‘Trainspotting’, el sueño trágico de los días perfectos

Era 1996, en aquel momento nadie sabía quién era Danny Boyle —director de cine—, ni quién era Ewan McGregor —actor—. No sabíamos mucho de nada, aunque creyéramos lo contrario. Era 1996 y muchos éramos jóvenes, adolescentes. En la periferias de todas las ciudades, alrededor de los árboles había más jeringuillas que flores. Los niños debían tener cuidado si el balón se les colaba en un charco, para no pincharse con una de ellas. Los yonquis deambulaban por las calles, se dejaban caer por los parques como zombis. Había una mezcla de miedo y de debilidad en su imagen. A veces, los críos les tiraban piedras y salían corriendo, como si realmente estuvieran en una película de terror, y aquellos no fueran personas. Eran, demasiado literalmente: muertos vivientes. Había pena por ellos, también. Porque todo el mundo tenía a alguno más o menos cerca de su familia. Eran mediados de los 90, el siglo tocaba a su fin, y los adictos que quedaban a la heroína eran cada vez menos, todos se estaban muriendo. Eso sí lo sabíamos, como sabíamos que no había nada de estilo en pincharse, que no había filosofía de vida alguna en joderse la vida de aquella manera. Por eso, cuando los jóvenes de aquella época vimos por primera vez a Ewan McGregor, corriendo por una calle de Edimburgo, veloz, con sus vaqueros ajustados y sus ojos claros, con sonrisa de pillo seductor, recitándose, recitándonos, una impulsiva letanía contra el conformismo y la alienación de la vida moderna, dijimos, o pensamos: la heroína de España debe ser la peor de todo el mundo, porque los yonquis de Edimburgo no son como los de aquí.

trainspotting-openingTrainspotting (1996) / Imagen: Channel Four Films/Figment Film/The Noel Gay Motion Picture Company.

A fin de cuentas, era una peli. No era la vida real, ya se sabe. Todo es más romántico, menos malo, con más estilo en el cine, hasta el ‘caballo’, por lo visto. Trainspotting fue un auténtico bombazo en las pantallas escocesas y de todo el mundo, por su factura, por su ritmo, por su escabroso pseudorealismo. Quizás en Edimburgo los adictos fueran hipsters de primera hora, que disertaban sobre Sean Connery y escuchaban a Lou Reed e Iggy Pop. Lo más probable es que no, que todo fuera igual de cutre y penoso que aquí, pobres gentes enfermas en una sociedad enferma, jóvenes destruidos por un montón de mierda barata introducida con asombrosa facilidad en los barrios obreros. Esa era la trampa de Danny Boyle —director de cine— y de Irvine Walsh —novelista padre de la obra homónima original—, unos protagonistas, en especial el papel de Mark Renton —Ewan McGregor—, si no imposible, excepcionalmente inusual en la vida real. Pero al margen de eso, del aspecto molón y el seductor discurso pseudofilosófico de tintes nihilistas, teníamos la droga, por primera vez protagonista, en estado puro en la pantalla. Droga pura como la nieve. Droga pura como la infelicidad que genera. Droga pura enturbiando el prístino celuloide. Nunca antes habíamos estado tan cerca, en el cine, de la experiencia de la adición a la heroína. Estábamos dentro de la cabeza de Mark Renton, con toda su confusión, pasando el mono, recayendo una vez tras otra, siendo insensible a cualquier tragedia ajena, la muerte por abandono del bebe de un amigo, o la fulminación por el SIDA de otro colega enganchado.

El tema de Trainspotting —la drogadicción— no podía ser visto de otra manera que como un drama. Pero Boyle y compañía se empeñaron en hacer reír. Y lo consiguieron, en todas las secuencias que quisieron hacerlo. A pesar del drama, Trainspotting era una comedia. Y esa era otra de sus transgresiones. Los personajes serían poco probables, pero la vida sí era así, con risas incluso en medio de la tragedia. Es así. La acertada combinación de la parte dramática con secuencias cómicas —de un humor escatológico hasta la nausea—, de secuencias terribles, como la muerte del bebe, con secuencias tiernamente melodramáticas, como cuando el padre de Renton pasa en brazos a su hijo, como si fuera un niño, al dormitorio, o la memorable secuencia de la sobredosis de Renton, hundiéndose en la alfombra, poniéndole el punto final a la infelicidad con la música del Perfect Day de Lou Reed, sirvieron para montar una de las películas esenciales de la filmografía británica de todos los tiempos. Trainspotting suele aparecer en todas las listas entre las diez mejores películas británicas de siempre, junto a clásicos como El tercer hombre o Lawrence de Arabia. De hecho, es la número 10 en la clasificación del British Film Instituto de los mejores films brit del siglo XX.

La destreza técnica y artística de Boyle y el guión adaptado de Welsh y John Hodge, ofrecen una belleza formal, una estructura y un ritmo perfectamente acordes con la historia. El poderoso subjetivismo de su narrador absoluto, Mark Renton, significaron una apuesta valentísima por dar voz a quienes resulta incómodo escuchar. Renton es un palmario ejemplo de antihéroe, en la línea de los clásicos lumpen del free cinema, pero radicalizado, desprovisto de ese enfoque que generaba compasión sobre los viejos jóvenes airados de los años 60, como el Colin Smith de La soledad del corredor de fondo. No, Renton es un paria orgulloso de serlo. Y no pide compasión, ni que le comprendamos. Es, se reconoce a sí mismo, el detritus de una sociedad enferma y apestosa, lo más bajo de lo más bajo entre una multiple oferta de bajezas varias. Es el reflejo en el espejo deforme de un mundo del que queremos sentirmos orgullosos, pero donde no hay mayores motivos para hacerlo. Renton nos escupe en la cara eso mismo. Ese fue el cañonazo de Trainspotting: una historia sin final feliz, sin principio feliz. Una historia sobre lo asquerosa que puede ser la vida, eligiéndola o no.

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