Y Tyler Durden llegó al callejón sin salida

Fue en 1999, no solo fin de siglo, sino fin de milenio. El siglo XX, como si quisiera despedirse recordando que, además de la época de todas las bombas también fue la del nacimiento de un nuevo y maravilloso arte, regaló un inusual número de films sensacionales, algunos imprescindibles. O el cine, como regalo o solución de despedida, proveyó a su vez a las pantallas del siglo moribundo de un puñado de obras radicalmente nuevas. Entre ellas, una que alteró todas las sensibilidades: Fight Club (El club de la lucha), de David Fincher. En el mundo del cine, nunca antes aquello de que “las revoluciones se hacen en los callejones sin salida”, había resultado tan gráfico.

Fight club endPlano final de El club de la lucha (1999) / Imagen: Fox 2000 Pictures/Regency Enterprises Linson Films.

El 99 fue un año de múltiples polémicas alrededor del celuloide, cintas como American Beauty, Matrix o El proyecto de la Bruja de Blair habían llevado el discurso fílmico al debate, habían revolucionado incluso los métodos de la propia industria en su faceta comercial. Todo el mundo aplaudió American Beauty, la mitad aplaudió Matrix, y el conjunto acribilló a la Bruja de Blair. Lo esperado dentro de la crítica canónica. Sin embargo, con El club de la lucha pasó algo distinto. La crítica cinematográfica se vio superada, y se convirtió en crítica moral, disfrazada de política, y viceversa. El club de la lucha hacía saltar por los aires buena parte de las convenciones narrativas del séptimo arte, y no por el papel del consabido personaje imaginario, que no era nada nuevo, sino por el conjunto de su estructura, por enfoque y perspectiva, por metraje, por ritmo, por todo. Y además de todo, por una factura estética que convertía la atmósfera en un personaje propio, foto, planificación, banda sonora, montaje, cada parte estaba perfectamente afinada en un mismo tono radical, malsanamente hipnótico. Por mucho que escocieran ciertas transgresiones discursivas a gran parte de la crítica especializada, lo que estaba fuera de toda duda era el talento y la pericia de su director, el ya consagrado David Fincher, que venía de filmar la honrosa The Game, y llevaría siempre el reconocimiento de una gran obra maestra: Seven. El club de la lucha era el episodio que venía a sancionar el universo propio del autor. Y lo hizo con tal contundencia que hasta las más acomodadas butacas de cine quedaron descarriladas a su paso. 

Era violenta, subversiva, tramposa, anarcoide, fascista, machista, vacua, pretenciosa. Se dijo de todo, la mayor parte falso. Tal fue la furia de sus detractores, que el film triunfó. Obvio. Se convirtió en película de culto antes de su estreno, esperado como se esperaban ciertos acontecimientos en aquel extraño año de 1999. La crítica había vivido en paz durante décadas, desde que los jóvenes de la Nouvelle Vague se hicieran viejos, pero ahora tocaba a rebato, después de tanto tiempo. Y la exigua pero influyente legión perdió la batalla. El film de Fincher, con los años, ha adquirido un aura de culto aún mayor, que seguirá creciendo. Es la nueva La naranja mecánica. Los viejos críticos perdieron la batalla y también la guerra porque no se dieron cuenta que el cine estaba, una vez más, en un callejón sin salida. Un callejón amplio y no demasiado oscuro, donde aún se podía respirar sin miedo, pero un callejón, a fin de cuentas. Y tarde o temprano llegaría alguien a hacer saltar la aparente calma por los aires. Pero, sobre todo, perdieron porque no tenían argumento, ya ni siquiera una causa confusa. Y Fincher, con su Fight Club, fue a la pelea sabiendo por lo que luchaba: una revisión de muchas de las normas del guión cinematográfico clásico, una reivindicación de la atmósfera, una reinvención de las perspectivas narrativas, la reclamación de un tema socialmente valiente. 

Desde el segundo uno del film, en los propios créditos, Fincher hace su declaración de intenciones: vamos al tuétano de una historia extraña y vamos a mil por hora, en un travelling sin vías desde el interior del cerebro al cañón de un pistola; y una cuenta atrás. La historia de un narrador sin nombre —¿Jack?, o tal vez Cornelius, Rupert, Travis—, un joven profesional en una ciudad que tampoco tiene nombre. Una dulce bajada a los infiernos de la más absoluta soledad del hombre moderno, donde todo se puebla de fantasmas. “Cada noche moría. Y cada noche volvía a nacer”, dice el protagonista, interpretado por un magistral Edward Norton, cuando cree encontrar la felicidad haciéndose pasar por enfermo terminal en diversos grupos de apoyo, tan solo para llorar a gusto y luego echarse a dormir como un niño. La historia de Fight Club es conocida, inolvidable para todo aquel que haya visto la película. La extravagancia de su trama y personajes son parte del universo del autor de la novela original, Chuck Palahniuk, otra de las celebridades más controvertidas en el cenagoso campo que separa el gusto crítico de la aceptación popular. La linea por la que avanza la historia de El club de la lucha es intrincada, subiendo siempre un peldaño de radicalidad, hasta llegar al paroxismo esquizofrénico de un universo y una mente confundidos entre la realidad y el sueño. Si el primer tercio del film, la letanía urbana de ese tipo solitario ya es de por sí extraña, el giro que introduce al personaje de Tyler Durden —incontrovertible Brad Pitt— y el nacimiento de los clubs de la lucha, tíos pegándose hasta lo inverosímil por pura defensa propia contra el horror vacui de sus entrañas, funciona como la belleza de las locas apuestas al alza. El tramo final de la película, una vez desvelada la naturaleza del personaje Tyler y asaltada la trama por el descabellado Proyecto Mayhem, es la pirueta extrema: ni más ni menos que hacer acabar la historia del protagonista casi con la historia del mundo, al menos tal y como se ha conocido hasta ahora, en ese universo sulfúrico que se parece, en ocasiones, tanto al de nuestro día a día. El conjunto, de alrededor de dos hora y media, no desfallecía. Es un triple salto mortal, sin red y con carcajada de por medio, perfectamente ejecutado.

El club de la lucha tiene todos los elementos para funcionar como material didáctico en las escuelas de cine. Hallazgos formales de estilo, como la elegante panorámica sobre el piso del protagonista sin nombre, amueblándose como una revista de Ikea, es sencillamente genial, sobre todo cuando el propio personaje entra en cuadro. Los famosos insertos de Tyler Durden en la primera parte del film. El momento en el que el narrador se dirige directamente al espectador para presentarnos a Tyler, y el propio Tyler pasando despreocupado por esa cuarta pared derribada, dirigiéndose también a nosotros con toda la naturalidad del mundo. La poética secuencia de la despedida de Tyler con fundidos a negro entre cada plano y contraplano. O la aparición de Marla Singer en la secuencia final, literalmente para “atar cabos sueltos”, como se conoce en teoría cinematográfica a la resolución final de los arcos de cada personaje y trama en las últimas secuencias, son material de manual para cineastas en ciernes.

Pero El club de la lucha destaca, ante todo, por convertirse en icono de una época. Su plano final es de una fuerza lírica tan arrebatadora que resulta hoy una imagen sublime del fin de siglo. El plano general perfectamente encuadrado, la fotografía de una noche extrañamente azul, las explosiones, una frase final tan perfecta que se convierte en lema —“Me conociste en un momento extraño de mi vida”— y la música del Where is my mind de The Pixies, es una combinación excelsa de saber hacer cinematográfico. ¿Podría mejorarse? Sí, pero también lo hizo Fincher, con el inserto poco subliminal de un pornográfico pene como los que incluía Tyler Durden en películas infantiles. 

Que el mensaje de El club de la lucha es fundamentalmente fantasioso y catártico, desde luego. Cualquiera que conozca un poco la obra de Chuck Palahniuk sabe que todas sus historias no tienen otro objetivo. El club de la lucha no es ninguna guía para salvar al mundo, ni pretende serlo; habría que ser muy joven, o muy viejo, tanto como un crítico sesudo y bien pagado, para no entenderlo. De lo que sí es una guía es de dirección cinematográfica. Sobre cosas así no queda ya ninguna duda, se hizo justicia con el film maldito de David Fincher. Está bien que así sea, pero qué emocionante fue vivir, desde el lado maldito, una de esas grandes batallas en la guerra perpetua del cine como arte.

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