Jaime no puede almorzar

Jaime no podía almorzar porque en su cocina el reloj marcaba las diez de la mañana, y a esa hora no se almuerza. En su reloj de pulsera las agujas se clavaban en el dos y en el doce. La más grande apuntaba a quemarropa al número más alto que puede aspirar nadie a visualizar en una esfera.

Peter Marlow 2008 MPhtFotografía de Peter Marlow, Magnum Photos.

Jaime debía esperar cuatro horas para entrar en su cocina y almorzar, o de lo contrario se encontraría consigo mismo en la cocina desayunando, y a él, mientras desayuna, no le gusta sentirse acosado por el olor a la comida notablemente más pesada del almuerzo, de hecho, era algo que le sentaba jodidamente mal. Sin embargo, ese día, Jaime tenía más ganas de almorzar que de costumbre, así que optó por entrar y pedirse permiso a sí mismo. Abrió la puerta y fijó su vista a la izquierda de la habitación, donde se vio bebiendo café y mordiendo una tostada.

     —Jaime, perdona, sé que estás desayunando, pero necesito entrar a almorzar.

     —No me jodas, sabes lo mal que me sienta esto.

     —Desde luego que lo sé, pero necesito almorzar.

     —Vete de aquí, joder. Cuando termine entras.

El Jaime que estaba sentado se levantó, empujó al otro Jaime hasta la salida y cerró la puerta sin decir nada mientras masticaba el último bocado.

El Jaime expulsado se dirigió a la habitación en la que guardaba el tocadiscos que le regaló aquella chica, habitación en la que el reloj funcionaba a una hora diferente. En esa habitación era ya hora de dormir, por lo que se encontró con él tumbado en el sofá, durmiendo y escuchando jazz. Siempre había estado enamorado de la hermosa Billie.

Comenzó a abrir cajones, armarios y demás, aunque era incapaz de encontrar lo que buscaba, algo que, probablemente, siquiera él sabría qué cojones era, pero que parecía necesitar como aferrándose a una extraña convicción que le impedía ceder. 

     —Pero bueno ¿No ves la hora que es? 

     —Lo veo perfectamente.

     —Sal de esta habitación, vete de aquí. Déjame dormir.

     —No voy a irme.

     —¿Tú eres gilipollas o algo parecido?

El Jaime que buscaba algo se acercó al que estaba tumbado en el sofá, lo miró desafiante y salió de la habitación sin decir nada.

En la casa de al lado vivía una mujer joven, de la edad de Jaime, puede que algo menor. Junto a esa mujer habitaba un hombre. Ninguno de los dos parecía mostrar sentimiento alguno por el otro más allá de un abrazo o alguna caricia de afecto menguado. 

Eran personas normales, ninguno de los dos destacaba por nada, como no destaca ninguna de las despedidas últimas, ni ninguno de los olvidos que se puedan vivir, olvidos que a la larga te queman como se quema un papel arrugado.

Jaime los observaba de vez en cuando lavando su coche en la calle con la manguera, cortar el césped y regar las plantas, siempre ambos juntos, siempre los miércoles y los viernes, puede que algún sábado. Jaime no sabía si él destacaba en algo, puede que no. Realmente era una cuestión que no le importaba. 

Jaime recuerda con frecuencia aquella vez que le invitaron a comer. En esa casa los relojes marcaban, todos, la misma hora, por lo que se podía deambular en ella con total libertad. Ese día cocinaron una comida deliciosa. Todos participaron en su elaboración, comenzando a comer justo a las dos y media de la tarde. Puede que Jaime jamás haya comido a una hora tan perfecta ni tan exacta como esa, no tiene recuerdo de ello, ciertamente.

Esa noche, al volver de casa de sus vecinos, pudo dormir en su cama plácidamente por encontrarse a sí mismo en el sofá. Esa noche fue una noche de suerte, normalmente se veía obligado a hacerlo en el pasillo, sobre la madera del suelo y junto al frío de las paredes. 

La ventana se empañaba con su respiración en esa habitación mientras sus ojos se mantenían traspasando el cristal sucio y húmedo. Maldición, un calendario colgaba de una de las paredes con la hoja de diciembre, justo sobre los trastos viejos y los libros reblandecidos por el tiempo que susurraban una tregua de una vez por todas. 

Todo lo que formaba parte de la casa pedía un descanso tan profundo como el infierno. Aquella chica que vivía al lado pensaba que podía que faltase algo de cariño. El cariño se escapaba por algún sitio y pintaba las paredes de ocre, absorbía el color de los muebles, palidecía a Jaime o encendía la televisión. Jaime discutía consigo mismo constantemente y puede ser que fuera por eso mismo. Puede ser que él lo supiera también y por eso saliese cada vez con más frecuencia de allí. Prefería pasar la noche en casa de alguien antes que pasarla allí. La sola sensación que se impregnaba en las paredes no le dejaba respirar bien, hacía el aire más denso de la cuenta, más difícil de soportar y húmedo, se le pegaba en las entrañas y no llegaba a su destino.

En la habitación de al lado, blanca y con olor a pintura, Jaime tapia las ventanas. No las necesita, piensa que no ayudan, que no ofrecen nada, desde ellas no puede ver a sus vecinos enfrascados en sus quehaceres y sus entresijos.

La puerta de esa habitación tampoco la necesita, así que la tapia también. Sólo se necesita a sí mismo, por lo que obstruye esa puerta desde afuera, dejándose atrapado en ese maldito trozo de mente que le queda.

Observa una mesa que hay en una esquina. Ahí está lo que tanto buscaba, una sensación de satisfacción máxima es todo lo que tiene. Saca un cigarrillo de su bolsillo derecho, coge ese mechero que acaba de encontrar y lo enciende, lo saborea dichoso. 

Se sienta en la silla que acompaña en la misma estancia, solitaria y machada, y simplemente cierra los ojos. En unos segundos su casa queda envuelta en las llamas, pero no teme nada. Él ya no pertenece a esa casa. No se pertenece.

Piensa en lo bien que sentaría una buena cerveza fría. ♦︎

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