Para cantar el blues, hay que vivir las canciones

Desde que empecé a pensar en escribir esta reseña, la frase que finalmente he utilizado como título me ha estado rondando con insistencia. La cita está extraída del Carry on, el tema de Stephen Stills que abre el Dèja vu de CSN&Y, pero si la traigo es porque proporciona una clave estética que es de gran ayuda a la hora de aproximarse a la obra de Townes Van Zandt y entender la que es una de sus principales señas de identidad como artista: su autenticidad, una autenticidad que se podría decir necesaria, irrenunciable, una verdadera fuente de su estilo. Y es que los discos del tejano son —en el sentido que Unamuno lo afirmaba respecto de sus libros— el propio Townes Van Zandt, el producto de sus idas y venidas, la crónica poética —y de primera mano— de una biografía que es a un tiempo la del fugitivo y la del perseguidor.

Townes Van ZandtTownes Van Zandt / Foto: Allen Tannenbaum.

Townes fue un lobo solitario que huyó de sí mismo como única y paradójica vía posible para llegar a figurarse algo de la propia identidad a través, cómo no, de las canciones, espejo que utilizó para desenmascararse y mirar, con valentía y honestidad, a los ojos de su puto pellejo y a las cuencas de su monda calavera. Van Zandt —un desarraigado desde la infancia por constitución así como por los continuos traslados que imponía el curro de su viejo—, estaba destinado a ser un fuera de la ley, a vivir sin tener demasiado en cuenta a los demás si no era para contradecirlos, entregado por entero al impulso que le hizo lanzarse a la carretera y anteponer la búsqueda de la canción perfecta a cualquier razonamiento. Pagó caro el peaje: soledad, excesos, adicciones, carencias de todo tipo, depresiones, abismos… Las consecuencias de la querencia que el flacucho cantautor le tuvo a la vida en la frontera, y con las cuales fue llenando la mochila del ansia hasta que un paro cardíaco se lo llevó a la tumba a la edad de cincuenta y tres años.

Afortunadamente para nosotros, el forajido adicto y entristecido tenía un talento asombroso para la escritura, la composición y la interpretación. Van Zandt fue un singer/songwriter excepcional, con voz propia en todos los aspectos, una voz melancólica y meditabunda, bella y honesta, perspicaz e inteligente, apesadumbrada y digna… Una voz cariciosa en el timbre e implacable en el tono, con la que cantó y dejó grabadas algunas de las canciones más conmovedoras de la música popular yankee del siglo pasado, las cuales dan invariablemente la sensación de estar interpretadas por alguien que ha elaborado poéticamente “su” verdad y se ha comprometido a muerte con ella. Con el country en el norte, y el blues, el folk y el rock en los otros puntos cardinales —sus héroes confesos de juventud fueron Hank Williams, Woody Guthrie, Lightning Hopkins y Elvis— Van Zandt trazó una carrera artística tan tironeada como sembrada de grandísimos momentos, uno de los más deslumbrantes, sin duda, el que prolonga durante treinta y tantos minutos llenos de magia el inconmensurable elepé homónimo que el artista nacido en Fort Worth publicó en el año 70 con el sello Charly.

TWZ es el tercer trabajo del tejano, y lo primero que cabe destacar en él es la excelente, acertadísima producción: la instrumentación “básica” —bajo, percusión, batería, algún teclado, armónica, el fiddle…—, los arreglos sencillos y ligeros —que funcionan como una gasa que transparenta la desnudez de los temas—, el uso intencionado del estéreo, la crudeza del sonido… Todo parece haber sido calculado para levantar el fondo sonoro apropiado a la voz y la guitarra de Van Zandt, para resaltar la figura del bardo romántico y sensitivo, construyendo el efecto de cercanía apropiado al tono anímico de sus composiciones. Abre el álbum la magnífica For the sake of the song —que ya figuraba en su primer disco con una producción que la deslucía—, en la que Van Zandt argumenta la decisión de lanzarse a la carretera guitarra en mano dejándolo todo atrás, reflexionando de manera sincera e implacable sobre el precio que se paga por renunciar a los propios sueños (“Nada es lo que parece. / Tal vez algún día ella se dé cuenta / de que si renuncia a sus sueños, / sus palabras serán sólo mentiras. / ¿Cuándo comprenderá que, en ese caso, ganar es lo mismo que perder? / Todo lo que ella me ofrece son sus cadenas, / y yo no puedo sino rechazarlas”). En Columbine Van Zandt insiste en la necesidad de no ser avaro en el propio vivir, y en la de soñar para prefigurar el deseo y saltar a por él metiendo ambos pies en la realidad. Waitin’ around to die —otro tema recuperado de su álbum de debut y la primera canción que escribió el tejano— es una de las piezas centrales del disco: un blues en clave folk de hondura estremecedora, el lamento trágico y marginal del solitario que se ve obligado a adoptar la huída como forma de vida hasta que las hostias del destino acaban por hacerle bajar los brazos (“Pero ya he salido de la cárcel, / y por fin he dado con un amigo; / él no bebe, ni roba, ni engaña, ni miente… / Su nombre es Codeína / y es lo mejor que me ha pasado en la vida. / Los dos juntos vamos a esperar, / juntos vamos a sentarnos a esperar / que la muerte nos dé alcance”). En Don’t take it too bad, Townes aligera el tono para darnos un experimentado consejo, en la que es una de las letras más brillantes de la colección (“Pues si te dedicas a buscar / una rima o un motivo, / entonces no tendrás tiempo de hablar / de los lugares en los que has estado, cariño, / de los sitios que han visto tus ojos, / y de lo ligero que el tiempo vuela / y pasa de largo por tu ventana todas las noches…”). Colorado Girl, otro de sus temas más conocidos, es un homenaje, encarnado en una muchacha, a una tierra en la que el tejano gustó de retirarse durante largas temporadas acompañado de su caballo y de su perro. El disco avanza y tenemos la sensación de estar en el salón de casa de un conocido o un vecino, sentados frente a él, compartiendo un vaso de bourbon mientras se confiesa en primera persona o nos cuenta historias anónimas, desgarradas y universales sin impostar un punto la voz, cantando la renuncia agridulce que en ocasiones conlleva el amor (I’ll be here in the morning), o narrando los malabares surreales que el destino hace con las humanas vidas (Fare thee well, Miss Carousel), o entonando un amargo y lírico lamento como punto final a una relación sentimental (None but the rain)…

Tras dos elepés que, aún conteniendo grandísimos temas, resultan algo difusos debido a la producción —especialmente el primero—, en TVZ el tejano dio por fin con un envoltorio sonoro hecho a la medida de sus canciones, a la medida de su sensibilidad como intérprete y compositor. En este disco asombroso no hay lugar para el artificio, la pose o el expresivismo, y el respeto a las raíces —folk, country, blues— cristaliza en una voz sumamente original por auténtica, por creíble y única; la voz de un artista  gigantesco que vivió a conciencia las canciones para cantar, por imperiosa necesidad, el puto blues.

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