Eloy de la Iglesia y la Transición que no fue: la marginalidad hecha poesía

Imagínense, los biempensantes de turno con la mandíbula a todo desencajar. Persignándose y blasfemando al que decían iba para Fassbinder patrio. Casi no habían terminado de hacerse el harakiri los procuradores franquistas —o los muertos, como Gila para no ser fusilado por un escuadrón de fascistas con una melopea de consideración—, cuando se estrena La criatura. La cinta, como decía alguna crítica del momento, venía a expresar que es preferible hacerlo con un perro a tener un marido de Alianza Popular.

Eloy de la Iglesia se sabía un cineasta inoportuno, el que grababa sobre el tema que se había convenido no tocar, como reconocía con un cierto orgullo. Fíjense. Acumulaba más de un lustro de militancia en el PCE,  incluso había sido abajofirmante para un manifiesto publicado en Diario 16 con el rótulo: ¡Votan comunista! Lo acompañaban Marisol y Ana Belén, eran las elecciones constituyentes del 77. 

Eloy de la Iglesia - El picoImagen de El pico (1983), dirigida por Eloy de la Iglesia / Imagen: Ópalo Films.

Pues bien, ni la llegada de la Pasionaria impidió que viese la luz El Diputado. Allí se encarga, bien encargado, de denunciar con vinagre lo que consideraba una lacra del izquierdismo de la época: una homofobia tácita, que hacía que un político tuviese que elegir entre salir del armario o salir del partido. Pero no se piensen, tuvo la cortesía de invitar a Carrillo y camaradas al estreno, aunque no sabemos si esa noche hubo muertes en el Comité Central, como si de una escena noir de Vázquez Montalbán se tratase.

Y es que si la Transición fue sobre todo un período de tabúes, de palabras non natas por temor al que las viese venir al mundo, sus películas eran un oasis de apostasía al sagrario del consenso. Herejías al relato que actuaba como un tótem que no admitía, que castigaba con severidad los cismas y sus disidentes. Una obra que transitaba por los márgenes de la historia, de las historias, alejada de los que podían prometer y prometían. 

Porque continuaba pensando un cine clandestino, a cara descubierta. Sus cintas eran panfletos —tan convulsos, tan pendencieros, tan anónimos— que se mofaban de la artisticidad de los que mostraban la transición como un edén. El cartel de La otra alcoba es un buen ejemplo. Muestra a  dos amantes de distinta categoría social, Amparo Muñoz y Patxi Andión, faltos de ropa en la habitación de una de esas pensiones que comen caliente a costa de la bondad de los adúlteros. Poco glamuroso para la época, dirán. Más que eso, ahora que en la fábrica ya no hay lucha entre clases, los vencidos de la paz social alcanzarán la venganza en el lecho conyugal. En el ajeno. Y los desposeídos, que están hartos como Andión de siempre perder, se reconfortan como pueden. 

“La derecha va mal follada”, aullaban entonces los seguidores de Eloy. La impotencia histórica de unos, por la sexual de otros. Por eso en La mujer del ministro, que por cierto es de la UCD, el jardinero se encarga de algo más que regar las plantas y enajena su cuerpo a la consorte del político, pues al fin y al cabo era lo único que podía vender. 

Como no tendrán problema en advertir, poco tienen que ver estas narraciones con la línea del Nuevo Cine Español que promueve Fraga. El Napoleón español, según algún periodista con mala uva de La Voz de Galicia. Tampoco con la monopolización de la pantalla por una clase media que compra frigoríficos, neveras y televisores, y se va a vivir masivamente a chalets en el campo, como cuenta José Luís Garci en Las nuevas praderas

Hay otra transición (o no). Ajena a proyecciones emitidas a media tarde por La 2.  Fuera de la Moncloa de Adolfo Suárez, lejos de la abuela de Cuéntame y allí donde no se escucharon los disparos de un títere abigotado en el Congreso. Es una democracia sin fetiche, la de los barrios suburbiales con desempleo estructural antes y después de que el de El Ferrol se apagase. 

Tampoco tenía demasiado que ver con eso que llamaron una revolución dulce y radical, una Movida que descansaba en la insumisión estética. Así encontraron algunos —los menos— la libertad  en lo extravagante de su vestir, en un hedonismo que se compraba y no se tenía, y no todos podían pagar. Eran los más. 

José Luís Manzano interpreto a muchos de ellos. De muchachos que no consumían rebeldía, y gastaban en un pico, o en dos, las venas del tiempo. Navajeros y colegas, que encontraron el amor en un estanco que atendía la Verdú.  Y donde no había libertad sin ira, que cantaban los Jarcha después de hacerle una opereta a José Antonio

Eloy de la Iglesia buscaba poesía en la marginalidad, como antes lo había hecho Pasolini. Rebuscaba en los barrios, rastreando algo de verdad. Así encontró a Manzano, que la revista Party subtituló como el chico passoliniano, doblado en alguna escena porque leía mal. Pero que soñaba bien, como recordaba Pedro Cid, un cura de Getafe al que el actor le contaba que su Eloy le iba a dar un papel de Sócrates. Al final no fue ni pudo ser, y José Luís habló a Interviú desde la cárcel de Yeserías de arrepentimiento y de ojalases, y la heroína hizo que no terminase el año. 

Al final, el cine quinqui suena a Antonio Flores, y sus suspiros a las palomas sin alas para volar. Créanme, las que pululaban por la transición que nunca fue. 

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