Mucho teatro

Si hay algo odioso ante lo que cualquier ilustre forofo nos indignamos es ante el futbolista que finge de manera exagerada daño y dolor tras una falta. ‘Teatreros’ les decimos, cuando les vemos dar vueltas y vueltas sobre el cesped, como si hubieran recibido un disparo y no una patada. Es una artimaña sucia para ganar el juego mediante la confusión del árbitro y la exacerbación de los ánimos del público. La política española se parece cada vez más a un partido de fútbol lleno de ‘teatreros’ y marrulleros del juego. Es un teatro, y no de los sueños, el Congreso de los Diputados, especialmente en sesiones de investidura como las que hemos visto esta semana. Una farsa, con sus actores.

El papel protagonista le ha tocado en esta función a Pedro Sánchez, que es una suerte de Mario Casas, un mal actor al que el ‘prota’ le cae por su ‘cara bonita’. Ya le conocemos, Pedro es Pdro, y tiene ideas tan malas como fingir confundirse al dirigirse a Pablo Iglesias llamándole Rajoy. Como es un mal actor, la única emoción que provoca en el espectador es la vergüenza ajena, porque la ridícula idea se vuelve vergonzosa realidad, al notarse que el equívoco está provocado. Y como eso: todo su texto, aprendido de carrerilla, melodramatizado, poniendo cara de oler flatulencias para simularse reflexivo y preocupado. Resulta, como suele decirse, no creíble; pero ahí la responsabilidad no es únicamente suya, sino del libreto que le ha tocado estudiar, un texto ambiguo y falaz.

A Rajoy le correspondía ser la némesis de Sánchez, el protagonista del otro lado, pero ocurre lo que tantas veces hemos visto en numerosas series de televisión, que un personaje que comienza siendo secundario, casi de reparto, termina haciéndose con el coprotagonismo de la obra, desalojando a las iniciales primeras espadas. Rajoy es el desalojado, el actor de otra época al que ya nadie tiene en cuenta. Es una especie de Norma Desmond hablando en clave, de manera bizarra, gustándose en su barroquismo que él cree culto, pero que es en realidad una salida de tono —y de época— que nadie entiende y que ya solo provoca sonrojo en el patio de butacas.

Pablo Iglesias es ese actor que, a fuerza de un verdadero talento de improvisación y travestismo, le roba el protagonismo de la función a los protagonistas, y se coloca a sí mismo como el gran reclamo del cartel. Es un camaleón, capaz de decir lo mismo y lo contrario en el mismo acto. Lo mismo se disfraza de azote que airea las vergüenzas criminales del PSOE en el gobierno, sacando a colación el gusto de Felipe González por la cal viva, que saca su sonrisa en el tercer acto para reconciliarse con el héroe protagonista, y le pide un beso, literalmente. Su actuación es magnífica, tan magnífica que recuerda, como ninguna otra, que todo es puro teatro.

Albert Rivera, el villano inequívoco de segunda fila, es cada vez más el MacGuffin de la obra parlamentaria española. Concita toda la atención, pero la cosa no va sobre él, porque él, en realidad, es insignificante. Lo que dice es pomposo y llamativo, porque su papel es el de llamar la atención, ponerse los focos encima cuando sale solo al escenario. Es el cínico al que todo el mundo cala, como cuando alaba al “Partido Comunista de la Transición”, que dice mucho, para qué engañarnos, de ese Partido Comunista de la Transición y de otros eméritos intérpretes de Tartufo como Santiago Carrillo. La obra tiene muchas funciones ya.

El parlamento es un teatro con un público cateto que se escandaliza cuando dos actores se dan un beso. Pero es, también, una obra escrita al gusto de ese público, una obra tan insulsa e intrascendente que una de sus escenas más recordadas será, precisamente, ese beso que escandaliza a los ilustrísimos catetos de los anfiteatros reservados. Fuera, pequeñas muchedumbres jalean y abuchean a los papagallos a su entrada al teatro. Al acabar la función uno se da cuenta de que incluso el futbolista ‘teatrero’ es más noble y menos indignante que el actor político, y que una cosa es fingir y otra creerse la propia farsa.

6 de marzo, 2016.

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