‘Noche en la Tierra’ o la historia de una buena película de historias independientes

Nunca me han gustado las películas con una estructura de episodios con historias independientes. En la mayor parte de los casos me parecen la consecuencia del vacío creativo de un cineasta, un recurso tramposo para montar un largometraje sin tener una gran historia. Si el film, para poner peor las cosas, está compuesto por historias de diferentes directores, entonces apaga y vámonos, no son más que una sucesión de cortos —generalmente de escasa calidad, aunque vayan firmados por grandes nombres— totalmente prescindibles, entre los que solo se puede rescatar algún destello mínimo. En ocasiones, sin embargo, algunas de estas películas de episodios independientes, merece la pena, o tiene algún capítulo realmente excepcional. 

Noche en la Tierra : Fine Line FeaturesNoche en la Tierra (1991) / Imagen: Fine Line Features.

Ejemplos: El amor a los 20 años, compuesto por cinco historias dirigidas por Rossellini, Ophüls, Wajda, Ishihara y Truffaut, nos regaló la vuelta de Antoine Doinel, después de verle por última vez en aquella playa de Los cuatrocientos golpes. Rossellini, en seis episodios, construyó un magnífico fresco de la Italia de la Segunda Guerra Mundial en Paisà. Cuando tras la cámara hay un gran cineasta, las opciones de que el experimento salga bien, aumentan, y así lo demostró también Kurosawa, con sus Sueños. Lo mismo hizo Mikhail Kalatozov, en Soy Cuba, el tesoro oculto que fascinó y ayudo a rescatar Martin Scorsese. Scorsese, el mismo que salvó con su aportación uno de estos experimentos de historias independientes, las Historias de Nueva York que dirigieron Woody Allen, cubriendo el expediente, Francis Ford Coppola, naufragando, y el director de Taxi Driver, que hizo que el film merezca estar entre los grandes títulos de la historia del cine solamente por su historia, la intensísima y lírica Apuntes al natural, protagonizada por Nick Nolte y Rosanna Arquette. Pero más allá de algunos títulos como estos, las películas de episodios suelen ser un soberano coñazo, cuando no un fraude absoluto. En ese más allá, cabe destacar a un director que le ha prestado especial atención al formato, Jim Jarmusch, y que lo ha hecho con un acierto general. Convirtió un corto de los años 80, Coffee and Cigarettes, en un film de episodios con el mismo título en 2003; en 1989 ensayó su primer largo de historias por episodios con Mistery Train, consiguiendo que el conjunto resultase equilibrado, y no una solución de corta y pega contra la ausencia de ideas mayores. Pero su do de pecho —aguardentoso y sereno— lo dio entre ambas, en 1991, con las cinco historias de Noche en la Tierra.

Canta Tom Waits, volamos sobre un mapa del mundo, cinco relojes como de lavandería marcan la misma noche en diferentes horarios de Los Angeles, Nueva York, París, Roma y Helsinki. Cinco historias en cinco taxis. Cinco relatos mínimos sobre las relaciones humanas entre extraños, sobre la necesidad de comunicarse, sobre lo imprevisible de la vida, sobre la magia de las noches.

Noche en la Tierra arranca en Los Angeles, con la mejor historia de todas las que vendrán, a pesar de ser la más previsible. Jarmusch comenzó la tanda por lo que mejor conocía, sus parajes americanos de lugares de paso, aeropuertos, carreteras sin mucho tráfico, poniendo palabras en los acentos que le eran familiares, con una jovencísima Winona Ryder y la inmaculada madurez de Gena Rowlands. Winona como una taxista aguerrida y andrógina que enamora por su naturalidad, la Rowlands como una señora ejecutiva de Hollywood. Las migas entre la dispar pareja nos deja el esperado regusto final de un final que es feliz sin ser feliz. Hay que verlo para entenderlo. En Nueva York, la ternura del encuentro entre un joven negro de Brooklyn varado en las aceras de Manhattan, sin taxi que lo quiera llevar a su casa, y un viejo clown alemán que apenas habla inglés, que acaba de llegar a America y que ha conseguido trabajo de taxista aunque no sabe conducir, resultará la más agridulce de las historias. En París, una joven ciega con más mala hostia que nadie y un lacónico taxista de Costa de Marfil intercambian toxicidad y curiosidad, respectivamente, para exponer diferentes formas de soledad en la gran ciudad del amor. En su llegada a Roma, Jarmusch le cede el volante, no solo del taxi, sino de la propia película, a Roberto Benigni, tan sobreactuado o tan él como siempre, en el único episodio puramente cómico, el único en el que no existe simbiosis entre los personajes, donde la gracia del italiano lo ocupa todo y chirría. La noche acaba en Helsinki, en el taxi de un bigotudo padre que arrastra una pena infinita, la que les cuenta a unos borrachos impertinentes para hacerles comprender, paradójicamente mediante la tragedia, que la vida puede no ser tan mala, que puede ser, incluso, maravillosa. En Helsinki Jarmusch nos muestra el amanecer, a cada cual le sorprende con sus miserias o sus sueños, a algunos pensando aún en Winona, porque a fin de cuentas, siempre hay un episodio mejor que los demás en toda peli indie de historias independientes. Es lo bueno y lo malo de esta historia.

A menudo merece la pena recordar que siempre hay excepciones que confirman nuestras reglas más temidas. ¡Que vivan las películas de episodios!

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