Ser o no ser en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme

El 23 de abril de cada año se celebra el Día del Libro. La fecha, promovida por la UNESCO, fue elegida como conmemoración de la incierta coincidencia de las muertes, en 1616, de Miguel de Cervantes y de William Shakespeare. Lo cierto es que ninguno de los grandes genios de la literatura murieron el 23 de abril. Cervantes lo hizo un día antes, pero el certificado de su defunción data del 23. Y Shakespeare murió un 23 de abril del calendario juliano, el mismo día que era ya 3 de mayo en el gregoriano, es decir, más de una semana después de que lo hiciera Cervantes. El deseo de creer en lo predestinado (tal vez, el mero poder de la mercadotecnia) triunfó esta vez como en pocas ocasiones. Cervantes y Shakespeare murieron el mismo día. Punto. 

Con motivo del 400 aniversario de la muerte de ambos escritores, los fastos se han multiplicado. Pero lo han hecho para mayor beneficio de políticos y gestores, que de los millones de lectores honestos de sus obras. Los community manager de las figuras políticas de la actualidad española han tenido que leer y escoger con cuidado un título para recomendar en voz y nombre de sus jefes. Las recomendaciones de los políticos son de una exquisitez maravillosa. La cultura no la desean de acceso universal, pero no se la van a quitar de sus solapas, faltaría más. 

Los restos de Miguel de Cervantes llevan tiempo siendo motivo de investigación arqueológica. El Ayuntamiento de Madrid dotó de un fenomenal presupuesto —más de 120.000 euros— para el seguimiento de la pista de los restos del autor del Quijote en el convento de las Trinitarias. La investigación, como otras anteriores, parece encaminada al fracaso más absoluto. Lo de menos, realmente, es si se encuentran o no los restos de Cervantes. Lo relevante es la falta de relevancia en un sentido de apoyo objetivo al mundo del libro, a la literatura en general, al fomento de la lectura, a la comprensión de la obra cervantina, o del imaginario e ideario quijotesco. Lo que mueve la búsqueda de Cervantes es un afán estrictamente comercial, una inversión turística, con poco o nada que ver con la literatura. 

La educación pública ha sufrido el mayor ataque de las últimas décadas, dirigido por José Ignacio Wert, muy posiblemente el peor ministro de Educación y Cultura que haya tenido España. El nivel, no obstante, nunca fue demasiado alto, recordemos que nos despedimos del siglo XX con una ministra de Cultura como Esperanza Aguirre. El relevo de Wert, después de cumplir con su implantación definitiva del Plan Bolonia, lo cogió Íñigo Méndez de Vigo, invitado especial de Cine de Barrio. Las letras, como todos los estudios de Humanidades, se vienen viendo cada vez peor tratadas en los programas educativos, en todos los niveles de enseñanza. La propia elección de itinerarios en los últimos cursos de la ESO perjudica las opciones por ramas de letras, en un contexto de tendencia generalizada a la profesionalización técnica y al encaje empresarial.

Ni Cervantes ni Shakespeare estarían satisfechos, cabe presuponer, si contemplaran el alcance actual de sus obras, menos aún la utilización de sus nombres. Se plantearían ser o no ser en este lugar de cuyo nombre no querrían, quizás, acordarse. Si la inversión se dedicara al apoyo de bibliotecas y teatros, por ejemplo, la sabiduría y arte shakesperiano y cervantino serían algo más que un circo para embellecer la solapa y los muros sociales de políticos y poderosos. Y a buen seguro, Miguel y William habrían encontrado inspiración para alguno de sus villanos en el inefable Wert, el atractivo nombre literario para figurarse como emblema de maldad ya lo tiene.

24 de abril, 2016.

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