De gominas y bigotes invisibles

Hay semanas que dejan verdaderos motivos para el optimismo. Hay que verlo así. Semanas que suman varios grados apresurados en el callado proceso de ebullición social, sucesos que caen como gordas gotas que amenazan con colmar el vaso.

En una sola semana, el sistema ha tenido que gestionar como buenamente puede —no más que escondiéndose y dejando pasar la fiebre— varios casos de corrupción protagonizados por significativos miembros del bloque de poder en España. Mario Conde, quien fuera presidente del Banco Español de Crédito y figura simbólica del poder financiero en los años 80, fue detenido bajo acusación de montar una dilatada operación de blanqueo de alrededor de 13 millones de euros, saqueados de Banesto en sus años de presidencia, motivo por el que ya fue condenado a años de prisión. Bertín Osborne, hijo de una de las más conocidas familias de la aristocracia española, propietaria de la considerada segunda empresa más antigua del país —el famoso Grupo Osborne, que ha poblado de siluetas taurinas las carreteras españolas—, se destacó en los titulares de esta semana por su aparición en los ‘Papeles de Panamá’; el popular presentador televisivo ha excusado su offshore como herramienta, precisamente, para ponerse al día con la Hacienda española. Como Conde, Osborne ya había sido condenado por un delito de desfalco. Ambos son reincidentes en polémicas financieras. José Manuel Soria, ministro de Justicia en funciones hasta estos últimos días, se ha visto también vinculado a empresas offshore que figuran en los documentos filtrados del bufete panameño Mossack Fonseca; las pobres, absurdas y contradictorias excusas del ministro le pusieron tan contra las cuerdas que se vio abocado a la dimisión. Y por último, poco sonado entre tan propicia algarabía, el expresidente del Gobierno, José María Aznar, fue sancionado por Hacienda por tributación irregular a través de su empresa familiar, Famaztella, que le sirvió a él y su esposa Ana Botella para evitar el pago de un 25% de impuestos por sus actividades profesionales; los Aznar-Botella han tenido que pagar casi 300.000 euros a Hacienda.

Son cuatro casos de gran impacto en tan solo una semana. Por separado, quizás, no tendría más importancia, se perderían —como decía el replicante— cual lágrimas en la lluvia. Pero sumados en días casi consecutivos adquieren parte de una misma causa, forman un dibujo de grandes dimensiones, fácil de ver en la distancia. Los números que desvelan no tienen relevancia alguna en un contexto de economía estatal. Son los desfalcos de las grandes empresas, empezando por ‘las 35’, los que importan en el peso de la economía de un país. Se están aireando las mordidas y deferencias de esas grandes empresas a sus gestores, las suculentas migajas que hacen más fácil la vida de quienes coinciden bajo el paraguas del gran capital español. La crisis en la caída del incremento de ganancias y la competencia por ello entre capitalistas es tan real y descarnada que deben arriesgar, y el riesgo produce derrapes y salidas de pista como los de Conde, Osborne, Soria y Aznar. Por el momento no se desborda el vaso, pero suman. No valen por sí solos, pero van perfilando cada vez con trazo más imborrable el estado de descomposición del sistema y la crisis en su cúspide. 

Llegará la semana, aunque parezca utópico pensarlo, que uno de estos sucesos desborde el cauce del río. Ese aporte definitivo en la suma cuantitativa, el que produce un cambio cualitativo. Y significará el fin del poder de aquellos a los que reconocemos, hoy, por su aspecto vomitivo y sarcástico, por su aire de despreocupada arrogancia, por sus pelos engominados y sus bigotes invisibles. Habrán de pasar otras cosas para que ocurra, como que las amplias mayorías sociales organicen de nuevo sus fuerzas, pero una vez operen todos los factores, ocurrirá: caerán. Lo utópico, reaccionariamente utópico, sería pensar que nada va a cambiar jamás, a pesar de tanta peste a brillantina.

17 de abril, 2016

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