Los ‘dulces 80’ de Ken Loach

Ken Loach, a sus 80 años, sigue haciendo películas y recibiendo premios por ellas, como la Palma de Oro de Cannes 2016, por Yo, Daniel Blake. Se le puede considerar uno de los maestros vivos, y activos, del cine. Son pocos los directores octogenarios que se mantienen en activo y, lo más importante, jóvenes y presentes en sus propuestas; junto a Loach, algunos como Woody Allen o Clint Eastwood. Ken Loach dirigió sus primeros films a comienzos de los 60, para la televisión británica, lleva medio siglo trabajando y, como es natural en cualquier carrera artística de tales dimensiones, tiene de todo, obras geniales y obras menores, aciertos y errores. Pero en términos generales, puede decirse que es uno de los grandes. Tiene un sello, y pasará como el gran referente del cine social de finales del XX y comienzos del XXI.

Ken LoachKen Loach / Foto: GNU.

Solo para la gran pantalla, ha dirigido veintiseis largometrajes, hasta Yo, Daniel Blake. El prestigio le llegó al cineasta inglés a partir de 1990. Fue gracias a Cannes —el festival con quien mantiene una larga historia de amor—, en 1990, cuando se llevó el Premio Especial del Jurado por Agenda oculta, un thriller social y periodístico ambientado en las cloacas del Estado británico bajo el contexto del conflicto con Irlanda del Norte. Un año más tarde volvió al festival francés con la historia de Riff Raff —Premio de la Crítica—, el primero de sus reconocidos dramas obreros con dosis de humor para el cambio de siglo. El crisol de films sobre las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera británica ha quedado como muestra representativa del cine de su autor, pero es de justicia reconocer que el talento de Loach no se ha restringido al realismo social de corte costumbrista, sino que se ha demostrado maestro en géneros como el suspense o el drama histórico. Es por eso que poner en valor su Agenda oculta, como primer gran éxito, tiene una importancia fundamental para comprender su carrera. Tal vez por un exceso de ambición ecléctica, por querer contar demasiadas cosas, algunas de las tramas de suspense sociopolítico ideadas por él y su inseparable guionista Paul Laverty, han perdido la fuerza que podrían haber alcanzado de no haber querido fusionar géneros. La canción de Carla, siendo un film aceptable al que se le empiezan a notar las arrugas, adolece de esa indeterminación. La más reciente Route Irish, el drama —casi dramón— de un contratista inglés tímidamente arrepentido por sus trabajos mercenarios en el Irak destruido por la invasión decretada en las Azores, recuerda al Loach de Agenda oculta, consiguiendo que la investigación haga avanzar el drama interior del personaje protagonista, es el Loach más austero, y certero, porque son los hechos los que condicionan la conciencia.

Lloviendo piedras, con su título de terrible belleza y la sencillez de su propuesta en clave neorrealista, es una de las obras maestras indiscutibles del inglés, con la que volvió a recibir el Premio Especial del Jurado en Cannes. Su retrato de los hombres y mujeres de la clase trabajadora más depauperada de Inglaterra, las víctimas del Thatcherismo, fueron y son personajes que el director maneja a la perfección. Bob y Coleen, el matrimonio de Lloviendo Piedras, son tan reales como la madre de cuatro hijos de Ladybird, Ladybird, o como el adorable cartero hincha del United Eric Bishop, de Buscando a Eric, que habla —¿imaginariamente?— con su ídolo Cantona. Aunque los cuarentones y cincuentones de Loach, víctimas de todo tipo de crisis, consecuencias de las propias crisis del sistema, tienen su paradigma indiscutible en Joe —aquel que se presentaba así, en Mi nombre es Joe—, el parado que trata de salir de un camino plagado de agujeros, no interpretado, sino personificado por Peter Mullan —Premio al Mejor Actor en Cannes 1998—. Sin embargo, no son los personajes de adultos ya maduros, de vuelta de todo o casi todo, los únicos perfiles que se imprimen con veracidad en el celuloide del británico. La generación de ‘hermanos pequeños’ de sus héroes más crecidos, los treintañeros de entre siglos, también le salen agraciados en sus retratos de desgracias. La pareja multicultural de Solo un beso, las emprendedoras explotadoras de En un mundo libre, o los ferroviarios de La cuadrilla ofrecen buenas muestras de la cercanía con que Loach y Laverty saben definir sus rasgos. Lo mismo les ocurre al activista norteamericano y a la limpiadora mexicana que protagonizan el film sindical Pan y Rosas, sin importar que el director haga una de sus escasas excursiones fuera de las islas británicas, en este caso a Los Angeles. Y a pesar de que las excursiones, en el espacio y en el tiempo, sean las ocasiones en que Loach se arriesga a salirse de su zona de confort, y acabe por ello metido en lugares que desconoce. No le ocurre en el edificio de oficinas angelinos de Pan y Rosas, ni tampoco en El viento que agita la cebada —Palma de Oro 2006—, donde acierta con el tono, el ritmo y el acercamiento histórico a un tema tan sensible como los orígenes del IRA, dejando una obra maestra absoluta, pero desafina hasta la cacofonía fílmica e histórica en Tierra y Libertad, film sobre la Guerra Civil española, en el que la acostumbrada crítica de maniqueismo de su cine tiene verdadera razón por una vez —es curioso que quienes le acusan habitualmente de tales simplificaciones, lo saludaran en esta ocasión, pero ese es otro tema—. Tierra y Libertad, que adolece, con el paso de los años, como La canción de Carla, de un envejecimiento visual que la acerca al telefilm, se estrella por su enfoque político e histórico, asumiendo los muy denostados —tanto a nivel historiográfico, como político— postulados orwellianos y trotskystas sobre la guerra en España. Y es que Loach acierta cuando deja de lado su ramalazo trotskysta y se dedica a contar historias sobre la realidad que conoce, aquella que le es cercana.

Pero, volviendo a la relación del director con sus personajes, si hay un grupo al que Loach entiende y retrata como nadie, ese son los jóvenes. Puede resultar paradójico que un cineasta anciano conecte de manera tan cercana con las problemáticas y sensibilidades de una juventud que no es la de su generación, que está, de hecho, tan aparentemente alejada de ella. Pero lo hace. En 2012 recibió su enésimo Premio del Jurado de Cannes por La parte de los ángeles, una delicia arrebatadoramente optimista, en la que da un recital de sutil sentido del humor y de sutil sentido del suspense, contando la historia de un grupo de jóvenes descarriados y su humilde gran robo. Menos esperanzada, más cruda, es su gran obra maestra, Sweet Sixteen —Mejor Guión en Cannes 2002—, uno de los melodramas sociales más duros y desasosegantes del nuevo siglo, una radiografía descarnada elegantemente filmada, con algunas de las secuencias más intensas en emociones y significados que se hayan rodado jamás. Ese es el Ken Loach que enamora con su cine duro y social, el eternamente joven, el imprescindible, a sus dulces 80.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies