Saúl en el infierno

Fabricar historias enlatadas es casi lo único que hace Hollywood. Una gran industria con potencial económico y propagandístico que se repite hasta la saciedad. Vestidos, bellezas oficiales, importantes cuentas bancarias y falsedad es lo que acostumbra a desfilar por la alfombra roja. Vender como arte algo que no lo es, es su especialidad, salvo excepciones, por desgracia cada vez menos frecuentes en las últimas décadas. Flaco favor le hace al Cine, con mayúsculas, lo que se promociona por allí. 

El hijo de SaúlEl hijo de Saúl (2015) / Imagen: Laokoon Filmgroup.

Aún así, lo que se puede salvar de su falsedad es, a veces, el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Quizás porque no es rentable o porque no lo saben hacer, el caso es que en los últimos años se han premiado películas extranjeras relevantes. Por poner unos ejemplos, Amour de Michael Haneke en 2012, La Grande Bellezza de Paolo Sorrentino en 2013, Ida de Pawel Pawlikowski en 2014 o, en la última edición, Saul fia (El hijo de Saúl) de Lázsló Nemes, en la cual nos vamos a detener. Película galardonada con el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes en 2015.

Películas sobre los campos de concentración existen unas cuantas. Algunas absolutamente necesarias, contando aspectos del colapso de la humanidad. Otras no tan importantes por excederse en exponer únicamente imágenes que desplazan la historia para quedarse con el impacto de ese conjunto de imágenes. Aquí está la dificultad. Cómo contar algo sobre el Holocausto de una manera que no suene repetitiva y que, en consecuencia, no suavice el agujero histórico, es el gran aval de este filme. 

Lázsló Nemes (ayudante durante años del gran Béla Tarr: cineasta que quizás no suene mucho por Hollywood), coloca hábilmente la cámara en el perímetro, casi siempre a espaldas de Saúl (protagonizado por un sublime Géza Röhrig), personaje principal del largometraje. De esta forma nos muestra un punto de vista puramente subjetivo, consiguiendo articular el metraje con gran calidad. Gracias a esta subjetividad se puede contar todo el horror sin mostrar unas imágenes excesivamente agresivas y sin focalizar el horror para provocar que el espectador se centre en las preocupaciones del protagonista pero sin olvidar el infierno que le rodea. Es un recurso hábil el colocar en la periferia del plano la brutalidad de las acciones de una manera difuminada. Aquí está la habilidad de Nemes, que parece insinuarnos que  no debemos olvidar la degradación física y psicológica y la imposibilidad de soportarla.

El protagonista, Saúl, un Sonderkommando (trabajador en los crematorios y en las cámaras de gas) que sabe qué le espera, busca una vía de fuga para intentar olvidar su destino y la degeneración a la que se ve abocado. Tras ver cómo un niño ha sobrevivido a una ejecución de gas y su posterior muerte por un médico del régimen, se asume a sí mismo como el padre que debe evitar que acabe en un horno crematorio y quiere organizar un funeral. Por ello, buscará un rabino entre los distintos grupos de prisioneros, exponiéndose a una muerte prematura, aunque como el propio protagonista dice: “ya estamos muertos”.

Esta necesidad psicológica de aislarse de algún modo del infierno al que están condenados todos los prisioneros, implica que también se va a mantener al margen de las intenciones que hay en su grupo de rebelarse antes de ser obligados a morir.

En El hijo de Saúl se muestra de una forma bastante acertada las relaciones entre los distintos prisioneros. La crueldad entre ellos mismos y también la comprensión e incomprensión que se produce entre ellos. El personaje llamado Abraham (Levente Molnár) es una clara muestra de la ayuda y la incomprensión que se da con Saúl.

Lázsló Nemes, sin caer en el dramatismo, sin centrarse únicamente en el sufrimiento físico del un personaje, y sin banalizar ciertos aspectos, consigue con la cámara aportar una nueva visión de lo que, como diría André Malraux, podemos llamar “el Mal absoluto”. De esta manera, El hijo de Saúl se convierte en una película necesaria. 

Conviene no olvidar que el ser humano es capaz de recrear el infierno en este mundo, como ocurrió en el corazón de Europa no hace tanto, producto de los que nos hacemos llamar civilizados, a poco que se enlate la dignidad y se arrincone el pensamiento ético. El primer fotograma de la película es un exterior borroso, que no ocurra en la memoria. Ya estamos avisados.

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