John Frusciante, la virtud del resucitado

Ahora que está prácticamente desaparecido, suelo pensar mucho en John Frusciante. Recuerdo perfectamente cómo me vencieron aquellos álbumes de The Red Hot Chili Peppers, atraído por la atmósfera y la sencillez de las melodías que emanaban de esa inconfundible Stratocaster en canciones como Funky Monks, Porcelain, Scar Tissue o Dosed, todas ellas en los álbumes Californication (1999), By The Way (2002) y Blood, Sugar, Sex, Magik (1991), el que, a mi juicio, es su mejor trabajo. 

john-fruscianteJohn Frusciante / Foto: Mike Piscitelli.

Siempre me pregunté cómo era posible alcanzar esa sensación armónica con un punteo de tres notas, o con un acorde simplificado al extremo. Se suponía que la belleza se alcanzaba desde la dificultad, desde donde nadie era capaz de llegar.

No sé exactamente cuándo, pero caí un día en Niandra Lades and Usually Just a T-Shirt (1994), y, en ese momento, entendí que, en cierto modo, el John Frusciante que tocaba en Red Hot Chili Peppers no era el verdadero John Frusciante. John era un maldito, una víctima de la música como Chet Baker, como Janis Joplin, como Chopin, como tantísimos otros más. Era un drogadicto delicado e introspectivo pero valiente, un hombre que no tiene miedo de sus propios sentimientos. 

El álbum es un canto a sus demonios internos, una purificación del alma que trasciende el tiempo y el espacio y crea pesadillas y enfermedad mientras, al ser abrazado por cada palabra y cada sonido, notas cómo la luz blanca se va apagando cada vez más y más. 

Las palabras se vuelven insignificantes, se transfigura su significado creando imágenes mentales, alegorías que te indican su verdadero sentido. La música abre tu mente a esta nueva dimensión como una llave que encaja en la cerradura, su voz, ciertamente hermosa, se carga de dolor y sentimiento, siendo un colchón frío que te acurruca mientras todo a tu alrededor se mueve poco a poco y te hace traspasar la realidad, te hace oscilar entre el abismo y la muerte.

Sin duda, es este uno de los álbumes más terriblemente experimentales, interesantes y personales que existen, con un estilo inconfundible, usando como vehículo una psicodelia lo-fi que recuerda mucho, en ciertos puntos, a las sensaciones de The Madcap Laughs (1970), orquestadas por Syd Barrett,  aunque la mayoría del tiempo no podríamos hablar de nada conocido hasta la fecha como influencia; el genio moribundo de Frusciante en su máximo esplendor.

El disco se encuentra dividido en dos partes, la primera, Niandra Lades, grabada en 1992, antes de que dejase The Red Hot Chili Peppers por primera vez, agobiado por la indiferencia de las aceras, por el humo de los automóviles, agobiado de sí mismo.

De esta primera fracción cabría destacar composiciones como Your Pussy’s Glued to a Building on Fire, My Smile Is a Rifle, o As Can Be. Aquí podemos apreciar una poesía metafísica y minimalista de boca de John en cuya temática impera la muerte, el sexo, o el amor, todo ello marcado por su voz angustiosa. “Tu coño está pegado a un edificio en llamas / pinto mi mente sólo porque estoy vivo / si me vieses vagar por las laderas / ¿No querrías venir? / Tú pintas tus ojos / los míos están en el cielo / Ninguna palabra mundana que pudiese decir, sería dorada / La sonrisa en mi cara no es siempre real / pero la forma en que me haces sentir, / es todo lo que es realmente real / Tú, pequeña casa de pato”.

La degeneración mental tiene su lugar en la segunda parte del álbum, Usually Just a T-Shirt, grabado una vez que el guitarrista había abandonado la banda. Las composiciones musicales no tienen nombre, se vuelven más instrumentales, más sentimentales, y predominan los sintetizadores en algunas ocasiones, los solos de guitarra revertidos, las voces distorsionadas y un lirismo cuya temática sobrepasa y se aleja de la realidad. La psicodelia se intensifica inmensamente. Destacaría por encima de todas la demás pistas Untitled#2, una preciosa pista instrumental a modo de nana, y Untitled#3, cuya poesía musical y vocal termina por desembocar en una voz distorsionada que evoca al dolor más personal y al nihilismo absoluto: “Podría ser feliz en la infinidad / del espacio de mi párpado / pero sé que estoy en otro lugar / junto a las palabras de esta página / siendo mejores que los garabatos incoherentes que son / y eso sería real / y comí mi última comida / desearía poder sentir / pero ahora ni siquiera sé si soy real”.

Tras este álbum, su adicción a las drogas y al alcohol se intensificó notablemente. Existe una entrevista para la cadena holandesa VPRO, realizada en 1994, donde encontramos a un hombre consumido y en demolición que dice estar orgulloso de ser adicto y que es feliz creando música como lo hace. Los medios comenzaron a retratarlo como a un despojo humano que se dejaba vencer por la muerte, que se mataba estúpidamente en vez de vivir.

Eso sólo pudo ir a peor, de tal forma que el siguiente disco que publicó, Smile from the Street You Hold (1997), con un mayor predominio de la psicodelia y el interiorismo críptico, fue lanzado al mercado para costearse su adicción a las drogas, y en él se aprecia, en el simple recorrer de su voz, la debilidad que acompañaba a su caduco estado de salud.

Estuvo a punto de morir, ese mismo año, en su casa. Las paredes escritas con poemas del propio John ardieron, al igual que su colección de guitarras, las que intentó salvar a toda costa, resultando herido en el accidente. Había perdido todo lo que le importaba, ya no tenía nada.

Sin embargo, sus amigos Anthony Kiedis (RHCP) y Bob Forrest (Thelonius Monster) le ayudaron, le prestaron dinero, se compró una nueva guitarra y entró en una clínica, donde pudo desintoxicarse.

Cambió las drogas, el tabaco y la bebida por la meditación como medida para concentrarse en la espiritualidad y la música. Formó parte de la etapa más fructífera de RHCP, volviendo a la banda con sus compañeros, cuando moldeó aquellas canciones que escuché sin saber quién era él, así como continuó con su carrera en solitario, cargada de brillantes discos como Curtains (2005) o el maravilloso The will to death (2004).

John había resucitado.

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