El asesinato de un poeta

La tarde del domingo 23 de septiembre de 1973, Manuel Araya, chófer de Pablo Neruda, tenía una misión: comprar urgentemente un medicamento para el poeta, que se encontraba ingresado en la Clínica Santa María, de Santiago de Chile. Manuel, que entonces tenía 27 años, salió a eso de las seis y media del hospital, pero no pudo cumplir su misión. Jamás volvería a ver a Pablo Neruda, con quien tenía más que una relación profesional, de camaradería, al ser ambos miembros del Partido Comunista. No pudo cumplir su misión porque nada más poner rumbo a la farmacia, el Fiat 125 blanco que conducía fue detenido por varios militares. Manuel fue golpeado, disparado en una pierna y llevado al Estadio Nacional, convertido en centro de detención y tortura desde doce días atrás. Salió de allí seis semanas después, gracias a la mediación del arzobispo Raúl Sirva Hernández. El joven Manuel no volvió a ver a Pablo Neruda porque en el mismo momento que él salía, sin saberlo, hacia su detención y tortura, el Nobel de Literatura vivía sus últimas horas. En aquella situación de tensión, ambos hechos entraban dentro de lo posible, pero ni el poeta ni su chófer los hubieran considerado altamente probables. Esa misma noche, sin embargo, Neruda moría, con cáncer de próstata, pero sin saber si a causa del cáncer de próstata. Su estado de salud había mermado considerablemente desde los días previos, pero estaba lejos de ser terminal. A pesar de ello, y sin ningún examen médico mediante, se consideró que la muerte del poeta y político chileno había obedecido a causas naturales, fruto de la enfermedad, agravada por el terrible estrés de aquellos días inmediatamente posteriores al golpe de Estado de Pinochet

Pablo Neruda in 1971. Photograph- Laurent Rebours:APPablo Neruda, en 1971 / Foto: Laurent Rebours/AP.

Un par de años antes, en 1971, Pablo Neruda había sido homenajeado en el mismo Estadio Nacional donde su chófer y otros tantos amigos serían torturados y asesinados, hechos desaparecer. Cincuenta mil personas jalearon a su poeta, que recién acababa de recibir el Premio Nobel. Neruda apareció en el acto con Salvador Allende, presidente desde hacía poco más de un año, gracias al apoyo de Neruda, candidato en primera instancia del Partido Comunista, que apostó por integrarse en la candidatura de la Unidad Popular. El prestigio del poeta, en su país y en el mundo, eran excepcionales. Tal vez la figura intelectual de más alta talla e influencia del momento histórico, en todas las partes del planeta.

Dos días después de la muerte de Neruda, su funeral se convirtió en la primera manifestación pública de carácter civil contra la dictadura. La casa del poeta en Isla Negra había sido allanada por los militares, su biblioteca destruida. A la conmoción de la muerte de Allende, el mismo día 11, se sumaba el hecho de los miles de detenidos en el Estadio Nacional, de donde solo salían las noticias de su calvario y muerte. La noticia de la tortura y asesinato de Víctor Jara allí mismo había llegado ya a todos los rincones del país. El miedo se había instaurado por decreto militar. Pero el 25 de septiembre, la comitiva fúnebre que portaba el ataúd de Pablo Neruda, con su viuda, Matilde Urrutia, al frente, se echó a las calles de Santiago dirección al cementerio. El cortejo gritaba: “Camarada Pablo Neruda, ¡presente!, ¡ahora y siempre!”. Daban vivas al Partido Comunista. La gente se asomaba, temerosa, a las ventanas. Poco a poco fueron reuniéndose más y más caminantes a su alrededor. El fotógrafo Marcelo Montecino, presente en el funeral, recuerda que llegaron a juntarse alrededor de dos mil personas. Las imágenes del momento así lo atestiguan. A la llegada al cementerio, la comitiva, convertida en manifestación, cantó La Internacional. Mucha gente lloraba, por el poeta, por ellos mismos. Los militares, presentes en todo momento, no intervinieron. No podían hacerlo (aunque claro que podían), pero no lo hicieron, en aquella ocasión, no lo hicieron. La dictadura sabía bien que lo mejor que podía pasar es que se enterrara a Neruda con el mínimo eco. A fin de cuentas, su muerte era una noticia tan excepcional para los golpistas, que no merecía la pena agriarla por no permitir los funerales. Y tal vez, porque el trabajo, con el poeta, ya estaba hecho.

Manuel Araya pasó la dictadura perseguido, pero desde entonces mantuvo con vehemencia que Pablo Neruda había sido asesinado. Los periódicos del mismo día 24 de septiembre informaban que el Nobel había fallecido horas después de recibir una inyección en el abdomen. Los testimonios de Manuel y de otras personas cercanas a Neruda en aquellos días dejan constancia del real estado de salud del poeta, deteriorado a causa de la terrible ansiedad de la hora, pero estable, ni mucho menos terminal a causa del cáncer. Hacía poco que su doctor le había dado a Neruda, en el más probable de los casos, una esperanza de vida de al menos cinco años, como reiteró siempre Matilde. El embajador de México en Chile, Gonzalo Martínez Corbalá, fue de las pocas personas que estuvo con Neruda esos días. Las gestiones entre ambos eran intensas, Neruda había aceptado, tras unas iniciales reticencias, salir hacia México, donde se pondría al frente de un hipotético gobierno chileno en el exilio. Los documentos necesarios para que el poeta saliese del país con el diplomático se habían conseguido, y el viaje quedó programado para el día 24, lunes. Sin embargo, el día antes, sorpresivamente, Neruda murió. 

Cuarenta y dos años y seis meses después de la muerte de Pablo Neruda, tras la exhumación de sus restos y un complejo análisis científico e histórico, un documento oficial del Gobierno de Chile, parte del sumario que investiga la muerte del poeta, determina que “se le inyectó ‘un calmante’, que le produjo el paro cardíaco que sería la causa de su muerte”, y que concluye, después de exponer el contexto y los análisis científicos: “Todo indica, entonces, que si bien D. Pablo Neruda padecía de cáncer, fallece con cáncer, no necesariamente muere a causa del cáncer, ya que en su momento no se efectuaron los procedimientos médicos y forenses de rigor para establecer la causa de muerte. […] De los hechos acreditados en el expediente, resulta claramente posible y altamente probable la intervención de terceros en la muerte de D. Pablo Neruda”. 

La misteriosa inyección que Pablo Neruda recibió en la tarde del domingo 23 de septiembre, de la que tantos hablaron, es una realidad contrastada, pero más allá de su existencia, continúa un halo de oscuridad. El documento oficial fue publicado en la biografía Neruda. El príncipe de los poetas (2015), del historiador español Mario Amorós. El documento del Ministerio del Interior chileno, de once hojas, está dividido en cuatro apartados: I. Causa oficial de la muerte; II. Antecedentes que hacen presumir una posible intervención de terceras personas; III. Posibles circunstancias de la muerte; y IV. Conclusiones. En su conjunto es un compendio incontestable de pruebas, que expone, con el máximo rigor, los días últimos de Neruda y aquello que pudo convertirlos en tales. Manuel Araya, que aparece citado en numerosas ocasiones en dicho informe, puede considerar cumplida, en este caso, una misión histórica y personal.

Diez años después de la muerte de Pablo Neruda, la dictadura volvió a encontrarse con el indómito fantasma del poeta. Cientos de policías armados tuvieron que quedarse a las puertas del Teatro Caupolicán, en Santiago, donde diez mil personas —aunque el recinto solo tenía aforo para siete mil— rindieron un acto homenaje al escritor, con concierto y la lectura de mensajes para la ocasión de García Márquez, Rafael Alberti y Federico Fellini, entre otros. Como diez años antes, en su primer funeral, las armas solo pudieron mantenerse caídas en una distancia más moral que física.  En los primeros días de enero de 1985, el funeral de Matilde, volvió a sacar a la calle a unos miles de resistentes que desafíaron así a la dictadura.

La muerte de Neruda, puede decirse ya, fue un asesinato. Su figura, de gran valor intelectual y moral, era un peligro al frente de un hipotético gobierno en el exilio. En los años siguientes, otras importantes personalidades, con capacidades para liderar la oposición a la dictadura, fueron asesinados, siendo el caso más famoso el del exministro Orlando Letelier, por coche bomba en Washington DC, el 21 de septiembre de 1976, a cargo del agente de la CIA Michael Townley, bajo dirección de los servicios de inteligencia de Pinochet. 

Si la verdad sobre la muerte de Pablo Neruda importa sobre manera no es solo por conocer todos los resortes que permitieron el triunfo del fascismo en Chile. Importa la muerte del poeta como expresión de las posibilidades de influencia social del arte y la cultura. Cuando el peligro mayor de un gobierno es un escritor, y cuando un pueblo vence el más atroz de los miedos para despedir a ese escritor, lo que triunfa es una certeza incuestionable: que el arte puede y debe luchar contra la injusticia, que el arte no es una aventura individual para vivir del pasado, sino una propuesta colectiva para conquistar el futuro. 

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