Finlandia, el entusiasmo melancólico

Un día Willian Saroyan quiso ver a Sibelius y se presentó en Finlandia cuando era joven sin conocerlo de nada y el otro lo invitó a su casa del este de Helsinki en mitad de los bosques junto al mar. Saroyan con su vitalismo armenio conectaba bien con Sibelius que recogió los mitos finlandeses y las historias de los bosques. Para algunos, Tolkien se inspiró en los finlandeses para concebir a sus elfos. Son tipos silenciosos y pacíficos metidos en los bosques y conectados con la naturaleza. Y ponen su arquitectura más audaz o sus diseños más renovadores en contacto con el cosmos. Y así lo más moderno tiene la magia de lo más antiguo. Estábamos en la Iglesia de Piedra de Helsinki y era una gran superficie excavada en la roca, con la roca salvaje por un lado y grandes paneles de cristal y hierro por otro lado. Uno estaba en el interior de la tierra y al mismo tiempo en el firmamento, en la mayor intimidad, que subrayaban las luces por las esquinas, y en la mayor desmesura. Los fineses no tenían catedrales góticas pero tenían iglesias hechas en lo apasionante de la roca o la madera. Eso sugería una religión apasionada y dramática, que conectaba con las personas y las arrastraba, no un montón de ceremonias sin sentido.

Estábamos en los parques y veíamos pasar jóvenes vestidos de negro con dibujos de monstruos por todas partes y dijimos: esta es la juventud de Finlandia, son todos un poco hippies, no quieren elegancias ni formalismos, no les gustan las burocracias ni las rigideces, y viven su música. Después nos enteramos de que había un festival de música heavy en el Parque Kaisaniemi. De modo que  eran los heavies, no era Finlandia. Pero más tarde vimos que sí había un poco de eso, tenía que ser en un país así donde abundaran tantos jóvenes como aquellos. Se parecían un poco a los personajes de Paasilinna. Eran gente de ciudad, pero allí en  las ciudades la naturaleza entra por todas partes, y en el futuro se meten las tradiciones y las leyendas. Lo inventan todo, pero siguen con los ademanes del Kalevala. Todo tiene una cierta magia entre ellos.  

FINLAND. Helsinki. 2000.Helsinki, 2000 / Foto: Josef Koudelka/Magnum Photos.

Nunca vimos un policía en toda Finlandia. El hecho de que la policía no se vea también significa mucho. Es significativo que no necesite verse, que no haga falta asustar a la gente para que se respeten unos a otros, para que no empiecen a destrozar las cosas. No será el paraíso, pero da una sensación de soltura, de que te dejan a tu aire. Y de que puedes confiar bastante. Solo vimos el policía de piedra de Oulu. Es un policía bajito, con una gorra plana, de  proporciones chaparras, no  está por encima de nosotros sino a nuestro lado, no nos grita sino que nos susurra. Parece un funcionario cualquiera, un repartidor de correos. Simplemente nos está recordando algo, pone un poco de orden en las cosas, no nos está amenazando.  Un país así, donde los policías no necesitan ponerse ceñudos, resulta acogedor. 

Supongo que los finlandeses tienen motivos para estar tristes. Están tristes porque la vida es limitada, porque los mitos no son realidad, porque no pueden perderse del todo en sus lagos.  Porque hace mucho frío en invierno. Porque las noches son demasiado largas, o  porque los días son demasiado largos. O porque están muy cerca del universo pero se tienen que quedar en la tierra. Su epopeya Kalevala es la única en el mundo que trata sobre un músico y sobre alguien que fracasa en el amor. Un viejo verde de ochocientos años que no puede conseguir que le haga caso la chica. Que no consigue emocionar a la chica con sus canciones. Seguramente en Finlandia no tienen el concepto de viejo verde, un concepto muy injusto. Porque supone que el sexo es solo para los jóvenes, que a partir de cierta edad ya no puedes vivir, que tienes que retirarte a tomar infusiones. Los viejos al desván a contar viejas historias. Pero Vainamoinen no quiere y lo que hace es cantar sus melancolías. Y el país entero es una melancolía.  

El tango argentino es más dramático que el finlandés, más anguloso. El finlandés es más melancólico, más suave, tiene ese aire de fracaso y saudade. De no conseguir que la vida lo sea del todo. Cuando estábamos en Rauma era la final del Festival del Tango Finlandés en no sé qué ciudad junto a un lago. Y la transmitían por televisión. Entramos en  un bar dedicado al tango,  un local grande, cutre y abandonado, y estaban poniendo eso en la televisión. Estaban allí personas como supervivientes y llevaban un montón de tangos encima. Consuelo bailó el tango en Finlandia y se ponía en esa atmósfera de bruma sentimental y de nostalgia. Ella siempre ha dicho que era nostálgica desde niña, que siempre quería no sabía qué. Que a veces se enfadaban con ella. Y ganó la canción que menos nos gustaba. La repitieron varias veces y nos pusimos en el tono de Finlandia.  

FINLAND. Helsinki. 2000. Historical pageants.Helsinki, 2000 / Foto: Josek Koudelka/Magnum Photos.

Pero también están alegres. Tienen un sentido del humor para cada momento, y sienten cada instante, y disfrutan de sus casitas minúsculas al lado de los miles de lagos pequeños, y se van a pescar a los lugares más remotos, e inventan historias basadas en los viejos mitos. Y se van por la naturaleza y se pierden en los bosques. Tienen una especie de entusiasmo melancólico, de pasión silenciosa. Una tarde en Oulu estábamos en un café con sofás y chimeneas  y se sentó con nosotros un borracho. Se puso a hablar con nosotros entusiasmado, dichoso por compartir una vida lejana, por hablar con alguien de un país remoto, de las tierras del Sol. No nos agobiaba su borrachera, más bien parecía una expansión, una especie de aire dionisíaco en la sombra. Tienen esa especie de entusiasmo callado.

En Tampere fuimos en barco a dar un paseo por el lago.  Unos tipos iban tocando el acordeón y le daban una magia entre vulgar y seductora a la travesía. Entonces a mí se ocurre pedirles Satumaa “La tierra de los cuentos de hadas”, el tango finlandés más famoso. Y Consuelo se lo pide llena de gracia, y los tipos lo tocan, y todos los viajeros nos lo agradecen y siguen la melodía. Y a mí me envuelve una melancolía que me atraviesa, no sé sentir todo lo que se asoma, me parece que comprendo  la clave de Finlandia aunque ellos no lo crean. 

Al anochecer en Tampere llegábamos al albergue y nos quedábamos un rato en la explanada de la catedral disfrutando la espesura. Había una paz que contrarrestaba cualquier agobio moderno. Tal vez los finlandeses saben cómo destilar esa paz. Y la cuidan. Nos asomábamos al balcón y disfrutábamos la catedral moderna de torres locas. En Finlandia los creadores tienen la misma magia que los del pasado, beben de los mismas fuentes. Llevan el mismo secreto.  

Finlandia reno Consuelo de ArcoFinlandia / Foto: Consuelo de Arco.

No tienen grandes catedrales pero tienen una iglesia de madera en mitad de los lagos, en Petajavesi, que es Patrimonio de la UNESCO. Yo vi iglesias de madera en Escandinavia, pero ninguna me pareció tan mágica como esa de Finlandia. Cogimos un tren desde Tampere a un pueblo perdido hacia el norte que iba bordeando varios  lagos. Tuvimos que caminar por una carretera que parecía no llevar a ningún pueblo, luego se cruzaba una plaza desdibujada, se seguía caminando por la carretera sombría más allá de un río. Dudábamos de que la iglesia existiera, estábamos a punto de volver, nos parecía estar perdidos en la inmensidad de Finlandia. La iglesia era alta pero pequeña, tenía varios techos inclinados de madera ennegrecida, los muros muy bajos con ventanas de visillos. De modo que aquí se reunían los que querían pensar en Dios, los que querían aislarse de los ruidos, que en Finlandia nunca son tampoco demasiado ruidosos. No era un lugar para demostrar prepotencia, ni conminar al mundo, ni para manejar la vida de las gentes. Seguro que a aquel púlpito no se subía nadie para amenazar con el fuego y la sal, para hablar del Apocalipsis, para acojonar a los fieles. Un pastor igual que ellos se pondría a reflexionar junto a ellos, o tal vez no diría nada, y todos compartirían los silencios. Era una iglesia de leñadores para leñadores en un rincón de Finlandia.   

Y otro día estamos en Naantali, con sus casas flotantes, con su Isla de los Niños, con sus calles como pasillos llenos de plantas.  Finlandia entera parece un país propicio a los niños. Hay una naturaleza que se mete por todas partes, y el agua que lo fantasea todo, y  una espontaneidad que rompe moldes, y un desenfado infantil, y una naturalidad que acerca a todo el mundo. Y también a veces están tristes y nostálgicos como los niños. Yo creo que la gracia  existe de verdad  en ciertos lugares del mundo. Y Naantali en Finlandia es uno de los más privilegiados.  

Me gustaba pensar en esos pueblos ligeros en la costa del sur. Pequeños puertecitos donde los barcos se abrigaban,  palacios de madera, construcciones  de viejos usos reaprovechadas para fines musicales. Me acordaba de Porvoo, donde vivió Runeberg,  con sus almacenes de madera de color rojo. De la casa como un castillo de Gallen-Kallela en Espoo, con sus ilustraciones del Kalevala. Del castillo de Raseborg, donde los reyes de Suecia miraban a Estonia. Del balneario de Hanko, con sus villas rusas de nombres literarios. Los rusos al final se cansaban de tanta prepotencia, les gustaba también la gracia finlandesa, querían perder un poco de su solemnidad en medio de los canales y los lagos. 

FINLAND. Helsinski. House designed by architect Toivo KORHONEN. 1969.Helsinki, casa diseñada por el arquitecto Toivo Korhonen, 1969 / Foto: Rene Burri/Magnum Photos.

Pensaba en Carelia. Todavía quedaban viejos en Carelia cuando vivía Lonrot que podían contarle tantas cosas. Por eso lo más misterioso de Finlandia es esa región, y es la más remota, y por ello mismo la más auténtica, y la que está más metida en el corazón del país. No está hecha para turistas, allí late de verdad el alma de Finlandia. Allí suena la melancolía poética de los grandes mitos derrotados y siempre vivos. Yo soñaba con Carelia y ese nombre me sonaba lleno de evocaciones. Lo que más lamento es no haber ido allí.

Y era Finlandia el personaje de El año de la liebre de Paasilinna, el hombre melancólico y humorista que se defiende del sistema. Digamos que el sistema finlandés es más poroso que el de muchos países, y aún le permite moverse, pero los hilos del sistema no suelen tener sentido del humor ni comprender la melancolía, esa melancolía con que un ser puede comprender a otro ser, o un humano a una liebre, mientras toma aguardiente él solo en el apartamento, y se acuerda de antiguas canciones,  o de los reproches continuos que le hacían su mujer, su madre, su jefe en la oficina, el vecino del quinto. Igual que esa anciana que se escapa por los bosques del norte de Finlandia en El bosque de los zorros, y no quiere que la atrapen los funcionarios de la residencia estatal, esa vieja que no quiere saber de zarandajas ni legalismos, que quiere ser libre y estar viva en sus últimos años, que quiere apreciar el sabor de la vida intensamente en los días contados que le queden, arrinconada en el norte de Finlandia, en los límites extremos de la vida, con una vivacidad tan desesperada que acaba seduciendo a los más desesperantes seres que pasan de todo. 

En los libros de Sillanpaa se ve cómo en Finlandia cada personaje está lleno de vitalidad, cómo la vida late en todas partes, en cada secreto, en cada rincón, en una muchacha que casi no tiene nombre, que ama y se rebela sin que nadie lo sepa. En Noche de verano se ve todo el embrujo de las noches blancas de Finlandia, esas noches que no son noches, que tienen resplandores de plenitud, iluminaciones misteriosas, que revelan el secreto de las cosas. En un pasaje dos seres perdidos en una casa solitaria de noche sienten que han perdido su nombre, que todas las cosas ya no tienen nombre, porque eso es lo que hace la noche. Y sobre todo esas noches apasionadas de Finlandia, esas noches interminables en que los astros revientan, se vuelven locos, nos vuelven visionarios, nos hacen tener todos los delirios. Sillanpaa habla de seres que vagan en barcas en los miles de lagos de Finlandia, que se hacen gestos desde lejos, señales de amor o ademanes inesperados o actitudes misteriosas, mientras el agua tiembla sin cesar detrás de todos los árboles, lo fantasea todo, lo hace hervir todo. Y esa naturaleza de noche en Finlandia supera todos los simplismos, las doctrinas miserables, la ferocidad de la guerra civil con sus intolerancias. 

Los libros exponen el alma de Finlandia, como esa infinidad de casas de madera solitaria en el atardecer junto a los lagos,  como esas amas de casa que se sientan a tu lado en el césped junto a la avenida Esplanadi en Helsinki, como El ángel herido de Hugo Simberg que no tiene nada de majestad en su mirada y  no comprende cómo se le han vuelto tan inútiles las alas. 

Hugo Simberg en su cuadro Anochecer de primavera muestra una Finlandia que parece dormida, que no presenta grandes conmociones en la historia moderna, que no llama la atención ni nos sacude con retóricas, pero se muestra secretamente viva sin cesar, millones de veces viva en todos los reflejos en los miles de lagos, en todas las cabañas en los atardeceres en las orillas de los lagos. Los muertos están más vivos que nosotros, sugiere el conde lituano Oscar de Lubic Milosz en el poema Los muertos de Lofoten. Milosz habla de unos muertos borrachos por la lluvia, que vibran en la isla sin que nos demos cuenta. Así serán los fineses, callados melancólicos que cuidan sus flores sin que nos demos cuenta, que guardan sus secretos, que cultivan sus jardines  privados en las orillas de los lagos. 

FINLAND. 1948.Lagos de Finlandia / Foto: Werner Bischof/Magnum Photos.

En un poema de Última Thule el español Vicente Gaos dice que el universo no dice nada, que va más allá de las palabras. Y eso han descubierto los finlandeses. Por eso los personajes de Kaurismaki no hablan mucho. La vida está mucho más allá de las palabras y de las limitaciones que se consiguen con ellas. La vida es lo innombrable y la infinidad de bosques solitarios del Norte que no pueden clasificarse. Así Gaos se imagina el Norte mágico como un lugar de puro silencio, de sola música, donde han callado todos los coñazos y han dejado de dar la lata. Tal vez lo mejor sea tomar cervezas cerca del fin sin hablar demasiado, o hablar en voz baja en una taberna de Rovaniemi, en Laponia. 

Desde antes de nuestra civilización había rutas que llevaban el ámbar desde el Báltico hasta Grecia o hasta las Galias,  afrontando todos los peligros, que bajaban por Rusia o por los pueblos germánicos o atravesaban los Alpes sin dejarse amedrentar. Podríamos ver a los fineses así. Seres metidos en su resina que parecen callados pero no dejan de contar historias en secreto para quien quiera escucharlas y vivir sus leyendas calladamente. Y es también una forma de estar preservados para siempre, de que no venga la gente con sus clasificaciones y sus negaciones. Allí en el Norte se rompieron tantos prejuicios, se abrieron tantas palabras, se ensayaron otras morales, se intuyeron libertades. Tal vez más que en la Grecia clásica. Por eso se asustó Ganivet en sus Cartas finlandesas cuando vio aquellas cosas insólitas, las mujeres estudiando como los hombres, escuelas por todas partes, infinidad de bibliotecas, una vida espiritual que tuviera cualquier persona, los altos cargos al nivel de la gente. El los veía poco menos que como chalados. Pero lo hiperbóreo es el mundo de los bosques donde los elfos son libres, como señala Tolkien en El señor de los anillos

Decimos que los fineses son lo máximo en educación, que son muy pacíficos, que no hay apenas delincuencia, nos maravillamos con muchas de sus cosas, aunque a veces nos parezcan tristones y aburridos. Pero es porque respetan a las personas, porque en el fondo lo respetan todo y lo aman todo, no solo a los niños, en los cuales piensan en tantos sitios, para los cuales han construido tantas cosas, la isla de los Mumin en Naantali, el pueblo de Santa Claus en Laponia, el Museo de las Invenciones Inútiles en Uusikauppunki. Lo suyo no es la cultura del desprecio, sino la de la resistencia, como diría Ernesto Sábato. Esa resistencia que muestra el limpiabotas de El Havre en la película de Kaurismaki, y la  de todos los que en esa película ayudan al chico a escaparse en el barco. 

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