El mal de Europa

Ella le contaba sus sueños. Y todos consistían en caminatas por París o Berlín o encuentros en buhardillas o viajes en coche a través de las carreteras de Europa. Tenía una pesadilla sobre Venecia, en la cual se quedaba para siempre dando vueltas como una muerta en una góndola.

MACAO. October 2010. View from the Macao Tower.Macao, fotografía de Hiroji Kubota, Magnum Photos.

Una vez Lon y ella fantasearon con que Europa se desgajara de Asia a partir de los Urales y que después fuera a hundirse sin remedio. Lon le encargó que marcara qué cosas podría salvar de Europa, tenían que ser muy pocas, por si él pudiera preservarlas en alguna parte. Ella se tomó esa ocurrencia muy en serio y estaba días enteros pensando en elegir bien calles o esculturas o rincones. Sopesando los valores que tenían. Pensando con qué palabras lo diría para que sonaran convincentes.

Por momentos era como si ella se sintiera responsable, como si lo que ella dejara escapar de Europa fuera a perderse para siempre. Entonces se sentía angustiada durante días y tenía pesadillas continuadas. Daba vueltas por Macao, y olfateaba cualquier huella de Europa.

Se asfixiaba en China. Pero Lon no quería que se fuera otra vez, tenía miedo de perderla definitivamente. Si volvía a Europa seguramente no regresaría. A veces discutía con ella, le decía que Europa había tenido una actitud prepotente, que se había mostrado egocéntrica y cerrada, que había propiciado la esclavitud y el dominio en todas partes. Que había tratado de imponer su mentalidad en el mundo entero y se había mantenido  impermeable. Le hablaba de sus terribles injusticias sociales, de las guerras terroríficas que había tenido en el siglo XX.

Ella le daba la razón en todo, y aún añadía más críticas. Pero a pesar de todo se sentía  fascinada por Europa, no podía evitarlo. Tenía una pasión incurable. Lon veía cómo le cambiaba el color de la piel, se le arrugaba la expresión de los labios. La nostalgia de Europa parecía una posesión, era como si un gran organismo al morirse soltara una sustancia que envenenara a algunas personas.

Europa perdía influencia, se estaba convirtiendo en un rincón apartado del mundo. Dentro de poco tal vez ya nadie la tendría en cuenta. Tal vez en poco tiempo sería tan olvidada como algún país africano, sería un país exótico al que se acercarían algunos viajeros nostálgicos. Y precisamente por eso a ella le atraía. A ella le gusta la soledad, pensaba Lon en un bar de Macao, y Europa está  sola.

Ella tenía una gran simpatía por un tío de Lon al que la mayoría de la familia marginaba, el señor Ying de Cantón. Iba a visitarlo con frecuencia, le ayudaba a formar su colección de insectos de todo el mundo. Le hablaba de ellos, le ayudaba a conseguir ejemplares. También le gustaban los tipos solitarios que paseaban por Macao o los extraños que jugaban sin éxito en el Casino.

Lon la amaba y se desesperaba al verla enferma a causa de Europa. Trató de interesarla en proyectos de fotografía, le consiguió un contrato para realizar un libro de fotos sobre el Gran Canal de China. Le pareció que un viaje por el delta del Yangtse le daría una especie de tregua. Le gustaba cuando le mandaba apuntes sobre los jardines de Suzhou. Él se veía envuelto en las luchas económicas de China con sus varias empresas que operaban desde Cantón. Pero cuando ella volvió de Shangai vio que no había modo de curarla.

Encontró a un gallego en el café Ou Mon de Macao y le contó su problema. Le pidió que le hablara a ella de los valores que había ido a buscar a China. El gallego le contó que cuando era niño en su familia todos estaban fascinados por las resonancias chinas de Macao. Les sonaba maravilloso cuando les decían que un plato con azules neblinosos venía de Macao. Y que un mueble con dibujos de pabellones que tenía la abuela venía de China. Lon quiso que le hablase de eso a Su.

Se la presentó en un café cerca del mar, estuvieron los tres comiendo bacalao al estilo portugués en el restaurante Fernando. Después Lon se marchó y los dejó solos. El gallego le habló de los poemas de Pessanha, y ella le habló de Xu Zhimo y sus paseos por París y Florencia. Y a los dos les gustaba Macao por razones contrapuestas, a ella porque era un trozo de Europa, a él porque era un trozo de China.

Se citaron para otro día y ella llevó la colección de fotografías que había hecho unos años antes a partir de los poemas de Xu Zhimo en Europa. Ella no podía darse cuenta pero se veía un toque oriental en la manera en que fotografiaba las calles de Montmartre. O con qué luz captaba el puente viejo de Florencia. Y aquellos toques orientales seducían al gallego.

Luego se vieron con frecuencia. Lon invitaba al gallego a cenar con ellos y ella llevaba  libros europeos y contaba sus recuerdos de Florencia. Lon creía que el gallego relativizaba su percepción de Europa, que se la mostraba de otra manera. Y le indicaba los valores de Oriente vistos por un europeo. A menudo el gallego le mostraba las miserias de la Historia de Europa. Le habló de sus universidades anquilosadas, de su cultura racionalista que se alejaba de la realidad, hasta el punto que durante siglos en Europa solo se enseñaban conceptos de Aristóteles o de Santo Tomás y no se miraba la Naturaleza en absoluto. Le hablaba de las distorsiones que tenían los europeos sobre Oriente. Incluso Colón, el gran descubridor, en realidad no había descubierto nada, solo seguía su ignorancia, y se había topado con un continente sin pretenderlo. Los europeos solo se han mirado el ombligo durante siglos, decía el gallego.

Pero ella seguía obsesionada. Evocaba sus viajes y planteaba otros, contaba anécdotas de Italia o de París a las que daba cada vez un sentido nuevo. Había caminado por los parques donde estaba Proust en París, comentaba que esa sensibilidad para el tiempo y la memoria solo la podía tener un europeo. Decía que tenía que explorar mejor los lugares de Proust, tenía que ir a los balnearios de Normandía, tenía que tomarse una magdalena como las que hacían  en  Combray.

Hablaba de los guisos que le daba una tía suya en Cantón siguiendo recetas francesas, de las sutilezas que había conseguido en su cocina gracias a una cocinera de origen español. Hablaba de los pasteles portugueses que compraba en una tienda de Macao, de que se parecían a los de la Antigua Casa de los Pasteles que había en Lisboa.

Y una vez paseaban el gallego y ella por Rúa da Felicidade. Y ella sintió el olor de un café y unos pasteles y se acordó de un libro de Joseph Roth. Y dijo que tenía que regresar a Europa para siempre. ♦︎

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies