Leicester, un solo corazón

Todo lo que tiene que ver con Leicester —pronunciado «Lester», ahora lo sabemos—, tiene ya un halo de leyenda, de símbolo. Es una ciudad de unos 300.000 habitantes, situada justo en el centro de Inglaterra, en la intersección ferroviaria que divide el norte del sur del país. Sin embargo, lejos de dividir, Leicester ha unido. El mundo entero ha coincidido en Leicester, en una extraña y excitante cita para soñar despiertos. El año 2016 será recordado en la ciudad por algunos nombres propios, Riyad Mahrez, Jamie Vardy, Claudio Ranieri, y por el título de liga, el primero conseguido en más de 130 años de historia. 

Aficionados del Leicester en el partido contra el Southhampton. d. s. reutersAficionados del Leicester, partido contra el Southhampton / Foto: D.S. Reuters.

El Leicester es uno de esos equipos históricos, pero pequeños, en lo que se refiere a títulos. Un equipo cuya historia recorre las múltiples categorías del fútbol inglés desde hace más de un siglo. Como todos los equipos pequeños, lo es grande en historias. Además, es inglés, por lo que las historias conviven familiarmente con las gestas. En 2013 estaba en la segunda división inglesa, logró clasificarse para los playoffs que daban la posibilidad de pelear por el ascenso a la Premier. La eliminatoria la jugaba contra el Watford, dirigido por Gianfranco Zola —tal vez el más sensible lanzador de faltas que jamás haya pisado un campo de fútbol—. La eliminatoria llegó al tiempo de descuento del partido de vuelta con 2-2, entonces el árbitro pitó un dudoso penalti a favor de los foxes. El veterano portero español Almunia detuvo el penalti y su rechace, y el Watford lanzó un contragolpe impetuoso. Veinte segundos después, el mismo equipo que parecía sentenciado, metía gol y dejaba al Leicester una temporada más en segunda. Era el final más frenético e increíble visto en mucho tiempo. Al año siguiente, el Leicester, levantándose del golpe asestado por el Watford, ganaba la segunda liga inglesa y volvía, después de diez años, a la máxima categoría. Iban a sufrir, por supuesto, pero conseguirían mantenerse en su vuelta, salvándose in extremis, con una extraordinaria racha de victorias en el tramo final de la temporada.

La 2015-2016 no comenzó de una manera agradable. Tras un feo escándalo con tres de sus jugadores de juerga por Tailandia, uno de ellos el propio hijo de Nigel Pearson, el entrenador del equipo, el dueño del club hacía limpia y prescindía del técnico, de su hijo y de los amigos juerguistas. En su lugar fichó a Claudio Ranieri, uno de los tipos más simpáticos que hayan paseado por los banquillos de las grandes ligas europeas, pero también de los menos festejados. Ranieri nunca fue un sinónimo de juego brillante, a todo lo más un buen gestor de vestuarios aguerridos con algún toque estelar. Ranieri es italiano, con todo lo que eso significa en el fútbol, y significa muchas cosas, buenas y malas. En su llegada a Leicester tuvo que enfrentarse a los consabidos prejuicios hacia todo aquello que viene del Calcio. Pero algo pasó. Algo insólito, y hermoso.

Heredaba un equipo hecho de parches, el típico conjunto de jugadores sin más planificación que la de juntar once tipos que no supusieran mucho gasto de dinero. Un equipo de parias. Era difícil encontrar a un jugador en su plantilla que no hubiera pasado por más de cinco o seis equipos, incluidos los más jóvenes, o que estuviera en el tramo final de su carrera, más allá de los 30, o que no hubiese jugado en categorías inferiores en las tres o cuatro temporadas anteriores. Y al frente estaba él, Claudio Ranieri, un hombre sonriente de 63 años que había pasado, en solo cuatro partidos, a la historia de los peores entrenadores de la selección de Grecia. No le habían dejado seguir después de perder contra Islas Feroe. 

Cuando Ranieri llegó sabía que el objetivo era conservar la categoría, sumar 40 puntos y esperar que fuera suficiente a final de temporada. Eso era el éxito. Si podía considerarse que el equipo tenía alguna ‘estrella’, esos eran Riyad Mahrez y Jamie Vardy. Estamos hablando de un jugador, el argelino criado en los suburbios de París, que dos años antes estaba jugando en la segunda división francesa; y de otro, Vardy, un arquetípico buscalíos inglés, que cinco atrás trabajaba en una fábrica y jugaba en la séptima división inglesa. En abril de 2016, sin embargo, el Leicester sumaba 69 puntos y lideraba la Premier. Mahrez iba camino de ser elegido el mejor jugador de la temporada, y Vardy de disputarse el trofeo al máximo goleador de la liga. Mahrez tiene la exquisitez de la calle, la imaginación de quien ha jugado en terrenos de juego que no eran terrenos de juego. Pasa y regatea, tiene gol, y lo hace todo con esa facilidad de quienes están acostumbrados a improvisar en situaciones difíciles. Vardy tiene técnica, pero no es un esteta. Si puede tirar, tira. Si no puede tirar, también tira. Si tiene que fingir un penalti, lo finge. Y si se lo pitan, cuando lo lanza lo hace como si quisiera matar al portero. Toma veloz carrera y chuta fuerte y alto, con rabia. Pareciera que disparase ante un pelotón de fusilamiento, movido por una atávica venganza. 

Era abril y, entonces, Ranieri escribió una carta, publicada por la revista deportiva The Player Tribune, donde trataba de explicar, al mundo y a sí mismo, qué estaba pasando. La carta se titulaba Nosotros no soñamos. Cuenta en ella el recuerdo de su primer entrenamiento en Leicester, lo que se encontró y la sensación que tuvo: “Jugadores que fueron considerados demasiado bajos o demasiado lentos para otros grandes clubes. N’Golo Kanté. Jamie Vardy. Wes Morgan. Danny Drinkwater. Riyad Mahrez. Cuando dirigí mi primer entrenamiento y vi la calidad de estos jugadores, supe lo buenos que podían llegar a ser”. Cuando Ranieri escribió su carta quedaban seis partidos para el final de la liga, y decía: “Este es un club pequeño que está mostrando al mundo lo que se puede lograr con espíritu y determinación. Veintiséis jugadores. Veintiséis cerebros diferentes. Pero solo un corazón. Hace solo unos años, muchos de mis jugadores estaban en las divisiones inferiores. Vardy trabajaba en una fábrica. Kanté estaba en la tercera división francesa. Y Mahrez en la cuarta. Ahora estamos luchando por un título. Los hinchas del Leicester que me encuentro por la calle me dicen que están soñando. Pero yo les respondo: «Bien, sueñen por nosotros. Nosotros no soñamos. Simplemente trabajamos duro». Un mes después, el Leicester se proclamó campeón de la Premier. El sueño se había hecho realidad. Al fin los parias habían vencido.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies