Ciudadano Welles, el talento de darle al pez gordo

Imagínense a un joven cineasta de 25 años dispuesto a dirigir una película por primera vez en su vida y a hacerlo llevando a cabo formas de narrar y filmar nunca vistas. “Un joven talentoso y valiente, sin duda”, pensarían. Ahora imaginen a otro joven de 25 años dispuesto a dirigir su primera película y a hacerlo para contar una historia basada en uno de los hombres más poderosos de su país en ese mismo momento y, por supuesto, para dejarlo no en muy buen lugar. “Un joven osado, tal vez loco”, pensarían. Ahora imagínense que esos jóvenes son la misma persona. Un geniecillo superdotado que va a revolucionar la forma de contar historias en una pantalla de cine, y además un chico sin miedo a tocarle la moral a uno de los magnates más importantes de los Estados Unidos, allá por los años 40. Bien, no es necesario que sigan imaginando. Ese joven, como todos saben, fue Orson Welles. El film Ciudadano Kane. Y el magnate al que el joven temerario le tocó mucho la moral William Randolph Hearst, el más importante propietario de medios de comunicación en los Estados Unidos.

Ciudadano KaneCiudadano Kane (1941) / Imagen: RKO/Mercury Theatre Productions.

El 1 de mayo de 1941, en plena batalla de Welles y su productora, la RKO, contra Randolph Hearst, por el estreno del film, Ciudadano Kane se proyectó en Nueva York. Seis días después lo hizo en Chicago. El 8 de mayo de 1941 se estrenó en Los Angeles. Hearst no consiguió evitar su difusión, pero sí consiguió mermarla considerablemente. Ciudadano Kane fue un relativo fracaso económico en su día, para lo que podía haber recaudado. El boicot público a través de todos los medios a disposición del multimillonario —distribuidores, salas, prensa, etcétera— logró dañar la inversión económica de la RKO. Pero no pudo evitar el triunfo social del film. El dinero perdía. El arte ganaba. Fuck, Mr. Hearst. La opera prima de Orson Welles se consagró, casi desde el primer momento, como una pieza esencial del nuevo arte. A partir de los años 60, hasta la actualidad, se la ha considerado, por unanimidad, la mejor película de la historia. Si bien lo de ‘la mejor película’ es siempre una insensatez sin ningún rigor, se diga de la que se diga, se puede entender el título como reconocimiento a la película más influyente de la historia del cine. Y en eso no hay duda alguna. 

Pero la importancia de Ciudadano Kane no se debe, exclusivamente, a sus logros e innovaciones técnicas y narrativas. Se han escrito mil millones de palabras sobre la estructura en flasbacks de su guión, sobre Rosebud, sobre sus planos contrapicados y sus grandes angulares, sobre la construcción de sus encuadres y la profundidad de campo en su puesta en escena, sobre el personaje del narrador sin rostro, sobre la fotografía contrastada y el diseño de arte expresionista, o sobre la banda sonora y la música de ese otro genio que fue Bernard Herrmann. En definitiva, todo lo que Orson Welles hizo antes que casi nadie y mejor que nadie. Así, a la primera. Igual que demostró ya previamente en el teatro o en la radio. Sobre lo que también se han vertido ríos de tinta, pero ha caído en el anecdotario, es sobre la originalidad de la historia del personaje Charles Foster Kane y sus referencias con la realidad. La polémica con Hearst es una de las leyendas del cine, pero más como curiosidad, como elemento de distinción del personaje Welles, de su osadía, que como factor determinante de la importancia histórica de Ciudadano Kane. Y sin embargo, cabe así reclamarlo.

Lo primero que debe entenderse es quién era William Randolph Hearst, para poner en justo valor lo que hizo Orson Welles. No estamos hablando de cualquier nuevo rico con un poco de poder, sino del mayor empresario del sector de la comunicación en los Estados Unidos de la primera mitad de siglo. El imperio mediático de Hearst controlaba veintiocho periódicos de tirada nacional, editoriales, emisoras de radio y revistas tan importantes como Cosmopolitan y Harper’s Bazaar. Tenía a sueldo en sus medios a los más influyentes periodistas, y también a los más poderosos chismorreadores. Fue el primer gran líder de lo que se conoce como la ‘prensa amarilla’ y el paradigma de la utilización de su poder mediático en la esfera política. Gracias a su poder empresarial consiguió ser congresista por el Partido Demócrata, y a punto estuvo de ser alcalde de Nueva York y gobernador del Estado. Meterse con él significaba declararle la guerra a uno de los tipos más peligrosos del país. Orson Welles cuenta en sus memorias que, en una ocasión después del estreno de Ciudadano Kane, un policía le filtró que Hearst había contratado a una serie de personas para que aquella noche una menor de edad desnuda se le echase a los brazos a la entrada de su hotel, fuera fotografiado, y su imagen con esa menor desnuda al cuello se divulgara al día siguiente en todos los periódicos de su grupo. Welles, por si acaso, no fue a dormir al hotel esa noche. Hearst no se andaba con bromas, en los años 20 ya se había visto envuelto en un turbio asunto, la muerte durante una fiesta en uno de sus yates del director y productor de cine Thomas Harper Ince. Se dice que Ince murió al recibir un disparo errado de Hearst, errado porque iba dirigido a Charles Chaplin, también presente en la fiesta, y al que Hearst habría descubierto besándose con Marion Davies, la estrella de cine con la que el multimillonario mantuvo una relación de décadas. El poder de Hearst arregló el desaguisado con las autoridades pertinentes.

Lo que más molestó a Randolph Hearst de Ciudadano Kane, se dice, no fueron las similitudes que pudiera reconocer con su propia figura, el retrato del hombre avaricioso rodeado de lujo que ni siquiera sabe apreciar, del ególatra ignorante, de la desfachatez moral. No, al parecer, lo que más le enfureció fue lo que concernía a Marion Davies, y a su supuesto personaje correspondiente en el film, el de Susan Alexander, la actriz sin talento con la que Kane se casa en segundas nupcias. Lo cierto es que, precisamente el personaje de Susan tenía poco que ver con Marion Davies. El propio Welles así lo reconoció, porque la forma en la que Hearst trató a Davies durante años, sin ser su esposa, fue “nunca menos que como a una princesa”. Susan, en el film, era lo contrario, más parecida al papel que en Hearst jugó su esposa, el de “una marioneta y una prisionera”, como también explicó Welles. Y tenía toda la razón. Pero la leyenda cuenta que hubo un detalle que tenía que ver con la relación entre Hearst y Davies, que Welles utilizó en su film y que desquició sin remisión al magnate. Es una leyenda, pero una leyenda que ha cobrado, con los años, una enorme aceptación, a pesar de que Welles mismo dijo siempre que era imposible que él hubiera llegado a averiguar algo así. Se trata de Rosebud. ¿Por qué eligió Welles esa palabra para nombrar al símbolo de la inocencia perdida de su ciudadano Kane? Desde los círculos más íntimos de Hearst se aseguró que Rosebud era, ni más ni menos, la forma en la que el empresario se refería a una parte muy íntima de Marion Davies. 

Fuera por el motivo que fuera, las similitudes con su persona o la referencia secreta al clítoris de Marion Davies, el caso es que Randolph Hearst le declaró la guerra abierta y públicamente a Welles y su cinta. Puso a todo su ejército mediático en formación, con su máxima estrella del chismorreo en la vanguardia, la columnista Louella Parsons, a la que leían millones de lectores en todo el país. Lo que ocurrió es que Louella no estuvo demasiado hábil, y que la estrategia de Hearst no podía hacer otra cosa que darle pábulo a algo que el propio director nunca había dicho, que la película se basaba en el magnate. Hearst movió ficha para destruir —literalmente— el film antes de que llegara al público. Primero amenazó con demandar a RKO. Luego, a través de Louis B. Mayer —de la MGM—, ofreció a RKO casi un millón de dólares para que destruyera todas las copias y los negativos. Como el ofrecimiento fue rechazado, se paso a la negociación entre abogados de uno y otro lado, y por ahí consiguió llegar a un acuerdo, a primeros de 1941, para eliminar un par de minutos del montaje. Para el gran patrón, desde luego, no era suficiente, pero lo más que podía hacer ya era boicotear el alcance del film. El estreno, previsto en el Radio City Music Hall, se saboteó amenazando a su dueño, Nelson Rockefeller, con lanzar una campaña contra su abuelo. El cartel de Ciudadano Kane no se colgó en el Radio City Music Hall, pero terminó haciéndolo en el Palace, en Broadway. Hearst prohibió la más mínima mención en cualquiera de sus medios a la película. Consiguió que muchas salas y distribuidores evitaran proyectar el film. Y las plumas a su servicio se dedicaron a difamar a Welles y a la RKO al margen de cualquier mención a su película. Para los premios Oscar fue nominada en la mayoría de las categorías, pero solo se alzó con una estatuilla, la de mejor guión original. El aplauso de la crítica especializada —la que no publicaba en los medios de Hearst, por supuesto— fue unánime, la trataban como la más grande película americana jamás filmada. El daño estaba hecho, le picase lo que le picase al señor Hearst.

El valor de Ciudadano Kane reside en su calidad artística, pero también, con tanta importancia, en su proyección social. Fue la primera vez que el espectador veía un plano general contrapicado con un montón de personajes en cuadro, la primera vez que le contaban una historia entera a través de una multiplicidad de narradores indirectos rememorando sobre un mismo tema, y todo eso era fascinante, pero lo era más si cabe por que era también la primera vez que alguien se atrevía a meterse con un pez tan gordo como Hearst y airear sus vergüenzas. Welles pasó a la historia del cine con su primera película, lo hizo por ser un joven con talento, pero, ante todo, por ser un joven sin miedo. 

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