Nunca debimos hablar de más

¿Qué es eso? No, otra vez no. Pensé que no volvería a escuchar este maldito ruido. Tan sibilino que se te mete en la cabeza y no te deja pensar, si es que queda algo de eso aquí arriba. Claro que también me pasa por tentar a la suerte con 18 horas de insomnio eterno. ¿O será este calor? Mis muertos, cuánto más cerca estoy de dormirme, más empiezo a chorrear de sudor. Además, no tenía que haber dejado la ventana abierta. Asco de verano. A la mierda, volveré a poner la tele. Ojo, que ésta es chunga. Roedor de 5 letras que empieza por J. Joder, sigue ese chirrido perforando mi sien como si hubiera guardado todos mis ahorros detrás de la retina. Lo peor es que conozco de dónde viene y qué espera de mí. Es como ese bocinazo del coche de atrás cuando te quedas embobado mirando el semáforo. Verde, rojo, verde, rojo. Como si de ti dependiera que otro pueda llegar antes al trabajo, a quedar con su chorba para decirle que no quiere más meneo, o para no decírselo, y zumbarse a la amante que le espera en la parada de Sierra de Guadalupe con sus mejores galas bajo la mirada de esas almas empapadas en perico y sedientas de esperanza. Pues sí, qué huevos. Puedo obviarlo y aparentar sobar como un niño chico. Entonces quizás algo cambiaría, pero no estoy seguro si para bien, ¿merece la pena a estas alturas? No se lo creería, los dos lo sabemos.

Madrid. The suburbs.Fotografía de Jean Gaumy, Magnum Photos.

Otra raja en el pantalón. Todavía recuerdo el que llevaba con 20 tacos, me quedaba niquelao’. También es verdad que antes era un gilipollas. Bueno, ahora no es que haya cambiado mucho, pero la ventaja de no tratar con casi nadie es que no tengo que sentirme incomodo oyendo verdades que uno ya sabe. Qué cojones, antes estábamos todos envalentonados. Aquí el lápiz era la navaja y el papel el pecho del primero que se pusiera un poco tonto. Aún tengo clavadas las palabras de Manu después de darle aquella paliza al hermano del Rosao. Si vas de duro, lo más probable es que pilles de más, porque hostias te van a llover te guste o no. Pero si vas de gualtrapa no se lo esperan y ahí, en cuanto se descuiden, le podías pagar unas cuantas hipotecas al dentista si te lo propones. Entonces la suerte se medía en los colegas que te hacías en la calle. 

¿Dónde tengo las llaves? Divago un rato y parezco uno de esos moros que van con la cara tapada por el desierto ¿Esa gente habrá conocido el amor y el odio como nosotros? ¿La venganza? Debe ser que, según dónde nazcas, tienes tus prioridades. Salgo del portal como buenamente puedo y los diez tercios de Mahou me dejan. Todavía quedan restos de aquel portero que chapaba a todos. Tenía buena mano, no solo para el balón. Pero los excesos no se pagan en balde, ni siquiera para los más ágiles. El ruido viene de la izquierda. Calle Milán, número 8. 

La calle está de miedo, por cierto. No tiene más agujeros porque no es más larga. El otro día pasó un concejal por aquí. Dinero para esto, partida para lo otro. Farolas nuevas, no habrá que ir a oscuras nunca más. Se tenía bien aprendido el folio, eso está claro. 

Nunca más.

Y mientras los camioneros pasando en su cara diciéndole de todo, no te creas que se inmutaba el bicho. Antes los cabrones se iban a la Casa Paqui, cruzando Marqués de Guijuelo con Cabeza de Vaca, en la siguiente esquina a la derecha. 

Nunca más.

Allí curraba la madre de la Mónica, de camarera le decía. Ella se olía el pastel pero nunca lo dijo en alto. Ni nosotros preguntamos. La queríamos mucho, algunos incluso demasiado. 

Nunca más.

Enfrente de su casa fue dónde nos enrollamos por primera vez. No olvidaré ese aroma a vainilla de su pecho. No le gustaba que mordiera cuando la besaba, decía que parecía un perro. 

Nunca más.

Puede que se tomara como una broma pesada el que acabara tirado un día en su puerta. Cuando abrió la puerta ese maricón no me lo podía creer. Pito. El mote hacía honor a su voz y a ese órgano del que iba por ahí presumiendo. 

Nunca más.

El muy payaso se la sacaba delante de nosotros. “Con esto no os dejaré ni una” decía. Hasta que un día Nenuco sacó los 5 dedos a pasear. Ahí me dio hasta lástima el cuellicorto, echando babas por la boca como un extintor de esos que vaciábamos en secundaria.

Nunca más.

Aunque pronto se me fue de la cabeza cuando le vi mirándome con esa cara de chulo putas que siempre tuvo. Sus ojos decían que había ganado, se la había llevado. No era un puto trofeo de alevines, tonto la polla. 

Nunca más.

Ella detrás. Callada. Asomándose pero sin atreverse a mirar mucho más de lo que pudiera reconcomerla por dentro, a saber si por pena, amor, vergüenza o una mezcla de las tres. Como si el día que sueltas tu primera palabra te cortan la lengua y la asan para que te la zampes. 

Nunca más.

Así que lo mejor era darse la vuelta y aquí no ha pasado nada. Solo quería saber de ella. Más tarde me enteré que se divorció de él. Incluso que me andaba buscando. Por tu estúpido orgullo. Arrogante perdedor.

Sigo recto por Cabeza de Vaca y me vienen ideas de quién habrá sido esta vez. Qué chorrada, ya sé a quién le tocó. Era el último que faltaba de su lista. Desde que salió con la condicional no ha hecho más que recordármelo, gritando mudamente lo que estaba haciendo. Sabe que su nombre y cuerpo todavía imponen en el barrio. Razón no le falta. Los que llevan la tira aquí ya no hablan de verdugos. Eso se da por hecho. Paso delante de otro bar de tapas. Quién sabe qué carajo venden. Tampoco se hernian demasiado. Te cobran un bocata de calamares al precio de un paquete de cromos y te lo ponen como si lo hiciera el Adrià. Antes fue refugio de aquellos bodegas primerizos que nos íbamos pimplando la EGB a hidalgos. Perdíamos la pachanga, cubata. Ganábamos, doble cubata. Y eso si no caía el hat-trick, que tocaba invitar a todo el equipo. Creo que no he conocido futbolín con más usos que el de aquel bar. Venecia se llamaba, porque el suelo no estaba seco ni cuando lo abría. Tampoco es que Fabián se preocupara de ello. Ni de casi nada. Algún ignorante se sorprendió cuando cerró después de aquella redada. Todos sabíamos que después de cierta hora no se pasaba a la sala de al lado, pero fiarse de todos los que pasan ahí dentro, sabiendo que iba el hijo de un picoleto tampoco fue de tener muchas luces. Ahora lo más arriesgado que se hace allí dentro es pedirse la ración de oreja y rezar para que no se pueda usar de perchero. Ahí es cuando te das cuenta de que el destino te tiene reservado un lugar en el hoyo si no te andas con ojo o con suficiente aguante para salir por patas cuando la ocasión lo requiera. 

Esto me viene bien para olvidar… dios, otra vez. Si lo piensas, vuelve a sonar en tu cabeza el puto ruido de rata en celo. Se va acercando y nadie alrededor parece importarle por aquí. Tampoco son horas, la verdad. Cruzo a la calle Heraldo y miro hacia las ventanas. Todas abiertas y sin luz, cortadas por lo sano por un destello. El reflejo de algo metálico colgado en el pecho descubierto de su camisa de tirantes negras, nada más. Eso, y su mirada clavada en mí. Unos ojos vagos y caídos, demacrados por el tiempo y la heroína. No paran de echarme la culpa. 

¿Crees que no lo hubiera evitado si hubiera podido? 

¿Qué habrías hecho tú? 

Por lo menos puedo decir que hoy, a las 3:40 de la madrugada, he vivido mejor y más fuerte que tú, basura. Aunque también es verdad que salgo perdiendo más que nadie. Necesito un piti ya. Me cago en dios, si compré ayer el paquete, ¿cómo me pueden quedar dos? Habrá que apurarlos así que me paro al lado del portal número 12 de la calle Hernán Cortés y pienso. No solo en Miguelín, que vivía en el tercero. También en Charli, Toñito y José “el Gazpacho” aunque solo se lo decíamos para mosquearle. Cosas de pelirrojos, que no les debe gustar que se metan con su pelo. Sigo dándole vueltas ¿Por qué lo dejé pasar? Me engañaron completamente. No, no puedo justificarme ahora. Sabía que no les importaba un carajo que me pasara y acepté lo que me ofrecieron. Ni protección ni pollas, me creía el rey del mambo. Que yo solo podría con él y que no habría cojones a que me tosiera. Además, ¿quién iba a sospechar de mí? ¿Yo? ¿Delator? Y si lo hice, ¿qué coño le importaba a los demás? Todos sabían de qué estaba hecho. Que le pregunten sino a Carmen y sus moratones. O mejor a Rocío cuando estaba preñada. La de guantazos que lanzaba el muy hijo puta. Sin embargo, piensan que hizo lo correcto. Su chica sufría, decían. Que andaban pelados de pelas. Que me metí donde no me llamaban, insinuaban. Que os follen, ellos me preguntaron y contesté, no titubeé. Cierto que en estas calles poquitos irán al cielo pero hay que ser justos. Cualquiera que sepa mear de pie sabe que no hacía falta dejar vegetal a la vieja. Pero aun así, tenía que haber aceptado más pasta. Y no estar aquí, viendo cómo van cayendo uno a uno todos a los que quería. 

Paso por debajo de un soportal iluminado levemente por la luz de un antirrobo y me concentro en un escaparate. Fíjate que jeto tienes. Debería afeitarme y lavarme la poca peluca que me sale de la almendra. Olvido por un momento mi inservible presencia y observo lo que queda de un cartel que, como poco, tiene la mayoría de edad.  

Viajes Ibiza. Tu placer, nuestro disfrute. 

Éste sí que vivió bien, el Matías. Canijo a más no poder y andaba con cada una. El pieza sabía a lo que iban y no le importó nunca, sacaba pecho el cabrón. Porque quería, porque podía y porque, antes de que los cristales fueran cortinas de cemento y las placas de aluminio camas de yonquis, llevaba el lugar dónde iba todo cristo cuando pensaban dejar sus penas fuera de casa y olvidar el olor a fritanga de las terrazas. Quizás es lo que debí haber hecho hace tiempo, marcharme para no volver y pudrirme en estas calles. Antes de que él saliera del maco. Mucho antes de que supiera a ciencia cierta, como los buenos doctores, que esta ciudad me iba a desangrar a cuchillada limpia a base de bien. Pero ya era tarde. Es tarde.

Noto un regusto asqueroso de la pizza recalentada que me he zampado. Ya solo queda una calle pero no entiendo por qué me obliga a ir. El penitente que expía sus pecados por malnacido y desgraciado. Cuanto más cerca oigo el chirrido, más me tambaleo sobre mí mismo, sin más reacción que apoyarme en la pared en busca de ayuda inútil. Llegar allí se me está haciendo un suplicio. Arcada. Poto. Sudo más. Que acabe esto de una vez. Doblo la esquina y ya lo veo. Con su cabeza golpeando el columpio oxidado, todavía en movimiento, con un tajo en el pecho de aquí a Carabanchel. Parece que sigue vivo, incluso. Lo peor de ver a uno de tus mejores amigos morir así es saber que si te acercas y todavía puede respirar, tendrá el tiempo suficiente para no echarte nada en cara. Miguelín no era de esos. Hasta morir compadre, soltaba. Por eso estaba cantado que más tarde o más temprano caería. Por eso lo ha dejado para el final. De postre. Soy su muñeco vudú y así es como me hace sangrar por dentro. Sin que se vea. Pero aun así, me acercó. En otra época me hubiera encabronado, gritado, destrozado algo y ya después, lloraba como una cría su primer día de colegio. Pero, a estas alturas, ya no queda rabia. Ni consuelo. Solo el final. Y solo mojas la cara. Sabes que a esta edad solo hay dos caminos, el de disfrutar lo que tu juventud te ha dejado o el de repudiarte a ti mismo como un hereje.

Le miro a los ojos, parece un chamán invocando el siguiente ritual. La misma chaqueta vaquera de hace diez años con sus parches, tapando heridas de tela, en proporción a las nocturnas que se ha tomado por su cuenta. Cómo vacilabas con ella. Me acuerdo que ésta te la regalo Miriam. Para camuflarte en el bosque, dijo. Ahora no te puedo ni mirar a la cara, tronco. Te he puteado pero bien, porque no te lo merecías. Lo peor es que ahora no sé cómo salir de ésta, aun sabiendo lo que te iba a pasar. Pero tú también lo sabías y no me hiciste caso. Los dos le haremos el lío cuando salga. Va a soñar hasta con nuestro aliento. No seas tonto, le decía. Mira a Chuster, que se salvó por los pelos que le quedaban en las orejas. Pero la putada es que te estoy contando todo esto desde mis ojos, cuando tenía que ser yo el que estuviera ahí sentado y tú en Benidorm, tapando esa pedazo de tocha que tienes con una sombrilla. Lamentando lo capullo que fue tu primo.

Paro el columpio. Se acaba el rechine. Le subo hasta dejarlo en la pared. Mejor sentado. Te cierro los ojos, para que no vean cómo sufriste. Saldrán mis huellas en tu cara y con un poco de suerte me harían cómplice de matarte. Tampoco sé si es lo mejor. Tal vez. Allí dentro se apuestan dientes por verme comer solo. Allí dentro seguirá Toto, con más sentencias que pipas el suelo de un bar, sacaría el pincho y me haría un favor extirpándome esa lengua que debió cerrarse hace bastante tiempo. 

─Ya tienes lo que querías, ¿eh? Vamos, que ya solo te queda uno. Tu puto barrio, solo para ti.  Gilipollas de mierda, ¡ya he pagado por lo que hice! ¡Vamos, joder! ¡Mátame!

No he conseguido aliviarme, pero por lo menos me he dado cuenta de que la verdad en este barrio se paga con indiferencia y un cuerpo a prueba de cicatrices. Espero sentado al lado de mi colega. Quiero hablar con alguien pero las palabras no salen. Las ideas menos. Y vuelve otra vez ese pestazo a gasofa quemada. Pero, antes de que pueda reaccionar con la cabeza, la luz de las largas me ciega. Como siempre, esperaba mi llegada como un vitorino, regodeándose como aquél que tiene impunidad de silencio. Pasa el Ford Escort lentamente a mi derecha, mientras se forma su silueta cubierta de humo con el contraste de la noche, mirándome a través la ventanilla como un vampiro. A toda pastilla suena Chivato de Chango. Buen numerito, tarado. Pero no. Sabes que él no tiene la culpa. Vuelvo a mirar a mi compadre pinchoteado. Odio y tristeza antes. Resignación y arrepentimiento ahora. Cierro los ojos y ya lo veo. 

Aquella noche. Un comentario en alto cuando no debía. Él en una esquina. Se hace el longui. Los demás se lo huelen. Un día antes que nosotros. Se nos adelanta. 30 talegos que se lleva. Me dicen que lo deje pasar. Que las consecuencias serán peores. Me la pela. Y otra vez, aquí estoy, volviendo a hablar de más. ♦︎

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