André Malraux, el mitómano lúcido

André Malraux me parece una de las figuras más fascinantes que han paseado el siglo XX. Mitómano, sin duda, y teniendo que poner en cuarentena la mitad de las cosas que cuenta sobre sí mismo, es, sin embargo, imprescindible para intentar comprender lo que ha sido dicho siglo. Juvenil agitador anticolonialista en Indochina, cercano al comunismo en la segunda mitad de los años treinta, promotor y líder de la escuadrilla de aviación internacional al servicio de la República en los primeros meses de la guerra civil española, resistente antinazi en la Francia ocupada, entregado a, y cerebro de, el sueño gaullista del resurgir de una Francia grande en la segunda parte de su vida, y autor  de una ingente obra literaria que, apoyándose en tan variados avatares, los trasciende en una visión de su tiempo, que es el nuestro.

French writer and former Minister of Culture André MALRAUX. 1969.André Malraux, 1969 / Foto: Raymond Depardon/Magnum Photos.

Lo primero que leí de él fue L’Espoir, que siempre me ha parecido una de las mejores, si no la mejor, de las novelas sobre nuestra guerra civil, sólo comparable con la serie de “los campos” (El laberinto mágico) de Max Aub, por cierto, y no por casualidad, tan buen amigo suyo. En ambas obras la humanidad de los personajes y el canto a la solidaridad se aúnan con la reflexión rigurosa sobre las características del conflicto, mucho más universal que puramente local. En L’Espoir, una de las cosas que  llama la atención es el protagonismo prestado al coronel Escobar (aquí coronel Ximénez), el guardia civil católico que decidió para la República el alzamiento de Barcelona, más tarde fusilado por Franco. En su persona se resume el drama de tantos católicos fieles a la República, algo ignorado en general en la literatura sobre el tema, a lo que, sin embargo,  Malraux (que no hay que olvidar que escribe en caliente, en 1937)  fue muy sensible. 

Para cuando acudió a nuestro país con la escuadrilla aérea ‘España’, en los primeros momentos de la guerra, mucho antes de que se instrumentaran las Brigadas Internacionales, era ya un escritor famoso y de éxito. Tenía en su haber, entre otras cosas, sus dos novelas sobre la revolución china, Los conquistadores y La condición humana, esta última, una obra maestra. Todo situado en el tiempo y compatible con su condición de hombre de acción cuando las circunstancias lo requerían, si bien es cierto que estas novelas no obedecían a experiencias reales suyas, como en algunos momentos se interpretó (y él permitió que se interpretara). 

Después de su aventura española, Malraux combatió en el cuarenta en la drole de guerre, en una unidad de tanques, y padeció el hundimiento del ejército francés y la prisión en un campo alemán. Más tarde, se unió a la Resistencia, conoció a De Gaulle, y, a partir de ahí, su vida cambió. Sin duda tuvo mucho que ver con la creación del mito de la Francia doliente y resistente, que permitió su incorporación a la tribuna de las potencias vencedoras en la guerra mundial y que tan poco coherente era con las actitudes reales de la mayor parte de la población francesa durante la ocupación. Su genialidad se unió a la del general,  y nadie tiene derecho a criticarles por ello. Sirvieron, y bien, a los intereses de su país. Y en las décadas que siguieron, su lealtad y admiración por De Gaulle no tuvieron fisuras. Siendo ministro y sin serlo, en el poder y en el olvido, fue lo que él mismo definió como un degaullista de izquierdas. Criticado desde la izquierda y desde la derecha, creo que al menos puede afirmarse que nunca un ministro de Cultura, en ningún país del mundo, ha sido tan culto. 

Sin duda fue, desde el punto de vista político, un personaje contradictorio, pero lo que importa de un escritor es su obra. Acuñó el término “la ilusión lírica” para definir ese momento revolucionario en que los pueblos rebeldes sienten que es posible todo. Y lo ilustró con la visión que da en L’Espoir de los primeros meses de nuestra guerra civil. Ya antes, en La condición humana, un libro tan terrible como hermoso, había profundizado en los temas asociados a cualquier proceso revolucionario. Hay que leer estos textos, no para estar de acuerdo o en desacuerdo con los hechos que en ellos se relatan, sino para intentar comprender una parte de la historia del mundo que se escapa de las síntesis oficiales, sean de un signo u otro. Para intentar comprender a los seres humanos que viven en primera línea esos sucesos. 

Admiró, en su juventud, a Trotsky y a Lawrence de Arabia, dos personajes tan distantes el uno del otro, pero que, utilizando un lenguaje cercano al suyo, podríamos denominar símbolos de una suerte de “aventura transcendente”. Respecto al segundo, incluso escribió El demonio del absoluto, publicado después de su muerte, que muestra su fascinación por aquel héroe, tan mitómano como él mismo. Y es en esta dimensión de “aventura transcendente” en la que hay que situar su vida y, sobre todo, su obra. Hay un corte, un antes y un después, en ésta que se sitúa en Les noyers d’Altenbourg, el libro inacabado que comenzó a escribir durante la guerra, recién vuelto del campo de prisioneros y antes de unirse a la Resistencia, un texto recuperado luego en las Antimemorias. Fue su última novela de cuyo protagonista, Vincent Berger, tomó el nombre de guerra que utilizó en la Resistencia (coronel Berger). Destaca en este libro el episodio en el que, en la primera guerra mundial, tras bombardear con gases las trincheras rusas, los soldados alemanes, horrorizados por los resultados, ayudan a los enemigos gaseados. 

De la segunda parte de su vida, tan diferente de la primera, a la sombra (es un decir) del general De Gaulle, hay que destacar sus Antimemorias, escritas ya en los años sesenta y que no dejan de ser un ajuste de cuentas con el siglo y consigo mismo. No tienen nada que ver, y así lo deja muy claro en su presentación, con lo que suelen ser las memorias de cualquier personaje ilustre. No trata de relatar sus hechos, sino de reflexionar sobre lo que le importa: la muerte, el vacío espiritual de Occidente, la potente emergencia de culturas y personajes no occidentales, el papel de la religión (él, que no era creyente), o de las religiones, como fuentes de transcendencia… naturalmente, el marxismo (tampoco era marxista) como uno de los fenómenos centrales de la época, y, entretejido con todo, la solidaridad entre humanos. La fraternidad, ese tercer término del lema de la Revolución francesa, tan caro para él. 

Hay que leer las Antimemorias como lo que son, no un relato de una vida, sino una reflexión sobre el mundo en que ésta se ha desarrollado. Por ellas desfilan algunos de los personajes singulares  del siglo XX (políticos, de Gandhi y Nehru a De Gaulle, pasando por Mao Tse Tung, artistas y escritores, de Picasso a Gide, pasando por Leopold Senghor y Aime Cesaire….) con los que el autor sostiene largas y profundas conversaciones, se supone que en su mayoría, si no en su totalidad, imaginarias, en las que se ilustra e interpreta el  papel de ellos en la historia. Pero también otro tipo de protagonistas: soldados rasos del ejército de la debacle, supervivientes de los campos de exterminio nazis, miembros de la Resistencia, líderes de la descolonización, aventureros en escenarios exóticos, gentes sencillas capaces de rasgos de fraternidad, exiliados españoles, diplomáticos experimentados y cínicos…

Las Antimemorias son un muestrario de situaciones y conversaciones (sobre todo, muchas conversaciones) que, sin obedecer a ningún hilo cronológico, ayudan a comprender nuestro siglo. El que estén apoyadas en las peripecias personales de su autor, y que estas peripecias en alguna medida sean inventadas, o desmedidamente exageradas, es lo de menos, aunque aporta el gran atractivo literario que la obra tiene. Son 1200 páginas que no se caen de la mano en ningún momento, pero cuyos episodios pueden leerse por separado, y, de hecho, algunos de  ellos fueron publicados como obras autónomas antes de ser incorporados al conjunto. Por ejemplo, Lazare, el último capítulo, que es una estremecedora reflexión sobre la experiencia de la muerte. 

Malraux se retrata (quizá más como le hubiera gustado ser que como fue en realidad), y retrata su tiempo. Su vida fue suficientemente novelesca como para que no tuviera necesidad de novelarla más, pero era, ante todo, un artista. Y quienes le leemos y releemos nunca le criticaremos por una mitomanía que sólo contribuye a hacer más interesantes sus obras.

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