Gil de Biedma, el paso del tiempo, o de cómo la poesía también iba en serio

Jaime Gil de Biedma. Foto: Joan Sánchez.

Salgo por Ciudad Universitaria a las 8:20 de la mañana. El olor de la cafetería que está dentro del metro, un intento fallido y ridículo de llevar al subsuelo de Madrid la tranquilidad de las reuniones de café, me golpea y me produce náuseas, a esas horas cualquier cosa me produce náuseas. Llevo años pasando por aquí, viajando apretado en los vagones, subiendo escaleras mecánicas mientras miro a las jóvenes estudiantes que suben corriendo las escaleras no-mecánicas para no tener que esperar y llegar pronto a clase, siempre suben los escalones muy al límite, pisando justo en la esquina de cada escalón con el bolso bien agarrado; llevo años pasando por aquí y viendo cómo varían las vestimentas de los estudiantes según la moda del momento, cómo siempre hay alguno que aprovecha a estudiar a última hora sentado en el suelo, cómo toca el tío del violín canciones de Disney que arrancan una sonrisa en las estudiantes que suben rápido las escaleras muy al límite del escalón (aunque la escena podría parecer bonita, a mí hace años que me parece horrible, en realidad es el lucro a través de la sentimentalidad, ese tipo está haciendo dinero aprovechándose de que para los universitarios, no se sabe bien por qué, el paso del tiempo es una tortura feroz, es el lucro de la añoranza de la infancia, es el lucro a base de querer recuperar algo que el violinista sabe que es imposible de recuperar, es algo bello y cruel), viendo cómo se forman colas en la reprografía que hay justo al lado de la puerta de salida, viendo el estanco siempre cerrado, viendo en general otros estudiantes como yo, pues la vida de cada uno no es más que eso, nuestra vida es la vida de los otros vista de frente. Llevo años viendo a la salida del metro los versos de Gil de Biedma que están escritos en una de las paredes: “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde / como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante”. Son versos algo pretenciosos, que suenan a argumento de profesor cuando está siendo rebatido por un estudiante, pero aun así son versos bonitos. 



Quién es ese Gil de Biedma uno lo empezó a comprender más tarde de leer por primera vez ese verso. La primera vez que leí al escritor catalán fue cuando un amigo mío, también catalán y además ávido lector a pesar de su juventud (qué rabia me dio siempre eso) me prestó una Antología Poética de Galaxia Gutenberg. Lo leí, pero no lo comprendí del todo, solo aquel imborrable verso quedó profundamente grabado en mi memoria: “De todas las historias de la Historia sin duda la más triste es la de España, porque termina mal”. Verso que me enfrentaba con apenas 18 años a esa falsa maldición y tragedia metafísica de nuestra España, que es más un juego o pose que a todos nos encanta asumir pues justifica nuestros fracasos. 

Mi vuelta a Gil de Biedma ha sucedido hace bastante poco, esta vez en calidad de lectura obligatoria para la asignatura ‘Literatura española desde 1940’. Llevo meses con Las personas del verbo en mi cartera a pesar de que la Biblioteca María Zambrano ya me ha mandado el tercer aviso de préstamo (si algún universitario lleva todo este tiempo esperando mi devolución y está leyendo este artículo, simplemente que escriba en los comentarios “así que eras tú, cabrón” y se conforme con eso. Porque aún no estoy preparado para devolverlo). Lo que ocurre es que no quiero deshacerme de él y además tampoco soy capaz, pues en esta segunda oportunidad que nos hemos dado Gil de Biedma y yo se ha encendido el amor, un amor que es identificación personal hacia esa constante poética y vital de ansiedad ante el paso del tiempo de la poesía de Biedma. 

Decía antes que para los universitarios el paso del tiempo es una especie de tortura pero, igual que para los españoles la maldición y los diablos metafísicos, no es más que una pose, un traje de pena negra que queda muy resultón con el café solo y el tabaco rubio en la cafetería de Filosofía y Letras mientras se habla del capítulo 7 de Rayuela y de Laclau e Iñigo Errejón. Pero joder Jaime, yo estoy en mi último año de carrera, mi agonía por el paso del tiempo es real y tiene sustento material, acabar la carrera es asomarse al maldito abismo, descubrir de pronto que uno tiene una vida y que tiene la responsabilidad de llevarla sobre los hombros. Y vienes tú, ahora que yo me asomo aterrado a ese precipicio del paso del tiempo, con esos versos:

“La nostalgia del sol en los terrados, / en el muro color paloma de cemento / —sin embargo tan vívido— y el frío / repentino que casi sobrecoge.

La dulzura, el calor de los labios a solas / en medio de la calle familiar / igual que un gran salón, donde acudieran / multitudes lejanas como seres queridos.

Y sobre todo el vértigo del tiempo, / el gran boquete abriéndose hacia dentro del alma / mientras arriba sobrenadan promesas / que desmayan, lo mismo que si espumas.

Es sin duda el momento de pensar / que el hecho de estar vivo exige algo, / acaso heroicidades —o basta, simplemente, / alguna humilde cosa común

cuya corteza de materia terrestre / tratar entre los dedos, con un poco de fe? / Palabras, por ejemplo. / Palabras de familia gastadas tibiamente”.

Gil de Biedma, antes de llegar a esta idílica fusión amoroso-poética basada en la angustia del paso del tiempo conmigo, nació en Barcelona en 1929, se quedó calvo en 1962 pero no fue un problema porque siempre tuvo una línea de cabeza muy buena. Nació en una familia burguesa pero fue de izquierdas, aunque ejerció poco, fue poeta aunque lo que siempre quiso ser fue poema, fue también miembro de la escuela de Barcelona y de la generación del 50, escribió poco pero muy bien, y falleció en 1990. 

En su poesía, que es lo que nos importa, hay esencialmente dos temas, según él mismo: “En mi poesía no hay más que dos temas: el paso del tiempo y yo”. En Biedma luce esa meditación temporal y vinculación intimista entre la historia y el yo sobre la cual hay una búsqueda desesperada de la salvación personal. En sus poemas hay un marcado yo, pero un yo en el que fácilmente se diluye el lector por la maestría de la plasmación del instante, un instante al que se agarra precisamente por ese miedo al paso del tiempo, al futuro, y por la añoranza al tiempo perdido (léanlo y entenderán mejor la crueldad de ese violinista que toca canciones de Disney en CIU) que se recrea desde el presente. 

Como miembro de la Generación del 50 en Biedma vemos ese coloquialismo que caracterizó a los poetas de dicho grupo, junto a la también característica preocupación social y civil desde lo personal y desde la experiencia. Será esa poesía de experiencia que vemos en el escritor catalán la que influirá notablemente en generaciones posteriores, una poesía que se siente, que se escribe y se lee igual que se vive, que entremezcla la memoria individual con la colectiva, que no se engalana desde torres de marfil sino que ilumina la vida y lo cotidiano, la urbanidad y los gestos sencillos en los que realmente se capta la esencia y el sentido de la vida. Jaime supo que la poesía, igual que la vida, iba en serio, y que ir en serio significaba construir una nueva sentimentalidad a través del poema: “Este cansado mundo finisecular necesita otra sentimentalidad distinta con la que abordar la vida. Y en este sentido la ternura puede ser también una forma de rebeldía”.

Esta última frase, de enorme potencia, forma parte del manifiesto de La otra sentimentalidad, publicado en 1983 en El País por tres poetas granaínos: Luis García Montero, Javier Egea y Álvaro Salvador. Tres escritores que apostaron por crear una nueva corriente poética bajo las indicaciones de Jaime Gil de Biedma, indicaciones que se basaban en la poesía desde la posición del sujeto, del sujeto condenadamente histórico que reflexiona y vive en un mundo real, cotidiano. Una poesía desde el monólogo reflexivo en el que la experiencia trasmitida está narrada por ese sujeto histórico que no necesariamente es el poeta, porque es también el lector, porque puede ser todos a la vez. 

La poesía de Jaime Gil de Biedma va en serio, esa es la cuestión. Una poesía que es rebeldía, como decía La otra sentimentalidad, porque la ternura también puede ser una forma de rebeldía, la ternura de contar con sencillez, pues no puede contarse de otra forma, la vida humilde, opuesta a la poesía burguesa, de todos nosotros, que al final nos tenemos que dar cuenta que vivimos y que inevitablemente tenemos que llevar nuestra vida sobre los hombros.

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