasiada ante la contagiosa alegría que provocó su atuendo en ese momento final del concierto, mientras sonaba su canción. Delante de mí, otra chica joven se quejaba a su acompañante porque Silvio se marchaba de la capital sin haber cantado Canción del elegido. Todo el mundo echa siempre de menos alguna canción. Esa chica y el resto de quienes nos encontrábamos aquella noche en Madrid no sabíamos aún que Silvio no se marchaba todavía de la ciudad. Al día siguiente comenzó a correr una noticia que convertiría los días hasta el siguiente miércoles en una espera insomne y soñadora: Silvio, después de sus conciertos finales en Valencia y Murcia, regresaba a Madrid, el día 4 de mayo, para ofrecer un concierto gratuito, al aire libre, en Vallecas. A las pocas horas el rumor se confirmaba, le acompañarían en la noche vallecana Ismael Serrano y Luis Eduardo Aute.

En Vallecas ocurrió lo que todo el mundo podía presagiar, que una marea humana desbordó el espacio del Auditorio de Villa de Vallecas. Vallecas, como Silvio, tiene un significado más allá de lo que es, algo que todo el mundo conoce. Los lugares y las personas pueden portar ese sentido simbólico, esa cualidad de representarse más que a sí mismos. Silvio salió al escenario casi a las once de la noche, después de que Ismael Serrano lanzara sus guiños al barrio y de que Aute elevara la electricidad emocional del ambiente cantando a capela Al alba junto a diez mil almas más, las que aproximadamente se congregaron en la plaza y alrededores. Silvio comenzó su actuación con El reparador de sueños, el repertorio que tenía preparado fue muy diferente del de la gira, no hubo apenas ningún tema del disco nuevo, todo clásicos, más o menos recientes. Relató de nuevo la historia del avión con García Márquez, pero el concierto era distinto, más familiar, menos puntual, más paciente, no menos exigente, especial de otra manera. No cantó El unicornio, para tristeza de muchos, pero sí la Canción del elegido. Nunca olvidaré este dato, porque fui testigo de una de esas casualidades magníficas que la vida a veces regala: a pocos metros de mí identifiqué a la misma chica joven que tuve delante en el Palacio, la que se marchó dolida por no haber escuchado la preciosa canción dedicada al Che; cuando Silvio comenzó a cantarla en Vallecas, al poco de comenzar el concierto, la miré, y la sonrisa que vi en su rostro fue tan maravillosa como la propia canción, quizá más, una sonrisa de cara entera, de boca, de ojos, una sonrisa conmovida que le llegaba hasta las manos. “Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”, dice esa canción. Siempre me ha parecido una de las cosas más bellas y dolorosas que haya oído jamás. Yo también me emocioné al escuchárselo a Silvio en Vallecas, un miércoles de primavera por la noche, sin una nube de lluvia en el cielo.

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