Como la vida misma

Recordando la habitual tragedia que se escenifica sobre la hierba en las finales de Champions, era fácil aventurar que la segunda final europea que enfrentaba a Atlético de Madrid y Real Madrid, después del trauma colchonero de Lisboa, exigiría volver a hablar del tema. En la víspera, ingenuos o descreídos una vez más, no pensamos que fuera probable una final tan dramática, y tan mundana, como la que terminaron por ofrecer los dos equipos madrileños en Milán.

Italy Soccer Champions League FinalCristiano mete el penalti definitivo, final de la Champions 2016 / Foto: Alessandra Tarantino/AP Photo.

El Madrid llegaba con la seguridad de quien ha ganado más veces que nadie el trofeo, de quien sabe que ha hecho, quizás, no tanto como otros para estar en esa final. El Madrid llegaba a la final de Milán como llega a todas las finales, sabiendo que siempre habrá más. El Atlético lo hacía aguerrido, como llega a casi todas las citas en los últimos años, proyectando más seguridad que la que realmente tenía sobre sus propias posibilidades de éxito. Lisboa y el minuto 93 parecían un estímulo más que un lastre, un recuerdo que alimentaba el ánimo de la venganza. Pero una vez empezó a rodar el balón sobre San Siro, todo fue distinto, y todo fue igual.

El Atleti salió al campo nervioso y el Madrid despreocupado. A unos les faltaba la tensión que les había definido toda la temporada, la de todos estos años desde que llegara el Cholo; los otros iban sobrados de su habitual desidia confiada, ese punto arrogante y contemporizador de un equipo plagado de figuras individuales con una ciega fe en un destino que les es propicio. Y en ese cruce de actitudes llegó el primer gol, cuando aún no se había consumido el primer cuarto de hora de partido. Una falta magistralmente botada por Kroos, inteligentemente peinada por Bale, y oportunamente remachada a gol por Ramos en fuera de juego.

Después del gol, el Atleti se fue sacudiendo la tensión, quitando los miedos, porque complejos no tiene. El Madrid siguió en su línea, la de toda la temporada, una apuesta a que el rival no es lo suficientemente bueno o afortunado para ganarles, cediéndole el balón y echándose atrás. El Atleti, por supuesto, vio la apuesta. Se tiró a por todas, sin orden, con más corazón que cabeza, tanto corazón que si no fuera por la ubicuidad y reflejos de Oblak, habría perdido la partida sin necesidad de prolongarla hasta los penaltis. Fernando Torres, errático pero extrañamente amenazante, forzó un penalti de Pepe, retratado de manera ridícula en tantos lances de la final. Griezmann, uno de los tres delanteros más en forma de la temporada, se convirtió en hijo de todas las madres que presenciaban el encuentro al estrellar el balón contra el larguero desde los once metros. Será uno de los chuts que recuerde toda la vida. Se dice que, en fútbol, “quien perdona, lo acaba pagando”. Es verdad, en el fútbol, y más allá.

En el minuto 78, cuando el belga Carrasco metió el gol del empate, a pase de Juanfran (algo que ya no tendrá valor en el recuerdo), parecía que al Atlético, por voluntad o por venganza, no se le iba a escapar la Champions. El Madrid estaba a punto de perder su apuesta. Los cracks del equipo blanco estaban rotos, ausentes. El único que amenazaba de vez en cuando la portería rojiblanca era Bale, cuyas piernas acabarían extenuadas en la prórroga. Cristiano, sencillamente, no estuvo en todo el partido. Se guardó, visionario, para el último momento, ese quinto penalti que tantas veces no tiene lugar. Otra apuesta, quizás. 

Si alguien había pensado que en la nueva cita entre Atlético y Real en lo más alto de Europa no habría más tragedias, se equivocaba. Para la hora de los penaltis, aún podía quedar alguien convencido de que el Atlético le daría una vuelta a la historia. Era lógico creer. La tanda no fue apta para corazones sensibles. El Real Madrid llegó al cuarto lanzamiento sin fallos, pero no pudo hacer lo mismo el Atleti. Juanfran, uno de los emblemas del fútbol terrenal, trabajador y disciplinado, estrelló en la base del poste su disparo. A continuación, Cristiano, el emblema del fútbol galáctico, chutó la última pelota. El Atlético había sido mejor —aunque tampoco abrumadoramente— que el Real Madrid, se merecía la victoria, por ocasiones, por justicia —el fuera de juego de Ramos—, por actitud. Pero ganó el Madrid, dejando la gloria del gol definitivo al jugador de toda su plantilla que menos la había merecido aquella noche. Así es el fútbol, como la vida misma. Nunca se dirá lo suficiente.

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