Finales de Champions, magníficas tragedias

Wembley, 1992, minuto 111: Ronald Koeman mete el último gol de la Copa de Europa. El gol de falta directa del holandés de la cintura errante pero el pie certero le daba al FC Barcelona su primer gran título europeo. Y de paso cerraba una etapa y abría otra en la gran competición europea de clubes. La siguiente temporada, 92/93, sería la primera en disputarse la Liga de Campeones, con tal nombre. El cambio de formato vino a darle cierta épica grandilocuente y un impulso comercial a la otrora Copa de Europa. Para quienes somos aficionados de ‘equipos pequeños’, aquellos para los que es casi imposible disputar competiciones internacionales, como consecuencia de la deriva monopólica del fútbol moderno, la Champions tiene un sabor contradictorio: por un lado, lamentamos y nos indignamos por la plural dictadura de los siete u ocho equipos que dominan la competición desde que existe, pero por otra parte, una vez asumido que no nos tocará sufrir por nuestros colores, disfrutamos muy objetivamente del juego desplegado por unos y otros. Nuestra pasión se racionaliza, poco importa quién gane o pierda, porque ninguno son los nuestros, así que solo podemos disfrutar del puro espectáculo. Y reconozcámoslo, espectáculo, en estas algo más de dos décadas de Champions League, ha habido un rato. El bueno de Koeman, con su gol en los estertores de la última final de la antigua Copa de Europa, dio el pistoletazo —más bien el cañonazo— de salida a una época en la que las finales de la máxima competición europea iban a dejar partidos épicos, de intenso dramatismo, partidos en los que la tensión es tanta que se acaban resolviendo por una genialidad, o por un arrebato en los últimos minutos. La alegría y la tristeza chocando, la tragedia (sin importancia) del fútbol, magnífico teatro, jam intensa, baile campal o batalla de salón.

Pierluigi Collina Bayern MunichEl árbitro Pierluigi Collina, ayudando a recomponerse a los jugadores del Bayern en la final de la Champions de 1999 / Foto: Alex Livesey/Getty.

El Milan jugó contra el Olympique de Marsella la primera final Champions, la primera de tres consecutivas del mítico equipo post Sacchi, dirigido por Fabio Capello. El Milan perdió contra el Olympique, se desquitó al año siguiente metiéndole un 4-0 al Barça, pero volvió a caer en el 95, saludando a uno de esos equipos que son parte de la historia reciente del fútbol, el Ajax de los Rikjard, de Boer, Seedorf, Davids, Overmars, Finidi, Litmanen, Kanu y un jovencísimo Patrick Kluivert, el chaval de 18 años que salió del banquillo en esa final para meter el gol de la victoria a cinco minutos del final. El mismo equipo perdería la final del año siguiente en la tanda de penaltis ante la Juventus, una tanda en la que Kluivert no llegó a tirar, y que supuso la diáspora continental de una plantilla rebosante de talento. La Juve, como si de un conjuro se tratara, tomó el relevo de los equipos consecutivamente presentes en la final de la Champions, aunque acabara cayendo derrotado, primero ante el Borussia del enorme Matthias Sammer, y luego para pasar a la historia del Real Madrid, como víctima de su largamente esperada séptima ‘Copa de Europa’.

Las cosas cambiaron para la temporada 98/99, y un partido de aquel curso quedó grabado para siempre en la memoria de los aficionados al fútbol. Fue el gran día de la Champions, quizás el más importante de su historia, la noche que la consagró como la mejor competición del mundo. A nivel de juego no fue destacable, pero la final de la Champions de 1999, entre el Manchester United y el Bayern de Munich, pasará a la historia como uno de los ejemplos de la maravillosa intensidad emocional de este deporte. Los alemanes arrastraban aún la antipatía de un fútbol ordenado y victorioso, los Diablos Rojos venían de una crisis de muchos años sin títulos, que les había conferido la simpatía que reciben quienes habitan el mundo de los comunes derrotados. Pero, más allá de prejuicios, la final no parecía prometer demasiadas pasiones. El guión se cumplía, los alemanes metieron nada más empezar el partido y el encuentro se convirtió en un estéril toma y daca sin demasiadas ocasiones, aunque con un par de palos que hacían presagiar que al Bayern no se le podía escapar el título, un partido disputado en la pizarra, donde los de Munich ganaban. Hasta el minuto 91, cuando Sheringham remachó una mala volea de Giggs. Todo parecía ir a prórroga, con gol de oro. Pero un minuto más tarde, con el United desatado, Beckham sacó un corner poniéndola como solo él sabía, la pelota se internó como un obús teledirigido en pleno corazón del área pequeña y Solskjaer la empujó a gol. La euforia y el llanto se expandieron por el Camp Nou como pocas veces se recuerda sobre un campo de fútbol. La imagen de Pierluigi Collina levantando a los defensas del Bayern, derruidos anímicamente, llorando o extraviados en la confusión como un boxeador noqueado o un soldado después de una explosión cercana, está en la historia del fútbol. El desenlace de la final del 99 supuso un espaldarazo para la Champions, nunca una victoria había resultado tan cruel, una derrota tan patética, fue un espectáculo tan asimilable a la vida, en abstracto, que embriagaba. En lo meramente deportivo lo que quedaba fue la promesa de ver el mejor partido del año cada vez que llegaba la final de la Liga de Campeones. 

En 2001, el Valencia concentró las dos recientes tradiciones de la competición, la de llegar al menos dos años seguidos a la final, y la de perderla en el último suspiro, o más allá, incluso, en la tanda de penaltis. Fue precisamente ante el Bayern, que se recuperaba así del trauma del United en Barcelona, cuando el Valencia perdió su segunda final consecutiva. Juve y Milan se jugarían la Copa en la fatídica tanda dos años después, con suerte para los rossoneros. Entre medias no hubo un final de infarto, pero sí un gol de imfarto, la volea de Zidane al Leverkusen, una de esas genialidades que son, en cierta forma, también arrebatos, pero individuales, no colectivos. Las veces que la final se ha decidido por penaltis no han sido pocas desde entonces, el United le birlo el título al Chelsea en 2007, a pesar del fallo de Cristiano Ronaldo desde los once metros; y los blues se sacaron la espina en 2012, ante el Bayern —cómo no—, con gol en el 88 de Drogba, que hacía el empate y permitía el acierto desde los once metros en el penalti decisivo del omnipresente delantero africano. Pero ninguna resolución por penaltis igualará a la de la final de 2005, entre el Milan y el Liverpool, uno de esos partidos con tantos ingredientes para disfrutar de él, que casi saturan. El Milan se fue al descanso con 3-0 a su favor, dejando unos Reds cabizbajos y derrotados; lo que ocurrió en los quince minutos de descanso en el vestuario del Liverpool es germen de leyenda, porque el equipo capitaneado por Steven Gerrard salió al campo transformado en un vendaval que arrasó a la escuadra italiana hasta conseguir empatar el marcador. Durante la prórroga se mantuvo el 3-3. Antes de llegar a los penaltis, la grada roja enmudeció al estadio entero entonando el You’ll never walk alone, y luego, como suele ser habitual en estas lides, los cracks fallaron, Serginho, Pirlo y Shevchenko no consiguieron batir a Dudek, y el Liverpool obró una de esas remontadas históricas, que solo parecen posibles en una final de Champions. 

La última de las grandes noches trágicas tuvo lugar en Lisboa, en 2014, de doloroso recuerdo para los aficionados colchoneros. Los astros habían querido que, en la vuelta a una final de Copa de Europa, después de cuarenta años, el Atlético de Madrid se las tuviera que ver con su máximo rival, el Real Madrid. Por la otra parte, la jugada del destino no era menos llamativa, pues los merengues optaban a su décima Copa teniendo enfrente al rival más peligroso, por íntimo. El resultado, 4-1 a favor del Real, después de más de dos horas de juego, no refleja lo que fue el encuentro. El Atlético vio materializado su sueño de conquistar su primera Copa de Europa y hacerlo ante el máximo rival durante más de una hora, desde que Godín marcara en el 36 de la primera parte, hasta el minuto 93, cuando en el último suspiro del partido Sergio Ramos cabeceó a la red un corner puesto por Modric. Quienes vimos la final de la Champions libres de la subjetividad de pertenecer a una de las hinchadas en contienda, nos sentimos un poco derrotados cuando vimos cristalizarse la desilusión de los atléticos en Lisboa, igual que nos sentimos conmovidos por los defensas del Bayern rendidos sobre el césped en el 99, incluso habiendo festejado el gol de Solskjaer. Después del gol de Ramos todo el mundo sabía que se había desatado el drama, faltaba la prórroga pero ya todos sabíamos que el Atleti no ganaría esa final, tal vez la última persona que no se dio cuenta a tiempo de aquello fuera Cristiano, a juzgar por su celebración al hacer el intrascendente cuarto gol de los blancos. Siguiendo una de esas tradiciones recientes de la Champions, en las que los equipos se disputan ciclos de dominación y se vuelven a encontrar en el camino al poco de que uno festeje y otro llore, el Atlético de Madrid y el Real Madrid se disputarán la orejona, de nuevo, dos años después de Lisboa. Veremos qué tipo de final nos deparan, qué tipo de arrebatos y otros excesos se convierten en historias. Volveremos para contarlo a continuación de estas líneas.

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Actualizado el 29 de mayo de 2016.

Prometimos volver para contar cómo fue la final de la Champions 2016 entre Atlético y Real Madrid. Y aquí estamos, pero unas líneas más no valen para relatar la última magnífica tragedia de esta gran competición. Le hemos dedicado un crónica propia: Como la vida misma.

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