El País y los buitres

Una parte de la culpa fue nuestra, por creer a quien no debimos, durante mucho tiempo. Aunque hay que reconocer que mentían muy bien —para algo habían estudiado en los mejores colegios—. Tampoco había nadie diciendo verdades en un altavoz tan potente como el suyo, quienes dudaban de sus versiones o sabían que lo dicho era falso, callaron, les compraron la aquiescencia —no estuvo mal pagada—. Y así nos quedamos expuestos a esa verdad oficial presuntamente progresista del ‘diario independiente de la mañana’, hoy ‘periódico global en español’, El País, que cumple 40 años.

Mucho se habló de Juan Luis Cebrián, trasunto real de Charles Foster Kane, cuando decidió despedir de la Cadena Ser —medio de PRISA, el grupo del que es Consejero Delegado— al periodista Ignacio Escolar, director de eldiario.es, por publicar que la anterior esposa de Cebrián aparecía en los Papeles de Panamá. El escándalo le estalló al primer director de El País precisamente cuando se encontraba ultimando los fastos para celebrar el 40º aniversario del periódico. Lo sorprendente es que el comportamiento de Cebrián siga sorprendiendo. Es uno de esos fenómenos que dibujan de manera muy gráfica el poder de subyugación del sistema, la enorme capacidad de generar consensos sociales favorables a sus intereses, de mantener unos niveles de alienación en la población verdaderamente dramáticos. Son fenómenos tan pasmosos como la creencia de que El País es una fuente objetiva de información o que el PSOE es —o fue alguna vez— de izquierdas. Pasmoso, pero real. 

La primera portada de El País data del 4 de mayo de 1976, seis meses después de la muerte de Franco. Cebrián fue elegido como su primer director por méritos propios. Era una persona de toda la confianza para el objetivo político que había inspirado la fundación del diario: la consolidación de una nueva estructura mediática acorde a los nuevos tiempos, en la que fuese vocero de la socialdemocracia, como pata fundamental en la nueva fase del capitalismo español tras la dictadura. Cebrián era de máxima confianza porque el oficio le venía de familia, en primer lugar, su padre, Vicente Cebrián, había sido secretario general de la Prensa del Movimiento, director y redactor jefe de Arriba, el diario oficial de Falange. Como hijo de un alto cargo del régimen, Juan Luis Cebrián tuvo una pronta y profusa experiencia como periodista en los medios del franquismo —o como intelectual orgánico del fascismo, a fin de cuentas—. Por ascendencia de apellido, entró en la Escuela Oficial de Periodismo con solo 15 años, y salió graduado de ella en 1963, con dos carreras. Todo un prodigio. Con 19 años Juan Luis Cebrián se hizo directamente con el puesto de redactor jefe del diario Pueblo, el periódico de los sindicatos verticales. En 1974, el último gobierno de la dictadura le nombró director de los informativos de RTVE. Lo cierto es que el pequeño Cebrián no podía tener, a sus poco más de 30 años, mejor currículo para ocupar la dirección del periódico que estaba llamado a ser el más influyente del país en los años de transición de la dictadura fascista a la monarquía parlamentaria, y a convertiste en tal para asegurar el sostenimiento del bloque de poder tradicional.

Durante décadas, El País publicó a algunas de las mejores firmas de España. Periodistas enormes y honestos levantaron su voz en sus páginas. No podía ser de otra manera, porque no hay otra manera de conseguir que un medio se consolide y gane prestigio entre millones de personas, más si sabe cuando el objetivo, además, es seducir a las sensibilidades de izquierda. Algunas columnas de El País fueron durante años la válvula de escape que aliviaba la conciencia social de muchos trabajadores que habían luchado contra la dictadura. La deriva socialdemócrata del PCE de Carrillo y sucesores favoreció también este fenómeno, quedando desierto, en lo que se refiere a los medios de masas, el terreno a la izquierda del diario de PRISA, que se convertiría en portavoz oficioso del PSOE.

La actual deriva derechista de El País sigue sorprendiendo, pero no debería hacerlo en demasía, si se tiene en cuenta el papel de los grandes medios en el contexto actual de poder de los monopolios. Cuando El País llevó a cabo el ERE que dejó en la calle a 129 periodistas, en 2012, el propio diario publicó un editorial donde acusaba, y declaraba: “Pero las presiones no vienen solo de los poderes tradicionales. A veces son fruto de la demagogia populista, las tendencias libertarias de muchos de quienes ocupan las redes sociales, la insidia que mana del fracaso de algunos competidores, o la envidia y los celos de determinados profesionales que sobrevaloran su propia capacidad e influencia en el universo de las letras y el periodismo. Frente a todos ellos queremos volver a expresar nuestra firme convicción de que una empresa como EL PAÍS se debe, como cualquier otra, a sus accionistas…”. Ellos sí que lo tienen claro.

Desde 2010 el principal accionista de El País es el fondo buitre Liberty Acquisition Holding. Al frente de dicho capital se encuentra Nicolas Berggruen, un nombre desconocido en la hemeroteca de El País antes de 2010, pero, por lo que se ve, una referencia de relevancia desde entonces. Los últimos artículos que le dedican son el retrato de un filántropo humanista. Será lo que llaman la independencia de la prensa.

En cualquier caso, El País exige mucho más que unos centenares de palabras para abordar su papel en la sociedad española. Es necesario hacer un análisis riguroso, en profundidad, sobre documentos, con testimonios de quienes han sido parte de su historia interna, etcétera, para entender su alcance. Nos apuntamos el tema para volver sobre él con todas las fuerzas y todos los medios. Y para no dejar títere con cabeza, porque algunos medios sí que son independientes, de la mañana a la noche.

8 de mayo, 2016.

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