Estallidos literarios: ‘La muerte en Venecia’ o la llamada de Dionisos

Fotograma de Muerte en Venecia, adaptación al cine por Luchino Visconti. Imagen: Alta Cinematográfica.

Un consejo: no dejen las llaves de su coche ni el cuidado de sus hijos a quienes repitan esa letanía de que La muerte en Venecia es la novela más triste del mundo.

Cierto que los que así piensan esgrimen argumentos en principio incontestables. Un escritor viejo y enfermo, una ciudad asolada por una epidemia de peste, calor y humedad sofocantes, aguas pútridas, muertos por las esquinas y un hotel repleto de aristócratas fosilizados. Cualquier autor convencional cocinaría con esos ingredientes un estofado indigerible de tristeza. Pero no Thomas Mann, porque Mann es uno de esos genios que sabe contagiarte la alegría de vivir aliñando los ingredientes más desoladores. Sí. La muerte en Venecia, leída, degustada con detenimiento, produce un efecto similar a una tableta de prozac, a la flecha buena de Cupido o a un viaje en globo sobre un campo de loto.



La novela se inspira, como otras muchas de Mann, en acontecimientos de su biografía. Gustav Aschenbach es un reconocido escritor muniqués que al poco de cumplir los cincuenta siente una extraña desazón; escucha un canto de sirenas que amenaza con resquebrajar su sólido universo de intelectual insobornable. Durante esos 50 años Gustav ha edificado un mundo amparado en la fuerza ordenadora de la razón, basado en el culto al esfuerzo, al trabajo minucioso, al dominio de sí mismo; siempre lejos del vicio de la pasión, de las inmundicias de la vida y de cualquier “simpatía con el abismo”. Sin embargo, ese hombre apolíneo, orgulloso de su rectitud moral, un buen día siente el rumor de una llamada. Son unas voces roncas y turbias que le llegan desde el lado de la existencia que él nunca se atrevió a pisar. Ven, cobarde, le dicen, sal del espejismo de los libros,  entra en la realidad, en este inquietante escenario donde el papel se hace espacio,  las ideas devienen en personas y las razones quedan sepultadas bajo el ímpetu de los sentimientos. Son las voces de Dionisos y Eros invocándolo desde Venecia. Y nuestro insobornable Gustavo, incapaz de seguir resistiendo, decide matar a su carcelero Apolo y viajar en busca del reclamo.

En las cuatro semanas que pasa en Venecia, Gustav se instala en el aristocrático Lido y se transforma. Se deja ganar por la pereza y la concupiscencia de los sentidos, abandona la lectura y las rutinas enfermizas, se extravía dulcemente en la contemplación del caos y abre la espita de sus sentimientos atrofiados. Por supuesto, no tarda en descubrir el destructor poder de la belleza de Tadzio, un muchacho de catorce años, cuya contemplación le advierte de que toda su vida pasada ha sido una ridícula sublimación del intelecto. Hasta tal extremo es así que “la idea del retorno al hogar, a la calma, la sobriedad, el esfuerzo y la maestría le repugnaban de tal modo, que el rostro se le contraía en un dolor físico”.

Cierto que el alcance simbólico de su apellido (“arroyo de cenizas”) o la elección de esa ciudad terminal donde va a morir alguien que nunca se ha atrevido a vivir, podría invitarnos a pensar en la novela más triste del mundo. Pura apariencia. Porque no estamos ante el clásico ejercicio existencialista que sostiene que el hombre ha nacido para morir en un mundo donde la felicidad no existe y bla, bla, bla… Al contrario, La muerte en Venecia es un vibrante homenaje a la vida, un manual para aprender a entenderla y a gozarla, una suerte de carpe diem dirigido a todos aquellos tipos que malgastaron su tiempo ocultos en la asepsia de la contención apolínea y prefirieron la seguridad del tedio al disfrute de la belleza fatal o a la locura arrebatadora del amor. 

Gustav descubre en esas cuatro semanas lo inimaginable, que el poeta ha de ser indigno y sucio, que debe mancharse de olores y sabores, pues solo el lodazal de lo sensible puede acercarnos a la trascendencia de lo espiritual. Por desgracia o por suerte no hay otro camino. Y lo sensible que él rastrea, hambriento, lo encuentra en la belleza divina y carnal al mismo tiempo de un muchacho, “una figura viviente”, delicada y varonil, una suerte de dios mancebo, hecho de carne y alma a partes iguales y por el que Gustav, con el que no llega a cruzar una sola palabra, siente morir cada vez que lo contempla bañándose en el mar.

Sin embargo, se trata de un descubrimiento trágico, ya que nuestro héroe adquiere conciencia de ello cuando su propio cuerpo le anuncia que su tiempo se agota. Ha malgastado toda una juventud de energía y vitalidad encerrado en su urna de escritor y al arrepentirse, la vida solo le permite levantar acta antes de apartarlo para siempre. Como el teniente Drogo de El desierto de los tártaros o el Gabriel de Los muertos, el viejo Gustav comprende tarde el secreto de la existencia, pero a diferencia de ellos, nuestro protagonista va a morir después de que Dionisos le haya mostrado con deleitosa perversidad el aroma de la vida. 

El desgarro de la escena final es conmovedor. El hombre quisiera comenzar de nuevo, regresar a la adolescencia, ser otro amigo más de Tadzio, gritar sin pensar y corretear por la playa a su lado, besarlo, comerse una manzana roja, secar al sol su piel inmaculada y volver a bañarse y volver a besarlo. 

Pero ni Dionisos ni Eros se apiadan de Gustav. Tan solo le regalan un último instante. Le permiten sentarse en una hamaca de la playa, el tinte de cabello resbalando por su frente febril, y disfrutar de la contemplación de Tadzio, que le sonríe desde la orilla. Gustav tiene la belleza delante, podría tocarla con un pequeño esfuerzo. A unos metros de esa hamaca donde está a punto de expirar, se abre un suelo de arena dorada, un mar azul infinito sobre el que se recorta la imagen de un muchacho que se aleja de su lado con la promesa de una felicidad tan cercana como intocable.

Ese momento en la playa en que la vida, espléndida, hace un alto en el camino para pavonearse ante sus ojos moribundos, y luego despedirlo malévolamente a través de la sonrisa de Tadzio, “no debes sonreír así, no debe sonreír así a nadie”, es una de las venganzas más crueles, pero también aleccionadoras de nuestra literatura.

Y si no lo creen, acérquense a la playa del Lido y lean.

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