Hitler, banderas y el siglo XIX

Hay semanas que parecen convocarse secretas olimpiadas de la ignominia, y el reaccionario coro de la estulticia (o el estulto coro de la reacción) se pone a competir entre sí por las medallas al mérito fascistoide. 

A Bertín Osborne le entrevistaron en la revista Vanity Fair, le preguntaron cuál sería su entrevista soñada, y dijo: “sería la de Hitler”. A continuación, le preguntaron si entrevistaría a Nicolas Maduro, y dijo: “A sinvergüenzas y delincuentes procuro no tenerlos cerca, y entrevistarlos, menos”. Con Maduro no, pero con Hitler, claro, se pondría a investigar cómo se enciende la vitrocerámica, en plan de risas. Es el calado político, indisimulado, de quien ha sido líder de audiencia en la televisión pública este pasado año. Lo dice todo del medio televisivo en España.

Concepción Dancausa, Delegada del Gobierno en Madrid, ha sido también una enérgica competidora esta semana en las olimpiadas de la ignominia. Un juez le ha terminado por quitar la razón, pero disfrutó de sus días de fama con una apuesta de las grandes: prohibir el paso y exhibición de esteladas en la final de la Copa del Rey, que se celebra en el Vicente Calderón. No fue su único demarraje durante la semana. La imagen de banderas independentistas catalanas en las gradas del Calderón la soliviantaron, pero la imagen de banderas nazis ondeando por el centro de Madrid no lo hizo. Dancausa autorizó una manifestación neonazi para la tarde del sábado 21 de mayo, que recorrió la Gran Vía desde Plaza de España hasta Malasaña —¡hasta Malasaña!— con gritos contra los refugiados y saludos fascistas. Es el ejemplo más claro de la connivencia necesaria de los gobiernos del capital con el fascismo, y de la deriva represiva del sistema en momentos de crisis estructural.

Y por último, Juan Rosell, para ir de menos a más en la jerarquía del bloque de poder. El presidente de la CEOE abrió la semana afirmando que “el trabajo fijo y seguro” es “un concepto del siglo XIX”. Es el director del coro y marca el tempo de su orquesta. Dirige con el semblante cansado y arrogante de quien no ha trabajado en su vida, de quien no ha vivido más que de explotar el trabajo de otros. Conoce bien los mecanismos del capital, y sabe por eso que para seguir manteniendo su posición de poder, todos aquellos que son de la clase que no es la suya, deben seguir perdiendo derechos. El capital del siglo XXI necesita trabajadores del siglo XIX, cuando no había puestos fijos y estables, por supuesto. El capital necesita, ante todo, trabajadores que no crean, y que no luchen, con y por derechos perseguidos y conquistados desde ese siglo XIX al que el señor Rosell hace referencia. Las declaraciones de Rosell vienen a completar la antología de frases célebres del jefe de la patronal española en los últimos años, se suman a aquellas del “ojalá convenciéramos a los que tienen contrato indefinido de que se bajaran ciertos de sus derechos para que los pudiéramos incrementar a los temporales”, y a las de la crisis que acabará cuando los parados “quieran y luchen para tener” un puesto de trabajo. 

Rosell, Dancausa y Osborne dibujan de manera muy gráfica el sistema de la España actual. El gran poder económico que determina las condiciones de vida y trabajo del 99% de la población, el brazo político policial del Estado que ordena las expresiones ideológicas permitidas y no permitidas, en función de los intereses económicos de ese poder empresarial, y por último el altavoz mediático de subyugación ideológica que configuran los grandes medios de la comunicación. La orquesta, aunque chirría, aunque tiene ecos de aullidos, ha ensayado mucho e interpreta su lúgubre concierto con magistral coordinación. O empezamos a sabotearles los ensayos y los recitales o la música oficial nos va a dejar sordos y mudos.

22 de mayo, 2016.

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