La irresistible belleza de la heroína afgana

Cuando llegaron a casa aquel inusual mes de enero en el que las moscas y otros insectos aún burbujeaban renqueantes entre las migas olvidadas del pan, Otra ya les estaba esperando preparada para el gozo, como una de esas farmacias que sin estar de guardia abren veinticuatro horas.

     ―Habéis tardado, llevo rato esperando ―reprochó con un cansancio que no anulaba ni un ápice su atractivo―. El trayecto ha sido largo y un tanto tortuoso ―informó con hastío―. Pero ha sido bonito viajar, aun sin poder apreciar los encantos del paisaje.

AFGHANISTAN. Takhar district. Opium poppies. 1998.Afganistán, fotografía de Chris Steele-Perkins, Magnum Photos.

Ella y Él pidieron disculpas, la rodearon y olisquearon como dos perros en celo, Otra reía loca. El deseo recién descubierto en los ojos de aquella pareja le provocaba risa, y sueño, y hambre, y no podía haber nada en el mundo que la hiciera más feliz que aquellos rostros que la miraban sedientos, y aquellos brazos flacos que la buscaban ansiosos rozando su entrepierna.

Ella y Él se miraron con complicidad, aunque no hacía más de cuatro días que estaban juntos sin dejar correr el aire, a ellos les sobraban las palabras, y les faltaban bocas.

     ―No sé si seré suficiente para los dos ―les dijo sonriendo Otra, como pidiendo perdón por presenciar el vaivén de mensajes silenciosos, tan íntimo, que sólo presenciarlo provocaba pudor.

     ―Tú siempre eres suficiente. Nunca bastante ―dijo Él mirándole los ojos blancos―. Como Ella ―rió Él.

     ―Yo me conformo con poco ―apostilló Ella.

     ―¡Sois unos fáciles! ―sonreía Otra insolente, a la vez que era invitada a sentarse en la mesa de aquel modesto y desordenado salón.

     ―Voy a… ―informó Él.

     ―Date prisa ―pidió Ella.

     ―Tienes ganas ¿eh? ―respondió Él.

Al poco llegaba un gran estruendo de la cocina, Él rebuscaba sin tregua en los cajones una cuchara.

     ―No deberías de hacerme esperar más ―le chilló Ella como una niña contrariada.

     ―¡Ansiosa! ¡Eres una ansiosa!

     ―¡Lento!

Ella se sentó en el sofá, apoyó lentamente su espalda en el respaldo, y suspiró con ruido.

No debía, algo le decía que no debía entregarse a esos pequeños placeres. Se descalzó. Posó los pies cansados sobre la mesa. ¡No debería de hacer tantas cosas! No quería pensar, odiaba pensar, pensar era siempre una carretera con curvas al acecho para desviarla del camino. La sacó de sus pensamientos un beso al azar en el medio de la cabeza, uno de esos besos inocentes que sólo reciben los niños desdentados, y quizá los aún muy inocentes.

     ―No pienses tanto. Ahora vengo. No toques nada que te voy conociendo ―advirtió Él mientras se alejaba hacia el baño.

Ella como un resorte incorporó la espalda, y no pudo evitar comenzar a desnudar a Otra con el pensamiento. Se dirigió a la vieja cadena de música, a pesar de llevar años sin tener una a disposición, aún recordaba cómo funcionaban. No pudo evitar desvestir a Otra con la mirada. Había un CD puesto, no le sonaban ni disco ni cantante, pero decidió que el aparato hiciera su particular selección… “de la magia a la oscura esclavitud”.

     ―Bonita canción ―opinó Otra.

     ―Suena bien. Bella letra ―respondió Ella.

     ―Tenemos los mismos gustos.

     ―Parece que estamos hechas la una para la otra ―bailó Ella con la lengua.

     ―Sólo piensas en verme desnuda ―rió Otra.

     ―No creas.

     ―Lo leo en tu mirada, y en cómo tiemblan tus labios cuando me contemplas ―replicó sensualmente Otra.

     ―Me conoces bien.

     ―Desnúdame ―pidió Otra.

     ―Mejor esperar por Él para la fiesta.

     ―Podemos hacer alguna travesura antes ―contestó y comenzó a tararear―.  “Ahora sé que cualquiera llorará más que tú, en mi…”

     ―Está bien ―dijo Ella y comenzó a desabrochar despacio la plata del vestido de Otra, intentando que no crujiese al irse desprendiendo del cuerpo―. Tienes la piel más blanca que he visto nunca.

     ―Soy pura.

     ―No sé si voy a poder resistir la tentación, eres tan hermosa ―declaró Ella con la boca llena de agua con limón.

     ―No resistas. Entrégate.

     ―Iré despacio ―informó Ella. Comenzó a chupar el dedo índice de su mano derecha para posteriormente pasarlo a ras de Otra―. Sabes amarga, como esas naranjas ácidas que arrancan del árbol a destiempo.

     ―¡Qué bonito! Tus ojos son dos túneles para absorber la vida ―sonrió Otra―. Yo también soy poeta.

     ―Tienes razón. Me la como a bocados grandes. ¿Sabes? Tengo mis estudios ―respondió volviendo a rozar con el índice húmedo su cuerpo―. Eres perfecta, tu sabor, tu olor. Toca mi corazón ―le pide mientras lleva su mano derecha al lugar de su cuerpo donde éste se ubica―. ¿Lo sientes? ―Bon bon bon―. Sólo pensar en tenerte dentro hace que se le acelere el paso ―rió dando un par de saltos de baile.

Una voz masculina las interrumpe.

     ―¿Empezando la fiesta sin mí? ―preguntó Él mientras se dirigía donde ambas le aguardaban.

     ―Mírala ¡está tan bonita que no he podido resistirme! ―contestó Ella nerviosa con el corazón brincando.

     ―Eres una viciosa.

     ―No lo sabes bien ―respondió somnolienta.

     ―Te voy conociendo ―dijo, mientras comenzaba el fácil acceso a la Otra dama.

     ―¿Está? ―preguntó Ella reposando la espalda nuevamente en el sofá.

     ―Un minuto y es tuya ―dijo Él.

     ―No quiero pensar ―dijo Ella―. No quiero pensar nunca.

     ―Por tus no pensamientos ―brindó Él.

     ―Y ver, tampoco quiero ver.

     ―Brindemos también por tus no visiones.

Y comenzó la ceremonia de amarse y besar el horizonte del mundo allí donde todo es precipicio. Otra entró en su vena con savia nueva, las sienes estallaron, la paz dejó de ser un conjunto vacío y comenzó a llenarse de momentos ya pasados y perdidos para siempre, el sopor y el olvido la invadían, aquel era un sueño del que no quería despertar nunca, y una voz chiquita rogaba al destino que cumpliese sus más íntimos deseos.

El día siguiente amaneció sol con lluvia ligera. Algunas moscas sobrevivieron. De Otra sólo quedó sequedad de boca y el vestido abandonado. Ella parecía no respirar.

Él decidió salir a la calle para reponer fuerzas, en alguna esquina le estaría esperando una promesa afgana para poder seguir. La calle olía a tierra y pólvora mojada, y estaba vacía, más vacía de lo que nunca había estado ninguna calle.

Decidió volver a casa.

Llamar al 112.

Era urgente. ♦︎

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