‘El tercer hombre’, encrucijada de ruinas

El Festival de Cine de Cannes surgió como una idea de resistencia y contestación de los cineastas franceses de los años 30 ante la deriva política —de simbiosis con el fascismo— del reciente pero prestigioso Festival de Venecia. En 1939 el estallido de la guerra anuló todos los esfuerzos para que se estrenara el nuevo festival de cine en la costa mediterránea francesa. Al término de la contienda, la idea se retomó, en 1946 tuvo su primera edición, donde se pudo ver Roma, ciudad abierta, de Roberto Rossellini, obra símbolo del antifascismo. Los dos años siguientes, sin embargo, problemas financieros hicieron que no hubiera festival. Desde 1949 solo ha faltado una vez la cita anual en Cannes con el mejor cine del mundo, en mayo del 68. La del 68 es una historia fascinante en Cannes, un historia clave. Pero no sería nada sin otra previa, una de ese 1949, el año del pistoletazo de salida, el año de El tercer hombre, la primera obra maestra de las muchas ganadoras —y no ganadoras— de Cannes.

el-tercer-hombre-2El tercer hombre (1949) / London Films. Productores: Alexander Korda & David O. Selznick.

La cinta de Carol Reed se convirtió en un clásico inmediato. Tenía los ingredientes suficientes para hacerlo. Un gran director —siempre infravalorado—, un reparto de lujo —tan deluxe que se pudo permitir tener a Orson Welles de protagonista… ¡y mostrarlo apenas diez minutos!—, y una historia escrita, ni más ni menos, que por Graham Greene, exclusivamente para la gran pantalla, aunque por el camino quedara una novela corta tan fascinante —¿tal vez más?— como el propio film. Vista en el siglo XXI, El tercer hombre no puede desprenderse de su leyenda, de sus galones de ‘mejor film británico de siempre’. Su leyenda entorpece la película, pero eso es algo que pasa, a menudo, con todas las obras de arte, que seduce más lo que significan, su ideal, que lo que son como tal. Y El tercer hombre, como film, ha envejecido en numerosos aspectos, como por ejemplo en su música, que fue una sensación en su momento, por la que Anton Karas recibió un reconocimiento unánime, pero que hoy suena incomprensible y hasta ridícula en muchas secuencias. Lo mismo ocurre con muchas secuencias del guión, meramente explicativas, quizás necesarias en su época, cuando el cine tenía apenas medio siglo de vida, pero irrelevantes para el espectador actual, que es capaz de comprender el desarrollo lógico de una trama sin necesidad de que le expliquen a dónde va el protagonista a continuación. Las leyendas también envejecen, como se ve. Pero no dejan de ser leyendas, y eso es por algo. En el caso de El tercer hombre, lo que el tiempo y todo el desarrollo narrativo del cine no podrá hacer vetusto son las historias, los personajes, las atmósferas. Y de eso, la película de Carol Reed va sobrada.

Cuando Graham Greene asumió la tarea de escribir un guión de postguerra, en clave noir, tuvo los problemas de siempre. Tenía la historia de Harry Lime —contrabandista sin escrúpulos, Orson Welles— y de Holly Martins —escritor de novelas baratas, enamoradizo y culpígena, Joseph Cotten—, dos viejos amigos desde la infancia que, en diferentes apuros, debían reencontrarse en Viena, una ciudad dividida en cuatro zonas controladas por cada uno de los gobiernos aliados, un laberinto de burocracia. Greene no podía escribir el guión sin más, ese era su problema de siempre. Y decidió escribir, antes que el guión, la novela. Tal vez sea de esa responsabilidad por construir unos personajes y una historia en profundidad, de donde surge la fuerza esencial de El tercer hombre. La historia de amistad y traición, de amor imposible y de amor loco, de lealtades y ética, los dilemas sobre lo correcto y lo justo, la debilidad de los buenos y la seducción del mal, los grises, son las cartas shakesperianas con las que juega Graham Greene. Todo bajo un personaje sin cuerpo, la atmósfera, un lugar que no es Viena, ni ninguna otra ciudad concreta, que es un estado del alma —y disculpen el tan manido recurso—. La ciudad hiperburocratizada en una encrucijada de ruinas es el terreno propicio para las sombras, para los callejones sin salida, las escaleras vertiginosas, los laberintos de cloacas. El lugar donde medra el individualismo menos escrupuloso, el crimen, el cinismo. Es un lugar donde solo triunfa la soledad, y el olvido. 

El tercer hombreEl tercer hombre (1949) / London Films. Productores: Alexander Korda & David O. Selznick.

Carol Reed tenía el fantástico material que había escrito Graham Greene, pero el mérito no es solo del escritor. Reed supo mejorarlo, y el propio novelista lo reconoció. Donde Graham Greene escribió un final que abría una puerta a un claro de esperanza que desencapotaba la atmósfera pesimista, Reed filmó uno de los finales más poderosos, elegantes y menos felices de la historia del cine. No fue el único buen material al que Reed extrajo su máximo potencial. El otro gran nombre del cartel, Orson Welles, está presente en la leyenda y en cada metro de celuloide de El tercer hombre. Mucho se habló de la dirección en la sombra de Welles. Carecería de rigor, y de veracidad, decir que los méritos de la dirección del film son obra suya. Es probable que las consideraciones del polifacético actor y director fueran muy tenidas en cuenta por Carol Reed, especialmente en lo que se refiere a la puesta en escena y algo en el estilo de planificación, pero Reed era y fue siempre un director con oficio y talento, tanto como para asimilar y saber aprovechar al máximo todas las contribuciones de su entorno, y hacerlo sin perder su propia personalidad creativa. Para cuando Welles aparece en el film, es ya el protagonista más presente y menos visto del cine. Nunca antes un personaje, sin salir en pantalla, había resultado tan omnipresente y cautivador. El gatito que le reconoce entre las sombras y la luz que nos muestra después de una hora su sonrisa cínica y burlona son historia del cine, como las cloacas de esa Viena, como esa alameda final donde el amor no tiene cabida.

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