La Romántica Banda Local: postales coloreadas de aquel Madrid de provincias

Madrid desperezó de la dictadura como una ciudad gris de provincias. Antes de la explosión de esa ilusión colectiva llamada Movida, cuando los integrantes de la misma todavía deambulaban entre el Rastro y la casa de las Costus de la calle Libertad, sin conciencia del poder de su potencial creativo ni apenas proyección pública, Madrid era una postal en blanco y negro que intentaba compaginar trabajosamente su crecimiento desordenado con su condición de rompeolas de todas las Españas, como fue etiquetada por Machado en su día. El Madrid de la segunda mitad de los setenta era un poblachón manchego que aún no se miraba en el espejo de las grandes urbes cosmopolitas como Nueva York, Londres o París; no más que una Cenicienta sin un vestido de modernidad para salir al mundo. Pasaba por ser un erial desolador y agresivo: para algunos “una mierda donde ni las ratas pueden vivir” (Leño, 1978), para un otros, un lugar donde “la muerte pasa en ambulancias blancas y donde no queda sitio para nadie” (Joaquín Sabina, 1980). Pero hay quienes supieron sentir la calidez urbana de la capital y ver color y poesía donde los otros no veían más que frialdad inhumana, y lo que es más, convirtieron sus calles y edificios en escenarios de sus canciones. Ellos se autobautizaron como La Romántica Banda Local.

Romántica Banda LocalDetalle de la ilustración del primer LP, homónimo, de La Romántica Banda Local (1978).

Se trata de una de esas bandas inclasificables que felizmente pare de cuando en cuando el panorama musical de nuestro país, grupos que no se parecen a nadie y que no dejan ni legado ni herencia, sencillamente su estilo y personalidad nacen y mueren con ellos; conjuntos como Vainica Doble, Smash o el primer Kiko Veneno flanqueado por las guitarras de palo de los hermanos Amador. Un estilo musical único y ecléctico que puede combinar el rock progresivo y el folk, con estilos más clásicos, como el pasodoble o el tango, y que puede llegar a sonar como la tuna de Arquitectura. Todo cabe bien utilizado.

Esta historia comienza en los años sesenta en el barrio de Chamartín, donde crecieron y se conocieron Carlos Faraco y Fernando Luna, que son el germen de la Banda. Aunque hoy está integrado en el caso urbano de Madrid, por aquel entonces se podía considerar el extrarradio, como La Elipa, Puente de Vallecas, Hortaleza, Moratalaz y tantos otros distritos fruto del crecimiento a saltos (o a trompicones) de la ciudad. Se trataba de zonas de reciente urbanización que lindaban con el campo y a las que se accedía desde el centro en los autobuses municipales azules y blancos (las escasas cinco o seis líneas de metro que existían apenas abandonaban el centro urbano), poseedores entonces de una completa tripulación de cabina compuesta por el conductor y un cobrador en la entrada de atrás. La sensación de periferia lejana que emanaba un viaje a estos barrios nuevos se veía acentuada por el hecho de que los autobuses atravesaban amplias zonas sin urbanizar para llegar allí. La Romántica Banda Local reflejó musicalmente esos largos periplos en bus urbano: “Y una vez más / vemos llegar el voraz autobús / te cobra once pesetas y te aleja de mí / cruza Madrid, cruza Madrid, / largas calles con cielo gris / y te deja ya / no lejos de tu portal” (El Bus) . 

Luna, estudiante del conservatorio, le propone a su amigo hacer algo relacionado con la música, una intención que en un primer momento adquiere forma de canción protesta de autor, tan de moda en esos primeros sesenta, pero que según avanza la década de los setenta va adquiriendo visos de rock-folk progresivo en la onda de Jethro Tull (que, por cierto,  tocó en en el Pabellón de Deportes del Real Madrid en 1976), y las letras comprometidas son sustituidas por el humor y por una ironía que raya en el surrealismo. Pronto se suman a la expedición romántica varios músicos hasta completar la formación definitiva, que incluía a Quique Valiño al violín, al guitarrista Jorge Mariano y a Nano Domínguez al bajo.

Fernando Luna compone la mayor parte de las canciones y toca instrumentos diversos, mientras que Faraco se convierte en el frontman de La Romántica Banda Local aportando una puesta en escena teatral a las actuaciones en vivo en las que aparece disfrazado y rodeado de atrezzo diverso (en una actuación en Televisión Española aparece comiendo una manzana y portando un melón en la mano mientras canta El bus).

El directo del grupo empieza a granjearle seguidores, no sólo por la música sino por lo imprevisble de la actuación de Carlos Faraco y sus muy apreciados, por el público, largos discursos entre canción y canción. La Romántica era un bicho raro dentro del panorama musical de la época: demasiado jipiosos para ser admitidos en las filas de la Movida y demasiado raritos para las huestes del rock urbano y el incipiente metal patrio. Son contradictorios por principios, como destaca un crítico del diario El País en un texto sobre una de sus actuaciones de 1979: “Conscientes de que su primer single No me gusta el rock les había definido como antirockeros por excelencia, ahora se lanzan de cuando en cuando a clásicos como Blue Suede Shoes o Jumpin Jack Flash”. Y siempre enarbolando la bandera del humor surrealista, como indican títulos de canciones del tipo Qué alegría sentí la primera vez que me quité la faja (jota barroca) o El zapato perdido y hallado en tu pie.

Su popularidad despierta el interés de la Compañía Fonográfica Española y les produce su primer disco de larga duración, que sale al mercado en 1978. En principio iban a grabar con el sello Chapa, una filial de CFE especializada en rock duro, pero desavenencias con su director, el Mariscal Romero, les devuelve a la casa madre. A pesar de ser una rareza estilística, el LP vendió cerca de 20.000 ejemplares, una cifra nada desdeñable para el momento, y La Romántica Banda Local actuó en el programa de máxima audiencia de José María Íñigo, Fantástico (hay que destacar la trascendencia de este hecho considerando que en aquella España solamente emitían dos canales de televisión públicos y uno de ellos a tiempo parcial).

El disco es un fresco vivo de ese Madrid escenario de las historias que canta el grupo, un Madrid que al opositar a gran urbe ha perdido su cielo estrellado, como canta Faraco: “Te amaré, como a la única estrella que aún brilla sobre mi balcón, un balcón de Madrid”. Es también una ciudad que ha sufrido la fiebre faraónica de modernidad de los pasos elevados (hoy felizmente desaparecidos), como el de la glorieta de Cuatro Caminos o el de la del Emperador Carlos V, más conocida como Atocha: “Voy cruzando Atocha / sobre los puentes hay que reducir, / es peligroso, caerse desde / caerse desde allí” (Cruzando Atocha). Y es también un pueblo, un entorno castizo de cotidianidad y lugares comunes: “Calle de Luchana, Bilbao y Fuencarral; / horchata en la glorieta y churritos en el bar. / Tu eres mi morena y te llevo a pasear. / Yo voy a darte un beso, tu me vas a abrazar” (Dos años, dos). En la portada del disco aparecía un cuadro que representa la fachada de La Sastrería, reducto nocturno de la progresía setentera de chaqueta de pana y barba larga en la calle de la Palma, que pronto cedería el testigo de albergue de noctámbulos al Pentagrama, sito en la misma calle y que acabaría siendo el mítico templo de la Movida. 

A pesar del éxito relativo de la ópera prima, Faraco no acaba de tomarse en serio al grupo y no apoya el empuje necesario para consolidar la carrera de La Romántica, dispersándose en proyectos radiofónicos y trasladándose a vivir a Canarias. Sin la voz del cantante y ante la proximidad de grabar un segundo disco, Fernando Luna y sus compañeros buscan sustitutos como Gloria de Benito o Bernardo Soubiño. Sin embargo, y contra todo pronóstico, Carlos Faraco reaparece en el momento justo de entrar en el estudio, se aprende los temas a la carrera y los interpreta en Membrillo, que es como se llama el segundo y último lanzamiento discográfico de La Romántica Banda Local.

Se trata de un disco doble en donde el humor y el surrealismo doblan, si cabe, al de la primera entrega de la banda, aunque también queda patente la capacidad del grupo para dominar la armonía y crear melodías realmente bellas. Contiene el tema clásico Los borrachos somos gente inquebrantable, un himno etílico que es de las canciones más conocidas del grupo, o las hermosas Riquelme (Nos quitaron un bajo en una noche de lluvia), El trigo crece al sol o Merlín, que demuestran la habilidad para encerrar letras disparatadas en estructuras musicales preciosas. Mención aparte merece Julia, dedicada a una amiga fallecida, cuyos versos hacen gala de una poesía sublime: “… Julia cambió de pronto el compás, / con ella fuiste entonces tan feliz como un niño, / hasta que su cuerpo por la avenida rodó, / por el mundo rodó, / dejándote la ausencia…”.

Y es que La Romántica Banda Local era capaz de de verter ríos de poesía entre los acordes de sus canciones algo que ya había quedado claro en temas anteriores como la maravillosa Ana, el otoño: “Ana, el otoño / llegó tras irte tú. / Lo recibimos solamente / la ventana, el canario y yo. / Allí estaba mi impermeable / pero tus sandalias no. / Ni el amor de hojas marrones… / Llueven hojas y los geranios / se ponen el chaquetón. / Son las tardes grises / y el sol es medio marrón. / Fuisteis mi otra vida / tu amor, el Otoño y tú. / Te fuiste tú, quedó la Luna. / Te fuiste tú, Luna de Otoño”.

La falta de un lugar en el que encajar dentro del panorama musical que empezaba a hervir con el cambio de década y quizá la falta de convencimiento de algunos de sus miembros y de su discográfica, supuso el final definitivo de La Romántica Banda Local en 1980, aunque se cuenta que dejaron grabada la maqueta de un tercer elepé que nunca ha visto la luz. Aparte de los dos elepés, compusieron alguna canción suelta para el film Tú estás loco Briones de Javier Maqua. Luego, el silencio.

Poco después del final del grupo, ese Madrid provinciano y cateto en blanco y negro al que cantaba Faraco se transformaba en una ciudad cosmopolita donde siempre ocurrían cosas interesantes, epicentro de la moda y de las tendencias. Y de aquella ciudad de finales de los setenta solamente quedó el recuerdo de un poeta que le cantaba a una estrella solitaria brillando sobre los balcones.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies