Joseph Conrad, el gentleman polaco

Joseph Conrad, 1923. Foto: Bettman/Corbis.

Bertrand Russell relata una anécdota sobre su último encuentro (que no fue tal encuentro) con Joseph Conrad. Iba Russell por una calle de Londres y en la acera de enfrente vio a Conrad y tuvo el impulso de cruzar la calzada para saludarle y charlar porque le apreciaba mucho, pero Conrad estaba hablando animadamente con otra persona, y, para no ser indiscreto, siguió su camino. Unas semanas después, murió Conrad. Este episodio mínimo, además de poner de manifiesto la exquisita delicadeza de Bertrand Russell, muestra algo de lo que hay en la palabra gentleman. Y ambos, tan distantes en ideas y comportamientos, lo eran. Dos caballeros victorianos, con todo lo que de positivo y de negativo puede haber detrás.

Conrad, inmigrante polaco de adopción inglesa, es un exponente singular de la literatura británica. La mayor parte de sus novelas (hay alguna excepción) pueden leerse como productos naturales de esta literatura, fruto de la gran tradición novelística del siglo XIX en la que en esa isla se fragua el segundo gran empujón al género, tras su invención en El Quijote. Pero en Conrad hay algo más que no se puede perder de vista. Si bien sus novelas son novelas inglesas en toda la acepción de la palabra, en ellas hay algo que a veces no suena demasiado inglés. No sé nada de la vida íntima de Conrad, ni mucho menos de lo que pudieron ser sus ideas religiosas, pero vislumbro en su obra la huella del catolicismo polaco, tan atemperado como se quiera, en la permanente presencia de los sentimientos de culpa y expiación.



Naturalmente, el ejemplo clásico es Lord Jim, que no sólo es la obra maestra de Conrad, sino también una de las grandes novelas de la literatura universal. La culpa que Jim purga tan duramente a lo largo de su vida es consecuencia de un acto irreflexivo en un momento de confusión colectiva, aunque desde luego un acto objetivamente culpable, del que él no acepta las salidas más o menos presentables, no demasiado honorables, que se le proponen.  Salidas cuyo rechazo le enfrenta con la sociedad, que hubiera preferido un silencio decoroso. Finalmente redimido, acabará pagando con su propia vida su segunda culpa, ésta sí consciente, que es aceptar el honor de los que no tienen honor y causar muerte y dolor a terceros por ello. Una vez más, un relato extremadamente complejo en el marco de escenarios y aventuras exóticos.

Los mismos elementos están presentes en Victoria, en cierta medida secuela de Lord Jim, que es, por encima de todo, una hermosa, triste y atípica historia de amor. Con un personaje desarraigado, posiblemente familiar del protagonista de El vagabundo de las islas, que a uno se le antoja reflejo del desarraigo del propio autor. Un autor que busca amargamente sus raíces en los pocos relatos menos británicos, como Bajo la mirada de Occidente, o en la inmensidad de un mar no necesariamente acogedor, como en La línea de sombra

Tocó géneros muy variados, también el de los servicios secretos y su relación con el terrorismo individual, tan vigente en la época en que vivió. Pero cuando así lo hizo, en El agente secreto, inundó su denuncia de estos males con la ternura y las miserias de los seres humanos que andaban por en medio. Es la historia de esa mujer, cónyuge del terrorista y hermana de la víctima inocente del atentado, víctima a su vez de todo, lo que queda de esta dura novela, cuyo triste y lógico final Alfred Hitchcock dulcificó en la buena película que hizo sobre su argumento en 1936 (Sabotaje). Y eso que Hitchcock no era de dulcificar demasiado las cosas.

Conrad había asumido íntegramente (ya se ha dicho) la personalidad y los valores británicos en un sentido profundamente conservador, y así se manifiesta en los dos o tres relatos en que aborda la revolución francesa, lo que hace sin matices, en una postura totalmente inglesa, y sin que ello repercuta en la calidad de las obras. A destacar entre ellas Los duelistas, llevada muy bien al cine por Ridley Scott en su ópera prima, en la que el personaje que encarna los valores napoleónicos es un auténtico ejemplar de violencia histérica. Pero ello no desmerece sus valores artísticos. Aunque aquí sí que puede haber una cierta contradicción con el origen polaco del autor. 

En donde más se muestra su profundo espíritu inglés es en las obras en que aborda directamente el tema del colonialismo, en una época, es necesario recordarlo, en que el imperialismo estaba en su máximo apogeo. En el inolvidable Nostromo, no deja de poner de manifiesto la contradicción que existe entre el efecto civilizador que proporciona el dominio anglosajón de las fuentes de riqueza del país (las minas de plata) y la incompetencia, corrupción, y ambiciones personales de los dirigentes nativos, en este caso sudamericanos. No obstante, lo que más queda de esta magnífica novela no es la figura de su audaz protagonista, que la da nombre, ni los políticos y revolucionarios retratados con auténtica crueldad, sino la patética señora Gould, la delicada dama inglesa, “la más rica, bondadosa y solitaria de las mujeres”, de la que su impecable y altruista marido hace tan poco caso, obsesionado por sus objetivos políticos y empresariales. Y a la que ama en silencio el estrafalario médico inglés, ya apátrida y no aceptado por unos ni por otros.  

Son innumerables sus relatos que suceden en ambientes exóticos sometidos a la presencia dominante europea, aunque, a diferencia de Kipling, la imagen que suele dar de esos “hombres blancos que soportan su carga” no es condescendiente, sino que está trufada de miserias, torpezas y crueldades. Pero es en El corazón de las tinieblas en el que merece la pena detenerse, aunque al ser una de las obras que más han sido comentadas en el siglo XX parezca atrevimiento hacerlo. Y para ello conviene, en primer lugar, olvidar de momento el estupendo desarrollo de ella que hizo Francis Ford Coppola en Apocalyse now, una de las mejores películas de la historia del cine. 

El corazón de las tinieblas cuenta el viaje de Marlow (alter ego de Conrad que aparece en muchas de sus historias) a lo largo del río Congo para alcanzar la “estación interior” en que ejerce su bárbaro dominio el agente Kurtz y, según las instrucciones recibidas, neutralizarlo. Sin embargo, Kurtz ha sido un ejemplar empleado del poder, si eso se mide en los resultados obtenidos en términos de marfil recolectado. No sabemos muy bien qué informes han conseguido llegar sobre su comportamiento, pero éstos han debido ser verdaderamente terribles. Así, Marlow recibe su encomienda en la “ciudad gris”  (Bruselas) y emprende su periplo hacia el horror. Y, por el camino, observa y relata. Todo lo que nos cuenta Marlow nos va preparando para el encuentro con su consecuencia natural que es el espantoso régimen instaurado por Kurtz. Empezando por el bombardeo indiscriminado de la costa por un buque de guerra francés, y siguiendo con la estúpida frivolidad de los compañeros de viaje en el pequeño vapor fluvial, o las conversaciones de los pulcros funcionarios encontrados a medio camino, y el contraste con el espectáculo del tratamiento que se da a los nativos en cuanto se ve del recorrido. Todo está enlazado coherentemente, sin que lo parezca, que es el mérito del buen escribir. Por ello el encuentro final de Marlow con Kurtz no es un choque brutal, sino una especie de “resumen y conclusiones”.   

El grito final de Kurtz moribundo, ¡El horror!, es la síntesis de cómo se han aunado la barbarie primitiva del África más profunda con la barbarie civilizada de los métodos de colonización belga. En su breve relato, cada una de cuyas palabras tiene significado, denuncia con crudeza la forma en que se produjo tal colonización, y así ha quedado para la memoria. Sin embargo, hay un matiz que no se puede perder de vista, que es el hecho de que no se pone en cuestión la licitud de fondo del proceso, sino los métodos empleados. Queda en pie el derecho de los pueblos europeos a beneficiarse de unos recursos naturales cuyos propietarios reales no saben poner en valor. Y tampoco se trata aquí de juzgar escritos de hace cien años con criterios que hoy parecen evidentes, sino de dejar constancia de las mentalidades con que se abordaban las cosas, que eran mucho más complejas que como se pueden ver ahora.

Lo que subyace a este libro de Conrad es la comparación, nunca explícita y es posible que subconsciente para el autor, entre los salvajes procedimientos de Leopoldo de Bélgica en el Congo y la ordenada (y hay que decir que bastante inteligente) administración inglesa de la India. Dos formas muy diferentes de hacer las cosas, y en cuyos entresijos desde el punto de vista de las sensibilidades políticas actuales no es el momento de entrar. La cuestión que aquí se quiere ilustrar es que la actitud de Conrad, polaco cuando no existía Polonia como estado y por ello muy consciente de lo que es una sociedad sin derechos, pero recriado en el Támesis, es la de un auténtico gentleman, en el estricto sentido de la palabra, sin poner en discusión los principios aceptados por el mundo al que se debe, pero rechazando las formas crueles con que algunos dicen representarlos. 

Leer a Conrad es un placer para cualquier persona que disfrute leyendo, pero es también una propuesta de matices que la lectura lenta, atenta y repetida nos permite ir descubriendo. Y no deja de ser curioso, teniendo en cuenta la mentalidad  británica y su ensimismamiento respecto al exterior, que una de las cumbres de la literatura inglesa se deba a un autor eslavo que aprendió el idioma en edad adulta.

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